domingo, 18 de septiembre de 2011

La marca de la muñeca, en "La Vieja Usina"




En el día de ayer se realizó el acto de premiación del concurso literario "La vieja Usina-Letras contra la discriminación", en el cual uno de mis relatos fue mencionado por el jurado. 


El sol de la mañana le araña la vista. Se incorpora con dificultad deshaciéndose de la manta de diarios y los acomoda bajo una pira de ramas. Luego enciende un fósforo y calienta sus manos en el fuego; tiene las pupilas dilatadas por la falta de sueño y la piel curtida por el viento. A veces las yemas de sus dedos se resquebrajan por el frío pero ha aprendido a convivir con él del mismo modo que convive con los sofocones del verano.

El viejo se sienta en el cordón de la vereda y fuma sin apuro un cigarrillo mirando pasar a las personas y sus prisas. Es el último que le queda, fruto de las monedas que juntó la noche anterior, cuando compró el cartón de vino. “Un par de pitadas más y empezamos de nuevo con el ritual de la limosna y la cara de lástima”, se dice. Con una agilidad impropia para su edad, se levanta de un brinco y camina despacio por las veredas de una ciudad cuyo nombre desconoce pero que posee un ritmo febril, como todas.

Con el paso del tiempo ha desarrollado una extraña habilidad: sólo pide limosna a quien le da algo. Es instintivo. Basta con que mire a las personas a los ojos para saber si tendrá suerte; mueve sus labios cuando está seguro de su éxito.


A media mañana, se sienta en un banco de la plaza San Martín, dejándose calentar por el sol tibio. Ha finalizado ya la caminata diaria que abarca las cuadras céntricas y las puertas de los supermercados. Tantea en su bolsillo y cuenta las monedas. El sonido de unas pegando con otras, le acerca recuerdos confusos, trazos de memoria que no puede identificar con lucidez.


Una maraña de imágenes desfila en su cabeza y se confunden con lo real. Es la fatiga de la vida que lo ronda desde hace años. No duerme bien y cuando lo consigue su mente es invadida por la pesadilla de siempre.

Había huido con sus compañeros, fatigados y llenos de sangre, huyendo de ellos, hombres feroces de pocas palabras y sables filosos. Con los caballos extenuados, llegaron a aquel extraño templo de puertas de hierro con la altura de dos hombres. Luego de un día de esfuerzos continuos, lograron abrirlo. Estaba vacío. En su interior sólo oían sus pasos y el tintineo de las espadas rozando el suelo. Sus perseguidores los habían alcanzado y los observaban desde el cerro. Por algún motivo, todavía no habían bajado a buscarlos.


“Venderemos cara nuestra muerte”, dijo él. Sus compañeros asintieron y acordaron hacer guardias de dos horas cada uno. 


Cuando llegó su turno lo vio.


Parecía un adorno más, pero su brillo le llamó la atención y se acercó, estaba sobre la base de una de las columnas que sostenían el templo. Era un sello de metal negro con varias líneas, quizás un sello religioso. Apenas incrustado en la piedra, no le costó demasiado esfuerzo arrancarlo de la columna. De pronto vio el hueco abierto en ella. En su interior había un pliego arrollado, escrito en árabe. 


En él leyó:

“Éste es el sello de lo pasado y lo porvenir.”

El mendigo se despierta turbado. Los bocinazos y el humo de los automóviles le dan la bienvenida a la realidad. Su pecho oscila rápido con su respiración y un hilo de baba se escurre entre sus labios. Se limpia con su saco mugriento y deja el banco de madera, rumbo a su casa, un edificio de dos plantas a medio construir ubicado a tres cuadras de la plaza. Lo descubrió una noche bajo los efectos de una caja de vino que convirtió su aparición en una residencia salvadora. Desde entonces vuelve allí cada vez que tiene sueño.


Cruza la avenida despacio, arrastrando los pies. Cuando llega a destino, mueve la puerta de chapa y acomoda las mantas agujereadas, a modo de colchón. Anhela no soñar lo mismo. Tiene terror de volverse loco y acabar por ahí recitando frases incongruentes como Tomás, un pobre diablo que se cruza a veces. 
Los párpados son un peso intolerable. Lentamente, cierra los ojos y se rinde ante el cansancio.

Al pliego amarillento le acompañaban unos extraños símbolos y una breve sentencia:


“Aquel que los descifrare, no descansará jamás.
Las luces se mezclarán con las sombras
y el descanso huirá para siempre.”

Guardó el sello en un saco pequeño. Un haz de luz amarillento se asomaba por una ventana del templo. Amanecía y sus enemigos no habían atacado. El hombre suspiró aliviado y despertó al próximo guardia.
Al día siguiente salieron del templo, los árabes habían desaparecido. Luego de varios días de cabalgata, llegaron a Sevilla en donde fueron recibidos como héroes. Él, hijo de reyes, se dedicó de lleno a estudiar la literatura árabe con una obsesión casi enfermiza. Cuando su padre murió se encargó de recopilar todo el conocimiento que fuese posible y descifrar el sello. Para no perderlo, lo puso al rojo vivo y se lo grabó en la muñeca izquierda. Sus súbditos le admiraban y respetaban. Sus súbditos le llamaban Alfonso El Sabio.


Hasta que el libro llegó hasta él. 


Era el “Recontamiento de Sulaimen nabí Allah” (1) , un libro árabe que narraba las andanzas del rey Salomón. Alfonso, excitado, leyó:

“El rey Salomón tenía a sus órdenes los vientos, y podía ser trasladado por ellos en breve espacio de un lugar a otro, entendía el canto de las aves, el susurro de los insectos y el rugir de las fieras; veía a enormes distancias, le obedecían sumisos los leones y las águilas, poseía incalculables tesoros y un sello mediante el cual conocía lo pasado y lo porvenir.” (2)

Y sus ojos se iluminaron cuando develó los símbolos del talismán. Luego quemó los manuscritos y destruyó toda la evidencia. Era un acto egoísta, lo sabía, pero no podía evitarlo. Entonces supo que debía fingir su muerte.


El mendigo se agita con violencia. “No, no, déjenme en paz”, repite con voz apenas audible. Mueve su cabeza a ambos lados y luego apoya la cara contra su hombro izquierdo, profundamente dormido.

Al principio pensó que era debido a su alegría. Sintió que vencía a la muerte y quizá por ello no dormía. Pero cuando lo hacía, tenía terribles pesadillas. Vagaba por la ciudad con sus pupilas dilatadas, protegido por una manta de pordiosero. Se dio cuenta que debía irse de allí, a otras tierras, conocer otros mundos. Y los años se fueron sucediendo hasta que perdió la cuenta, y fue amante incontrolable, estafador, poeta maldito, destripador en Londres y todo lo que sus caprichos quisieron.

Pero había un problema.


No podía dormir y cuando lograba conciliar el sueño, no descansaba. Sólo despertaba agitado y confundido, recordando rostros de otros tiempos y lugares; situaciones vividas bajo una pátina desmemoriada y cenicienta.


El techo lleno de telarañas lo devuelve a la realidad. Siente las ropas mojadas y el fuerte olor a orina que le moja la entrepierna. Otra vez el templo, el libro, el sello. Imágenes mal editadas de su mente turbada.

El sello.

Entonces comprende. Lleva sus dedos mugrientos a la muñeca izquierda pero se detiene. “Esto es una locura”, piensa. Se da vuelta sobre un costado y cierra los ojos. Sus párpados caen pesados y por fin el mundo de los sueños y las sombras parecen concederle una tregua.
Hasta que pestañea de nuevo, como siempre.

[1] Menéndez y Pelayo, Marcelino, “El apólogo y el cuento oriental”, en Orígenes de la novela, I, cap. II,
Madrid, 1946, p. 115.
[2] Ibid, p. 115.


Publicado por Horacio

4 comentarios:

  1. Bien por esa mención.
    El texto la merece.
    Felicidades.

    Saludos.

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  2. Más que merecido el premio.
    Un hermoso y emotivo relato.

    una brazo

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  3. Alfonso, el demasiado humano. Por no leer la letra chica.

    Felicitaciones por la mención. Me gustó mucho.

    Un abrazo, Horacio.

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  4. Mis cálidas felicitaciones por tu premio, Horacio. Me gusta sobre todo la forma que tenés de acercarnos los personajes con cada detalle.
    Un beso.

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