domingo, 26 de marzo de 2017

¿No ve que mienten?


Imagen de: El Squatt


Me daba pena verlo bambolearse contra el mostrador. El almacenero lo miraba y seguía cortando fiambre. Debió sentir mi reprobación y se encogió de hombros.

viernes, 17 de marzo de 2017

Frases de semillas




Quizás escribir se trate de recolectar semillas que plantamos como frases, ideas escritas de madrugada, bosquejos que darán sus frutos. O no.
La anotación apareció en un cuaderno viejo, del dos mil once, cuando todavía "El porvenir es una ilusión" seguía siendo un borrador, un camino impreciso pero sólido hacia una novela.
Luego llegó otra reescritura que cedió su espacio a estos fragmentos: 

“Ya no sé si fue tan buena idea venir a este caserío ruinoso en donde los fantasmas conviven entre nosotros y los recuerdos duelen un poco más. Volver a casa después de tantos años es doloroso, sobre todo porque no queda nada de lo que nos ataba al pasado y una memoria caprichosa se empeña en recordar lo que quiere y no lo que deseo.”
(p.98)

“Quizás hay que dejar los espectros en el pasado. Quizás no era tan buena idea esto de recordar a Martín y avivar fantasmas. O a lo mejor es el momento ideal después de los indultos presidenciales y un plan económico parecido al de Martínez de Hoz pero aplicado a comienzos de los noventa.
Traje conmigo el cuaderno de anotaciones del Negro, sus dudas ante una lucha que, intuyo, sentía en retroceso desde que Montoneros pasó a la clandestinidad y las acciones militaristas estuvieran a la orden del día. “Cuando vos confiás en un compañero, cuando tu vida depende de una cita diaria no te hacés tantas preguntas”, escribió en uno de los márgenes.
Sonrío. Esa respuesta es para mí. Es fácil reflexionar sobre los hechos unos quince años después. Supongo que por eso le dejó el cuaderno a Flores, a sabiendas que éste me lo alcanzaría alguna vez y entablaríamos este diálogo sobre la historia que, al fin y al cabo, es un diálogo sobre nosotros y nuestro tiempo.
Pavada de frase. Grandilocuente y jactanciosa. Estoy seguro que Martín se hubiera muerto de risa, aunque era consciente que aquellos años fueron de palabras absolutas, no había lugar para medias tintas. Patria o muerte, Liberación o Dependencia, así se percibía. El futuro estaba al alcance de la mano y había llegado la hora de los pueblos.
“Aquí estoy para vivir/mientras el alma me suene, / y aquí estoy para morir, / cuando la hora me llegue, / en los veneros del pueblo/desde ahora y desde siempre. / Varios tragos es la vida/y un solo trago es la muerte.”1, escribió Martín en este cuaderno que sigue hablando conmigo y desliza sus palabras en una suerte de diálogo postergado que se puede realizar en cualquier momento, pues para eso están los amigos.
Suerte de diálogo postergado, esto va de mal en peor. Quizás ya sea hora de volver a casa, cruzar el Aqueronte con la esperanza de no hundirme y dejar que el olvido haga su trabajo. Pero todavía no puedo. Coincido con Martín – y seguimos con los diálogos – que este caserío abandonado es un metáfora del país, los restos de un porvenir habitado por nostálgicos y derrotados (porque no somos otras cosa Flores y yo) que no se resignan a las risas superficiales y al olvido por decreto. “

(pp.103-104)

1. Verso del poema "Sentado sobre los muertos", de Miguel Hernández.

miércoles, 15 de marzo de 2017

Aproximaciones al mar II


El mar en todas partes
Cuando era niño creí firmemente que el mar dejaba de producir olas al terminarse las vacaciones. Enterarme que no era así, que seguían rompiendo en la playa cuando nosotros estábamos de vuelta a la escuela, me dejó atónito. No podía entender semejante desperdicio de energía y belleza. Las olas eran para mí no solo la esencia del mar sino el adorno supremo del verano y no se podían concebir que siguieran trabajando cuando nadie estaba para verlas. Tal vez, me dije, alguien en la orilla se quedaba vigilándolas mientras nosotros estudiábamos inclinados sobre nuestros cuadernos, alguien se encargaba de no dejar al mar solo y su alma. Pero el daño ya estaba hecho y ahora podía imaginar el mar abandonado a su suerte, idéntico a si mismo en verano y en invierno, con o sin vacacionistas, y eso significó entender la desolación. ¿Qué es la desolación sino la falta de olas? Lo dijo el poeta: “un mar sin olas,/ desolado”. Porque un mar cuyas olas no rompen para nadie es como un mar que no las tiene, al revés de aquel que las guarda tan pronto como el último veraneante le ha dado la espalda, que era como yo lo imaginaba de niño. Tal vez ahí comenzó mi ateísmo, que casi no ha tenido titubeos y en los raros momentos en que los tuvo, me basto imaginar el mar en ese trance de ser más mar que nunca cuando nadie lo ve para saber que nuestra vida es como la suya: sin testigos y abandonada a su suerte. De este primer pasmo metafísico, debió de venirme mi propensión a buscar el mar en todas las partes, presente en cada cosa y objeto, un mar incubado que para permearlo todo ha recogido, en efecto, sus olas. Así mi creencia infantil no era tan errónea. El mar no está abandonado a su suerte porque cuando los damos la espalda lo llevamos con nosotros y las olas, que de niños creíamos mudas durante casi todo el año, no dejan de trabajarnos en secreto hasta nuestro próximo encuentro con él, y al verlas romper de nuevo en la orilla, entendemos atónitos, maravillados, que ninguna rompió durante nuestra ausencia sin que lo supiéramos y que el mar nunca está solo y su alma.
(Morábito Fabio, “El idioma materno”, Buenos Aires, Ediciones Gog y Magog, 2014, pp.149-150)

Aproximaciones al mar I en este enlace

miércoles, 1 de marzo de 2017

Carnaval



No sé quién me habló de Medium. Ayer abrí una cuenta. No estoy seguro que reemplace a este espacio, a la hora de publicar textos, pero quería conocer su funcionamiento.

Ahí publiqué "Carnaval", a propósito de las fechas que terminaron ayer en Argentina. Es un texto que integra "Series y Grietas", libro de cuentos publicado por Colisión Libros, allá por el 2015.

Les dejo el enlace, por si les interesa conocer algo más de Medium.

Y también lo reproduzco en mi casa, como debe ser.

Carnaval 

La comparsa avanzaba a paso lento, los pasos ensayados durante meses y las rutinas de baile acompañadas por la música. Flanqueada por unos malabaristas y jóvenes que lanzaban fuego por la boca, eran recibidos con algarabía por el público.

El diablo bailaba frenético al son de los tambores. Sus ojos brillaban, apoyados en unas ojeras oscuras que desentonaban con su cara maquillada de blanco. Dos figuras bajaron la calle y se sumaron a la comparsa. Llevaban trajes de época, algo desalineados por los años pero con afeites que añoraban un tiempo mejor.

El más viejo respiró profundo y sonrió. Era evidente que disfrutaba el momento. Su adlátere estaba contrariado, temeroso, desencajado. Fue el que me descubrió.

Al instante codeó a su amo, que mudó el beneplácito de su cara por un signo de preocupación y me saludó con un gesto de cabeza.

Respondí el saludo y los seguí con la mirada. Al llegar a la esquina, ambos dejaron la comparsa y se escurrieron entre la multitud.

Los intercepté a media cuadra, cerca del bar del Ruso.

— Veo que estamos en presencia de otro caballero — saludó con aire señorial.

— No crea todo lo que ve. Ahora que lo pienso, yo debería decir lo mismo, — alegué y respondí el saludo. Su mano estaba fría.

El viejo deslizó un mohín ceniciento y miró a su alrededor, resignado por saberse descubierto. Pasó un pibe y nos empapó con espuma. Otro mimo hacía morisquetas sobre un par de zancos.

— ¿Qué nos delató? — inquirió desde unos ojos sin brillo.

— No se preocupe, pueden pasar desapercibidos. Además mírelos, hay demasiada alegría para percatarse de su presencia. Pero bueno, presiento que lo sabe, es lo maravilloso del carnaval.

El noble miró a su alrededor y suspiró. Podría asegurar que estaba feliz.

— Fui uno de los primeros en aceptar esta fiesta pagana, ¿sabe? Recuerdo la expresión de horror de la jerarquía eclesiástica. Nunca entendieron que era el momento en que los plebeyos se vistieran de ricos aunque sea por un día.

— Pero no es sólo eso.

— Por supuesto que no. Es el resurgimiento de Dionisos, la supremacía de los instintos, la victoria sobre Apolo. El carnaval es la segunda vida del pueblo basada en el principio de la risa. Es su vida festiva.

— Oiga, eso es Nietzsche, entreverado con Bajtín…

El anciano sonrió.

— Sí. Sujetos particulares que conocí… ¿Qué, no me cree?

— Mire, lo estoy viendo a usted ahora y sé que es real aunque sea un espectro. Me imagino que cada carnaval es una buena oportunidad de mostrarse, ¿no?

— Así es. Pese a la cara de mi siervo, que no le gustan mucho los cambios. Y no pregunte, la discreción es una cualidad inigualable de los caballeros. No le voy a decir de dónde vengo, pero a veces tenemos la necesidad de volver al mundo de los vivos. Tampoco le voy a contar cómo es, aunque el sosiego puede ser desquiciante.

Quedamos uno segundos en silencio. Percibí que estaban por desaparecer de mi vista.

— Debemos dejarlo. Otro carnaval nos espera, se imaginará que aprovechamos todas las oportunidades posibles. ¿Qué hace? Guarde ese artefacto. Es un invento nefasto, ¿sabe? Además no va a registrar nada.

Apreté dos veces. Tenía razón. El visor de la cámara digital sólo reflejó la pared desnuda del bar. Levanté la vista y ambos habían desaparecido.

— Fue un gusto conocerlo — oí a mis espaldas.

Giré sobre mis talones y no vi a nadie. En la vereda de enfrente una pareja miraba el desencajo de mi cara con extrañeza. Los saludé con apremio y me hundí en el bar, ajeno a la algarabía del carnaval que se adueñaba de la ciudad.

martes, 28 de febrero de 2017

Los impostores



“Quizás yo tenía las palabras contadas y ya las dije”. Lo escuché mientras pensaba en el camión volcado del sueño, esa sensación de ahogo al quedar dentro de la cajuela, con aire enrarecido y pocas chances de escapatoria.

lunes, 20 de febrero de 2017

Cotidianas


Viernes: ¿Por acá adónde voy?



—¿Amigo, por acá adónde voy?

Renguea. Piel cobriza y una gorra en la cabeza. Jeans y una remera negra.

—Acá tenés un barrio y luego nada, ¿qué estás buscando? —entonces veo las estampitas.

—Un lugar grande, donde haya gente —y apunta a la pila de cartones y stickers para vender.

Le señalo a sus espaldas. Iba a decirle que en el barrio son laburantes y que difícilmente encuentre a alguien, pero me callo. No me pide nada.

—¿Qué tenés?

Me alcanza las tarjetas. Saco unos pesos de la billetera y se las devuelvo.

—No, quedate con una. Te puede servir. —Hay fe en su voz. O por lo menos quiere creerlo o algo parecido.

Podría contestarle que no soy creyente, pero callo y me quedo con una. Él retrocede sobre sus pasos y pega la vuelta. —Gracias. La señora de acá me dio una milanesa y una fruta —confiesa.

No sé qué contestarle.

—Cuidate —musito.


Domingo: llegar así


Música del Altiplano por los parlantes. Mediodía de domingo y nadie en el supermercado.

Los veo venir, todas las las arrugas encima. Él empuja la silla de ruedas con firmeza y ella mueve las manos, como siguiendo el ritmo. Dedos largos y finos, el pelo gris y una elegancia a prueba de años. Lleva un vestido floreado y liviano. Una mujer muy bella. Gira la cabeza, le susurra algo a su compañero.

Él empuja la silla de ruedas con firmeza y la mira. Sonríe. De pronto levanta la vista y nuestros ojos se cruzan. Me devuelve la sonrisa.

Llegar así a la tercera edad. Ojalá. Adivino adversidades superadas, también buenos momentos. O quizás es solo mi deseo, pueden ser hermanos y no pareja, no sé.

Los veo alejarse charlando animadamente.

Me guardo la imagen. Y la escribo. Aunque no sea justa con la sensación que me dejó.


 

viernes, 17 de febrero de 2017

Retaguardia del presente

Releo a Soriano y su “La hora sin sombra”. Me reencuentro con un autor que admiro, libros que devoré cuando era más joven (cantaría Joaquín). Una obra muy bella, de búsqueda e interrogantes. De guiños y sonrisas robadas al leer algunos párrafos.
Supongo que uno regresa a los viejos amores, por lo menos los literarios.
Hoy el calor da una tregua. Hay agua en la ciudad de los dos ríos y es viernes. Nada mal. Los fragmentos que la memoria selecciona no son otra cosa que retaguardias del presente, claves del deseo que no alcanzamos a descifrar, leo y anoto.
Debiera subrayar los libros, dejar mis marcas, puntapiés a un arco lejano y la pelota que sale rozando el ángulo, ya que estamos con Soriano. Es evidente que éste es otro Soriano. Aplomado, otro registro, frases donde duelen, golpes de nocaut. Al fin y al cabo, algo de eso es escribir.
Por alguna extraña razón ciertas palabras, por más simples que parezcan, se reúnen en determinado orden solo una vez. Son como semillas que siembra el azar.
Otra más para anotar. O subrayar. O ambas.