sábado, 23 de septiembre de 2017

Recordatorio a Sergio Ávalos

Desaparecieron a Sergio Ávalos
"No pudo hacer trabajos prácticos.
No pudo concurrir al parcial.
No pudo estar nervioso para presentarse a un final.
No pudo tener la alegría de decir me saqué un diez.
No pudo tener la alegría de decir ¡zafé!, me saqué un cuatro.
No pudo tener la bronca de decir por qué este tipo me aplazó a mí.
No tuvo la oportunidad de ir a discutir con los profesores, ¿por qué usted me aplazó?
No pudo pasarse las noches tomando mate, preparando una materia para rendir.
No pudo enamorarse y ser correspondido.
No pudo enamorarse y no ser correspondido.
No pudo juntar las monedas para comprarse una camisa nueva, el día que le iban a entregar el diploma.
No pudo tener un acto de colación.
No tuvo veintiuno de septiembre.
No tuvo el Día de la Primavera.

Personalmente, creo que dar asueto cuando se recuerda la desaparición de nuestro estudiante, no es la medida más feliz, no. Ése día, aula por aula de esta Casa de Estudios se tiene que estar hablando de Sergio, para que los jóvenes que ingresan a esta Casa, sepan que esta Universidad está de duelo, que esta Universidad reclama por la aparición de Sergio Ávalos.
Entonces, curso por curso se habla de él, para entregar este reclamo a los más jóvenes.
Por eso traje al taller literario, adonde llegan todos con su puñado de palabras, la propuesta de escribir sobre Sergio Ávalos.
Todos dijeron que sí. Llegaron alrededor de setenta trabajos, de los cuales seleccioné dieciocho para su lectura y todos los trabajos invitados a ser expuestos el día en que cerramos este taller literario. Esto es lo que vamos a hacer ahora.
Alejandra, Lorena, Marisa y Santiago,van a leer dieciocho trabajos. Luego, afuera podrán encontrarse con la totalidad de los trabajos en fotocopia.
Y así concluimos la actividad del Taller Literario de este año.”

(Palabras de Alejandro Finzi, en el cierre del Taller Literario de la Universidad Nacional del Comahue, 21 de septiembre de 2017.)

Comparto mi recordatorio a Sergio Ávalos. También está el audio, por si querés escucharlo.

Frío, mucho frío


Lo más lindo de la pesca es el silencio, el rumor de las olas que rompen contra la ribera del río. Esa armonía con el universo, cómplice de lo que no decimos y se oculta en el agua.
La ciudad aturde con sus ruidos, no es amigable como en el pueblo. Si no fuera una locura, juraría que nos reconoce como ajenos. Y se burla de nosotros. Hay tanta indiferencia, Papá, casi como frialdad.
Frío. Mucho frío.
Y silencio. Espanta. No es el de Picún y la pateada hasta el río. Pedro, las latitas y las cañas. ¿Náuseas? Se lo extraña.
¿Me escuchan? Porque me he cansado de gritar. De abrir la boca hasta que duela la garganta.
Seguí tu consejo Papá. No confié en nadie de entrada. Si algo me enseñaste fue la importancia de escuchar a las personas, mirarlas a los ojos. Hay tanto en las miradas, más que en las palabras que se lleva el viento.
No sé si fue buena idea venir al boliche. Pero los pibes querían. Desconfío de tantas luces y ruidos. Todo retumba, duelen los oídos. Además está el frío. Pero será un rato. Después hacer tiempo, la caminata a la Terminal y a festejar los dieciocho en casa.
Sed. Imágenes difusas, flashes, la oscuridad, empujones. Debe ser que estamos todos apretados. Las cosas que se ven acá adentro. Esa chica no tiene ni quince. Que viejo verde.
Frío, mucho frío.
Me debo haber dormido, porque soñé con una plaza llena de yuyos. Cerquita de casa. ¿Llevaba mi nombre? Y hasta me pareció que estaba Asunción, pero no la vi a la mamá. Todos parecían tristes. Mercedes la vista al suelo, Papá muy serio. La mirada de búsqueda que sabe posar en la calabaza cuando me ceba mate y quiere contarme algo importante.
¿En el sueño había una bandera con mi nombre? ¿Gente caminando por las calles?
Parpadeo intermitente. Luz, oscuridad. No sé a qué hora entramos, pero la verdad, tengo ganas de irme. Me falta el aire. ¿Cómo van a poner esa canción? Otra vez a la pista. El mundo son luces y alegría. Vive la vida loca.
Silencio. Otra vez el frío. Mucho frío. No amanece todavía y el río inquieta con su calma. Nos debemos una noche de pesca, amigo, quiero contarte de Gelman y “su mano dice que el mundo es cóncavo”, un hermoso poema.
¿Me oís Pedro? No entiendo por qué no amanece. El amanecer se demora, no es la primera vez. ¿te acordás? Aquella noche no habíamos pescado nada y yo esperaba las primeras luces para alejarte de esa pena y la morocha que no te daba bolilla. Una de las primeras veces que tomamos algo, nos reíamos de cualquier cosa.
La risa fácil de la botella, diría Papá. Como esta noche. Pero hoy tengo una buena excusa. Es mi cumpleaños, dieciocho. A los pibes, los perdí un rato después que entramos al boliche. ¿Qué pasa ahí? ¿Por qué me mira ése? ¿Viene para acá?
Frío, mucho frío. Oscuridad. ¿Adónde están que no los veo?
Otra vez la manifestación y la bandera con mi nombre. ¿No me ven? Son poquitos. Los autos pasan, tocan bocina. Tenías razón papá, hay que pensar bien en quien confiar. Esta ciudad es una jungla y a nadie le importa nada.
¿Cuánto falta para que amanezca? Debo ir a la terminal, en casa me espera Mercedes con la torta.
La calma del agua. Pedro y yo. La caña que tironea. Picó. No se nos puede escapar.

Frío, mucho frío.


domingo, 3 de septiembre de 2017

Septiembre demorado



Se demora septiembre. No hay muchachas en flor ni hombros dorados por el sol. Faltan las sonrisas cálidas y  miradas brillantes, las promesas de pieles a punto de incendiarse gracias a los favores de de Cupido o el perfume que hace la vida un poco menos hostil. Falta la vida y sobra la muerte, como sobran las mentiras por televisión.

Se demora septiembre y el frío se queda con las certezas. Me corrijo, arrincona la esperanza, arroja un velo sombrío sobre la Patagonia y dispara las preguntas. Pienso en ellas mientras te espero y el viento le da una mano al bastidor, para secar la serigrafía en el taller improvisado en la calle.

La figura se hace nítida sobre la tela. Una cara, un nombre, una pregunta que espanta la promoción de la alegría. A favor -flaco consuelo- los jóvenes que se congregan frente al monumento y siguen el camino sembrado por los pañuelos blancos, como si no hubiera otro lugar posible donde estar y recuperar consignas que ya son de todos. Otra vez, en este mes que nada tiene de flores y suspiros, de picardía y besos robados en los zaguanes.

Se demora la primavera y una voz pide por aparición con vida. Somos muchos acá, a pesar del viento frío, del propio septiembre y sus imposturas. Y vos que te haces desear. Hasta que te veo a la distancia y levanto los brazos, en este septiembre demorado y sin Santiago. 

Publicado también en Plan B Noticias.

domingo, 9 de julio de 2017

Ahí donde duele


“Y aquí estoy, a las dos y cuarenta de la madrugada, escribiendo sobre técnica, a pesar de mi enérgica convicción de que en el momento en que uno empieza a a hablar sobre técnica, está dando pruebas de que se ha quedado sin ideas”

- Chandler, Raymond, “A mis mejores amigos no los he visto nunca, cartas y ensayos selectos”, Buenos Aires, de Bolsillo, 2014, traducción de César Aira y Juan Manuel Ibeas, p.33.

domingo, 2 de julio de 2017

Alivio contra la ferocidad III


—¿Cómo que no tenés? Son pañuelitos, seguro que te hacen falta.
Lo miré. Rápida cuenta mental. Imposible.
— Mirá, voy al médico, tengo para la consulta, —contesto desde mi afonía.
—Dale, no he vendido nada hoy…
—En serio, no puedo.
—Te lo pido por favor —el tono de su voz me conmovió.
—La verdad, no tengo —y no tenía.
—¡Cómo que no vas a tener!
Mi sorpresa. Su grito para ser visible. Levantó un brazo y me mandó al diablo. Siguió su camino y unos metros más adelante paró a una señora. Tampoco tuvo suerte.


sábado, 1 de julio de 2017

Un texto fue en algún momento una libreta vacía

Descreer/Desescritura
Descreer. Descreer del mundo equivale a interrogar las formas que lo sustentan.
Hacerlo es una forma de abandono, una renuncia a las ideas universales y la apuesta por una aventura a los límites de la mente.
Descreer, pues, para acceder a la condición de superviviente.
Descreer para que la escritura arribe como un don.

El superviviente es el que puede hacer el relato. En la Odisea, su protagonista es el único que resiste las pruebas del periplo. Odiseo logra dar fin a su exilio porque antes, en la ciudad de los feacios, en los límites del mundo helénico (más allá solo vivían los postreros etíopes), el héroe cuenta la historia de su supervivencia. Nace entonces, remotamente en tiempo y espacio, el relato hecho en primera persona. Desde entonces, desde tan lejos, la aventura persona se cifra en la pérdida y esta solo termina con un relato, en que uno se ha convertido en personaje.
(pp. 10-11).

Un texto fue en algún momento una libreta vacía.
(p.12)

¿Quién es uno cuando, sin haberse ido, se está lejos? ¿Quién está cuando digo no pertenezco?
Escribir como si el acto fuera una carcajada o una expresión armada con silencio. Sé que absolutamente nada cambiará excepto esta página que progresivamente iré ennegreciendo. Esto es una forma de libertad.
(p. 14)
Todas citas de Lalo, Eduardo, "Intemperie", Buenos Aires, Corregidor, 2016.

Descreer, pues, para acceder a la condición de superviviente. ¿Se puede sobrevivir en un país que suicida a sus viejos? Época patética e hipócrita.

Se excluye.
Se naturaliza la muerte.
Se defiende lo indefendible.
Se desdeña y reprime.
Se miente.
Se aceptan las mentiras.
Se justifica.
Se demoniza al diferente, más si es pobre.

La comprensión de una sola cosa envuelve la de todas. El vacío de una sola cosa es el vacío de todas”, cita Lalo, (de Aryadeva), unas páginas más adelante.

Duele el país. Apagar el televisor, un gran acto de resistencia. Lo que se inició como una publicación sobre la escritura naufraga entre los páramos del desahogo. Escritores que callan y el que calla…

Escribe Lalo:
¿Cómo pasar de la experiencia, tenida desde la primera infancia, de que el mundo es extranjero, de que entre la realidad y mi ser existe siempre una distancia, a la aceptación plácida de mi estar en el mundo? Esta es justamente la experiencia de la intemperie, de este estar afuera. Este, además, el empeño de este texto: escribir en la misma superficie de las cosas.
(p21).

Sábado.
Silencio.
Ni siquiera música.
Mates que que habrá que revivir.

Seguramente habrá más de Lalo. Sugiero las novelas La inutilidad, o, Simone. Algo se puede encontrar en este blog.

Un texto fue en algún momento una libreta vacía. La escritura y sus soportes, el lazo entre la mano y el papel. No en vano, se vuelve al origen, haciendo un gran esfuerzo para descifrar los rasgos, como debe ser. Descreer, pues, para acceder a la condición de superviviente.


domingo, 25 de junio de 2017

Una broma macabra


(El despacho de Moreno. Guadalupe a la luz de las velas)

Mariano:

¿Cuántas cartas te he escrito? Espero que regreses pronto de Inglaterra. Los temores que alguna vez me confesaste se adueñan de los amigos y las proclamas se apagan, como estas velas en la madrugada.
Buenos Aires parece una broma macabra, una revolución que casi ni se nombra. Te dolerá verla así. Pero sabíamos que no sería fácil.
Los guantes negros están sobre la mesa, llegaron con el abanico y el pañuelo de luto unos días después que partiste. Me niego a pensar que algo te ha sucedido.
Tu hijo crece. No sé si lo reconocerás cuando vuelvas.
Te extrañamos y esperamos.
Un beso, Guadalupe.


(Ejercicio sobre una escena teatral. Taller literario de Alejandro Finzi, en la Universidad Nacional del Comahue, luego de la lectura del prólogo de “Moreno”, de Alejandro Flynn)


martes, 20 de junio de 2017

Para que no se amontone la tristeza



Transcribo, un fragmento de la novela “Los besos en el pan”, de Almudena Grandes, donde la abuela Martina -un personaje entrañable- decide armar el árbol de Navidad en septiembre, para que no se amontone la tristeza a su alrededor.

La novela se desarrolla en España, pero bien podría ser en Argentina, donde también es sencillo hacerse el distraído y mirar para otro lado.

Este blog estuvo a punto de ser cerrado (permaneció privado durante un tiempo, pero por ahora sigue, a tientas). Siento que escribir ficción parece un lujo en un país que hipoteca a generaciones y generaciones y a nadie parece importarle, haciendo gala de una hipocresía y un cinismo envidiable.


Las y los dejo con la abuela Martina y su nieto Carlos.


“… El enorme árbol de Navidad que él mismo tendría que haber montado tres meses más tarde, está repleto de bolas, estrellas, angelitos, duendes, casitas y dos centenares de luces encendidas parpadeando sin descanso entre la purpurina y el cristal. Carlos lo mira un instante con la boca abierta, reconoce los adornos, la bola tornasolada que sus padres trajeron de la luna de miel, los angelitos de porcelana que su abuela ha ido comprando en la primera Navidad de cada uno de sus nietos, la estrella de cartulina que él mismo hizo un año en el colegio, los venerables adornos de vidrio de colores, alargados como llamas brillantes, puntiagudas, que Martina conserva desde su remota infancia... Entonces lo entiende todo, el resplandor al fondo del pasillo, el suelo sucio, el silencio de su abuela, pero eso no le tranquiliza. Ella se da cuenta y vuelve a sonreír.

—No me he vuelto loca, ¿sabes? Sé de sobra que estamos en septiembre, tengo la cabeza perfectamente, no te asustes, pero... Tú sales, ¿no?, y entras, andas por la calle, te diviertes, pero yo... Yo estoy todo el santo día aquí, oyendo la radio, la televisión, y que no hay futuro, que no hay trabajo, que privatizan los hospitales, que quieren cerrarnos el Centro de Salud, que me van a rebajar la pensión... Sólo salgo para ir a la peluquería, y allí, no veas, todo el día hablando de lo mismo. Que si ponte mechas, mujer, que no, que no tengo dinero, y tu hermana, ¿ya no viene?, es que como han echado a su marido, pues al mío se le acaba el contrato el mes que viene, pues mi hijo no ha encontrado nada todavía, así una, y otra, y otra, todo el tiempo igual, tristezas y más tristezas...

Martina hace una pausa para apoyarse en el brazo de un butacón. Saca un pañuelo del bolsillo del delantal, se seca unos ojos que aún estaban secos, y vuelve a mirar a Carlos.

—Hasta que tu madre perdió el trabajo, lo llevaba bien. ¡Pobre Marisa, tan lista, tan estudiosa, con lo bien que lo hace todo! No hay derecho, ¿verdad? Tantos años en la misma empresa y de repente, de un día para otro... Pero si era funcionaria, ¿o no? ¿Cómo se puede consentir que echen a la gente de una televisión pública?

—Haciendo leyes para que eso sea legal, abuela —Carlos se acerca a Martina, se sienta a su lado, la abraza—. Pero mamá encontrará trabajo antes o después, no te preocupes.

—No sé yo, a su edad... —el nieto se da cuenta de que su abuela se ha aficionado de verdad a los informativos—. Y además es tan feo lo que pasa, somos todos tan egoístas que vamos viendo caer a los demás, uno detrás de otro, y pensamos, bueno, mientras a mí no me toque... Y nos ha tocado, claro, nos tenía que tocar, ¿por qué íbamos a librarnos nosotros si todos los demás están cayendo como moscas? Y si fuera más joven no estaría tan preocupada, porque para crisis, las que he tenido que chuparme yo, hijo mío. Pero nosotros podíamos, nosotros éramos fuertes, estábamos acostumbrados a sufrir, a emigrar, a pelear, y sin embargo, ahora... No te ofendas, pero ahora sois de una pasta más blanda. Os ahogáis en un vaso de agua, así que me puse a pensar... ¿Qué podría hacer yo para animarme, para animarles a ellos? ¿Qué podría hacer para que entiendan que no hay que resignarse a lo que venga, sino imponerse a las cosas, enderezarlas, negarse a aceptar toda esta ruina? Y ya sé que parece una tontería, pero estoy harta de ver gente triste y no deben quedarme muchos años de vida, así que...

—No digas eso, abuela.

—¿Ah, no? ¿Y qué quieres que diga? Voy a cumplir ochenta. ¿Cuántos me quedarán, cinco, diez?

—O veinte —aventura Carlos sin mirarla a los ojos.

—Bueno, pues veinte —Martina sonríe al optimismo de su nieto—. Esos son los que tienes tú, y no has vivido nada todavía. El caso es que no quiero pasar el tiempo que me queda viendo cómo se amontona la tristeza a mi alrededor. No me da la gana, así que me dije, pues mira, de momento, vamos a empezar por llevarle la contraria al calendario. Y ya sabes cómo me gusta a mí poner el árbol, y encender velas, y todas esas cosas navideñas.

Su nieto la mira, mira al árbol, vuelve a mirarla.

—Feliz Navidad en septiembre, abuela.

Ella se echa a reír y le abraza.

—Feliz Navidad, cariño. Feliz Navidad…



(Grandes Almudena, "Los besos en el pan", Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tusquets Editores, 2016, p.40)