domingo, 21 de noviembre de 2010

Mudanza y ramas secas


A veces las mudanzas traen estas cosas. Textos viejos, frases irresueltas, ceremonia repetida a la hora de contar o simplemente de garabatear pensamientos. Algo parecido sucede con los libros y hoy me topé con uno de ellos: apilando obras en unas cajas, apareció Antonio Dal Masetto, texto que había comprado en una mesa de saldos, en esa suerte de vicio que significa husmear en librerías y supermercados.

A propósito: me parece muy triste comprar libros en supermercados en donde Cortázar suele estar al lado de Belén Francese y uno siente que cierto revoltijo le carcome las entrañas. En general no compro libros en ningún hiper, aunque esta vez haya resistido a la tentación. Pido disculpas a los libreros.

Regreso a Dal Masetto. El libro se llama “El padre y otras historias” y está dividido en dos partes. En la primera hay reflexiones de autor, viejos recuerdos e interrogantes que no dejan de indagar sobre el oficio y la literatura.

En “Encuentro”, Dal Masetto recuerda a Miguel Briante y a la “necesidad de arrastrar alguna vez a los amigos a esas geografías de iniciación, desde donde uno huyó en los lejanos días de la juventud y a los que se vuelve y se vuelve para buscar un momentáneo remanso, para lamerse una herida nueva, para cargar oxígeno antes de partir e ir a darse de cabeza contra otra pared”.

Saboreo la frase y concuerdo. Regresar a la tierra de uno tiene eso de “lamerse una herida nueva”, cargar oxígeno antes de partir e ir a darse de cabeza contra otra pared”, en una contienda que, intuyo, está perdida de antemano, aunque no se pueda dejar de escribir, como no se puede dejar de soñar o respirar.

Últimamente me he preguntado sobre esto, aún antes de leer a Dal Masetto. El último tiempo he sentido la impotencia de no poder relatar, de no encontrar la palabra justa, el verso apropiado que complete el desafío para que sigas leyendo, de contarte algo que sacuda la modorra cotidiana en la que estamos sumergidos.

Y no me refiero a decir algo “inteligente” o “sesudo”. Eso es fácil, sólo basta echar mano a cierto registro y combinar palabras para que aparezca un coro de aduladores. Pienso, más bien, en Arlt y su prólogo a “Los Lanzallamas”, en la literatura como prepotencia de trabajo. Quizás se trate de no cejar, de que cada travesía al país de lo incierto, no termine en otro naufragio y, si sucede, tener en claro que no podemos hacer otra cosa que seguir intentándolo.

“…En voz baja hablábamos también de eso. De fuegos nocturnos, de caballos, de atardeceres, de la palabra justa, de la simetría de la rama que se seca y de la rama que florece”, confiesa Dal Masetto y estoy tentado de contarle que de mis ramas florecen algunos versos, personajes e historias que me rondan de cuando en cuando, casi a la espera de que les dé forma; como un artesano de las palabras, un laburante de letras que se las ingenian para juntarse como ellas quieren y no tanto como yo deseo.

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