domingo, 9 de julio de 2017

Ahí donde duele


“Y aquí estoy, a las dos y cuarenta de la madrugada, escribiendo sobre técnica, a pesar de mi enérgica convicción de que en el momento en que uno empieza a a hablar sobre técnica, está dando pruebas de que se ha quedado sin ideas”

- Chandler, Raymond, “A mis mejores amigos no los he visto nunca, cartas y ensayos selectos”, Buenos Aires, de Bolsillo, 2014, traducción de César Aira y Juan Manuel Ibeas, p.33.

domingo, 2 de julio de 2017

Alivio contra la ferocidad III


—¿Cómo que no tenés? Son pañuelitos, seguro que te hacen falta.
Lo miré. Rápida cuenta mental. Imposible.
— Mirá, voy al médico, tengo para la consulta, —contesto desde mi afonía.
—Dale, no he vendido nada hoy…
—En serio, no puedo.
—Te lo pido por favor —el tono de su voz me conmovió.
—La verdad, no tengo —y no tenía.
—¡Cómo que no vas a tener!
Mi sorpresa. Su grito para ser visible. Levantó un brazo y me mandó al diablo. Siguió su camino y unos metros más adelante paró a una señora. Tampoco tuvo suerte.


sábado, 1 de julio de 2017

Un texto fue en algún momento una libreta vacía

Descreer/Desescritura
Descreer. Descreer del mundo equivale a interrogar las formas que lo sustentan.
Hacerlo es una forma de abandono, una renuncia a las ideas universales y la apuesta por una aventura a los límites de la mente.
Descreer, pues, para acceder a la condición de superviviente.
Descreer para que la escritura arribe como un don.

El superviviente es el que puede hacer el relato. En la Odisea, su protagonista es el único que resiste las pruebas del periplo. Odiseo logra dar fin a su exilio porque antes, en la ciudad de los feacios, en los límites del mundo helénico (más allá solo vivían los postreros etíopes), el héroe cuenta la historia de su supervivencia. Nace entonces, remotamente en tiempo y espacio, el relato hecho en primera persona. Desde entonces, desde tan lejos, la aventura persona se cifra en la pérdida y esta solo termina con un relato, en que uno se ha convertido en personaje.
(pp. 10-11).

Un texto fue en algún momento una libreta vacía.
(p.12)

¿Quién es uno cuando, sin haberse ido, se está lejos? ¿Quién está cuando digo no pertenezco?
Escribir como si el acto fuera una carcajada o una expresión armada con silencio. Sé que absolutamente nada cambiará excepto esta página que progresivamente iré ennegreciendo. Esto es una forma de libertad.
(p. 14)
Todas citas de Lalo, Eduardo, "Intemperie", Buenos Aires, Corregidor, 2016.

Descreer, pues, para acceder a la condición de superviviente. ¿Se puede sobrevivir en un país que suicida a sus viejos? Época patética e hipócrita.

Se excluye.
Se naturaliza la muerte.
Se defiende lo indefendible.
Se desdeña y reprime.
Se miente.
Se aceptan las mentiras.
Se justifica.
Se demoniza al diferente, más si es pobre.

La comprensión de una sola cosa envuelve la de todas. El vacío de una sola cosa es el vacío de todas”, cita Lalo, (de Aryadeva), unas páginas más adelante.

Duele el país. Apagar el televisor, un gran acto de resistencia. Lo que se inició como una publicación sobre la escritura naufraga entre los páramos del desahogo. Escritores que callan y el que calla…

Escribe Lalo:
¿Cómo pasar de la experiencia, tenida desde la primera infancia, de que el mundo es extranjero, de que entre la realidad y mi ser existe siempre una distancia, a la aceptación plácida de mi estar en el mundo? Esta es justamente la experiencia de la intemperie, de este estar afuera. Este, además, el empeño de este texto: escribir en la misma superficie de las cosas.
(p21).

Sábado.
Silencio.
Ni siquiera música.
Mates que que habrá que revivir.

Seguramente habrá más de Lalo. Sugiero las novelas La inutilidad, o, Simone. Algo se puede encontrar en este blog.

Un texto fue en algún momento una libreta vacía. La escritura y sus soportes, el lazo entre la mano y el papel. No en vano, se vuelve al origen, haciendo un gran esfuerzo para descifrar los rasgos, como debe ser. Descreer, pues, para acceder a la condición de superviviente.


domingo, 25 de junio de 2017

Una broma macabra


(El despacho de Moreno. Guadalupe a la luz de las velas)

Mariano:

¿Cuántas cartas te he escrito? Espero que regreses pronto de Inglaterra. Los temores que alguna vez me confesaste se adueñan de los amigos y las proclamas se apagan, como estas velas en la madrugada.
Buenos Aires parece una broma macabra, una revolución que casi ni se nombra. Te dolerá verla así. Pero sabíamos que no sería fácil.
Los guantes negros están sobre la mesa, llegaron con el abanico y el pañuelo de luto unos días después que partiste. Me niego a pensar que algo te ha sucedido.
Tu hijo crece. No sé si lo reconocerás cuando vuelvas.
Te extrañamos y esperamos.
Un beso, Guadalupe.


(Ejercicio sobre una escena teatral. Taller literario de Alejandro Finzi, en la Universidad Nacional del Comahue, luego de la lectura del prólogo de “Moreno”, de Alejandro Flynn)


martes, 20 de junio de 2017

Para que no se amontone la tristeza



Transcribo, un fragmento de la novela “Los besos en el pan”, de Almudena Grandes, donde la abuela Martina -un personaje entrañable- decide armar el árbol de Navidad en septiembre, para que no se amontone la tristeza a su alrededor.

La novela se desarrolla en España, pero bien podría ser en Argentina, donde también es sencillo hacerse el distraído y mirar para otro lado.

Este blog estuvo a punto de ser cerrado (permaneció privado durante un tiempo, pero por ahora sigue, a tientas). Siento que escribir ficción parece un lujo en un país que hipoteca a generaciones y generaciones y a nadie parece importarle, haciendo gala de una hipocresía y un cinismo envidiable.


Las y los dejo con la abuela Martina y su nieto Carlos.


“… El enorme árbol de Navidad que él mismo tendría que haber montado tres meses más tarde, está repleto de bolas, estrellas, angelitos, duendes, casitas y dos centenares de luces encendidas parpadeando sin descanso entre la purpurina y el cristal. Carlos lo mira un instante con la boca abierta, reconoce los adornos, la bola tornasolada que sus padres trajeron de la luna de miel, los angelitos de porcelana que su abuela ha ido comprando en la primera Navidad de cada uno de sus nietos, la estrella de cartulina que él mismo hizo un año en el colegio, los venerables adornos de vidrio de colores, alargados como llamas brillantes, puntiagudas, que Martina conserva desde su remota infancia... Entonces lo entiende todo, el resplandor al fondo del pasillo, el suelo sucio, el silencio de su abuela, pero eso no le tranquiliza. Ella se da cuenta y vuelve a sonreír.

—No me he vuelto loca, ¿sabes? Sé de sobra que estamos en septiembre, tengo la cabeza perfectamente, no te asustes, pero... Tú sales, ¿no?, y entras, andas por la calle, te diviertes, pero yo... Yo estoy todo el santo día aquí, oyendo la radio, la televisión, y que no hay futuro, que no hay trabajo, que privatizan los hospitales, que quieren cerrarnos el Centro de Salud, que me van a rebajar la pensión... Sólo salgo para ir a la peluquería, y allí, no veas, todo el día hablando de lo mismo. Que si ponte mechas, mujer, que no, que no tengo dinero, y tu hermana, ¿ya no viene?, es que como han echado a su marido, pues al mío se le acaba el contrato el mes que viene, pues mi hijo no ha encontrado nada todavía, así una, y otra, y otra, todo el tiempo igual, tristezas y más tristezas...

Martina hace una pausa para apoyarse en el brazo de un butacón. Saca un pañuelo del bolsillo del delantal, se seca unos ojos que aún estaban secos, y vuelve a mirar a Carlos.

—Hasta que tu madre perdió el trabajo, lo llevaba bien. ¡Pobre Marisa, tan lista, tan estudiosa, con lo bien que lo hace todo! No hay derecho, ¿verdad? Tantos años en la misma empresa y de repente, de un día para otro... Pero si era funcionaria, ¿o no? ¿Cómo se puede consentir que echen a la gente de una televisión pública?

—Haciendo leyes para que eso sea legal, abuela —Carlos se acerca a Martina, se sienta a su lado, la abraza—. Pero mamá encontrará trabajo antes o después, no te preocupes.

—No sé yo, a su edad... —el nieto se da cuenta de que su abuela se ha aficionado de verdad a los informativos—. Y además es tan feo lo que pasa, somos todos tan egoístas que vamos viendo caer a los demás, uno detrás de otro, y pensamos, bueno, mientras a mí no me toque... Y nos ha tocado, claro, nos tenía que tocar, ¿por qué íbamos a librarnos nosotros si todos los demás están cayendo como moscas? Y si fuera más joven no estaría tan preocupada, porque para crisis, las que he tenido que chuparme yo, hijo mío. Pero nosotros podíamos, nosotros éramos fuertes, estábamos acostumbrados a sufrir, a emigrar, a pelear, y sin embargo, ahora... No te ofendas, pero ahora sois de una pasta más blanda. Os ahogáis en un vaso de agua, así que me puse a pensar... ¿Qué podría hacer yo para animarme, para animarles a ellos? ¿Qué podría hacer para que entiendan que no hay que resignarse a lo que venga, sino imponerse a las cosas, enderezarlas, negarse a aceptar toda esta ruina? Y ya sé que parece una tontería, pero estoy harta de ver gente triste y no deben quedarme muchos años de vida, así que...

—No digas eso, abuela.

—¿Ah, no? ¿Y qué quieres que diga? Voy a cumplir ochenta. ¿Cuántos me quedarán, cinco, diez?

—O veinte —aventura Carlos sin mirarla a los ojos.

—Bueno, pues veinte —Martina sonríe al optimismo de su nieto—. Esos son los que tienes tú, y no has vivido nada todavía. El caso es que no quiero pasar el tiempo que me queda viendo cómo se amontona la tristeza a mi alrededor. No me da la gana, así que me dije, pues mira, de momento, vamos a empezar por llevarle la contraria al calendario. Y ya sabes cómo me gusta a mí poner el árbol, y encender velas, y todas esas cosas navideñas.

Su nieto la mira, mira al árbol, vuelve a mirarla.

—Feliz Navidad en septiembre, abuela.

Ella se echa a reír y le abraza.

—Feliz Navidad, cariño. Feliz Navidad…



(Grandes Almudena, "Los besos en el pan", Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Tusquets Editores, 2016, p.40)

domingo, 4 de junio de 2017

Alivio contra la ferocidad II




El sol todavía no calentaba y era una intención entre los árboles. Esteban sacó el último cajón y lo apoyó sobre el de los tomates. Estudió la combinación de colores: naranja, amarillo, rojo. Debió haber sido pintor. Casi podía oír a las zanahorias disputando los sabores con los limones mientras los demás observaban.

domingo, 28 de mayo de 2017

Tu pifia o tu acierto




Todavía pensaba en el yerro del final cuando escuché:
—Me gustaría pintarte.
La miré. Ojos oscuros. Pelo muy corto y una trenza fina, un hilo que caía sobre uno de sus hombros. El público dejaba la sala. Yo lidiaba con el estuche del contrabajo.
—¿Me decías?
—Que me gustaría pintarte. Ver si puedo atrapar ese instante. ¿Esa nota no iba ahí, no?
—Algo así. ¿Cómo te diste cuenta?
—Años de Conservatorio. No, mentira. Tu mirada. O el cambio en tu cara, creo que me reconocí en algún rasgo.
—¿Cómo te llamás?
—¿Importa? Tu pifia. O tu acierto. ¿Vos?
Sonreí. —Tu modelo. —Me devolvió la sonrisa y bajamos juntos del escenario.

(La consigna era contar como se conocieron dos personajes luego de la lectura de un cuento de Gabriela Grünberg, del libro “Cuando callan los olivos”, en el taller literario que dicta Alejandro Finzi en la Universidad Nacional del Comahue)