viernes, 20 de enero de 2012

Amigos imaginarios


Neblina otra vez. Como siempre ocurre a estas horas, siento tu olor mezclado con el humo del último cigarrillo, el que fumabas a escondidas en el patio, convencido de engañarme.

No duermo bien desde hace tiempo. Si no hace frío, deambulo como una loca por la casa. Voy a la cocina, reprendo a las hormigas que se hacen un festín con las sobras del gato y me sirvo un vaso de leche. Pero no hay caso, no es lo mismo que la recién ordeñada. Nada más placentero y nada más lejano también. Mi padre nos preparaba pan con nata y nos despertaba temprano, con un beso en la frente y el aroma de la leche hirviendo en las cocinas de leña.

Pobre. Demasiado hizo por nosotras después de la tuberculosis de mamá. Que regalito le hizo Dios al dejarle dos nenas inquietas y preguntonas. Por eso comprendo que le gustara la bebida. Se emborrachaba de noche, cuando todos dormían. Yo lo espiaba por el ojo de la cerradura, a veces se le escapaba algún sollozo y una mala palabra, de esas que nos prohibía a nosotras. Y ¡guay de la que dijera una en la mesa!. Todavía siento el ardor en la mejilla cuando le dije puta a mi hermana.

Crecíamos, él envejecía y le costaba levantarse para ordeñar pero la vida seguía, siempre sigue y no podemos quedarnos al costado del camino. Ya éramos unas señoritas cuando nos avisaron que había ocurrido un accidente y una coz que no sabía de desgracias ajenas terminó con su vida. Fue terrible, me enojé mucho con Dios y lo llené de reproches y maldiciones.

Pero dicen que ése aprieta pero no ahorca y los patrones de la estancia nos llevaron a vivir a su casa. Doña Elvira, una señora de modales refinados nos obligó a terminar el bachillerato y nos aceptó como sus hijas, además de las tres que ya tenía. En la primavera nos sentaba a todas bajo el parral para terminar los bordados y embelesarnos con el campo. La vista quedaba dolida ante tanta tierra. Y ni hablar de los atardeceres, el cielo agonizaba cada día. Y nacía de nuevo con el sol.

Una mañana me di cuenta que estaba enamorada del hijo del patrón. No sé cómo ocurrió, pero supe que tarde o temprano nos toparíamos. Era un joven tímido y adinerado, presa ideal para las arpías del pueblo. Los estancieros vecinos llevaban a sus hijas a tomar el té y escuchaban a Gardel en la vitrola mientras hablaban de haciendas, trigo, inflación y Perón, el monstruo detestable que yo admiraba en secreto.

Bajo la atenta mirada de Doña Elvira, escuchábamos complacientes los comentarios triviales de los hombres y asentíamos en silencio. Allí supe que mi padre se había equivocado: no todo era respeto o sumisión y al amor había que serle irrespetuoso, descarado. Así lo conquisté a Vicente, sosteniéndole la mirada y liberando algún botón de mi escote, mostrando vanidosa lo que otras ocultaban. Él dejó de mirar a esas paliduchas y se quedó con mi piel trigueña.

Nuestro casamiento fue celebración y escándalo en la provincia. Nunca vi tantos invitados, tanto derroche, tanta hipocresía y dentaduras postizas. Hasta las candidatas despechadas por mi marido asistieron a la cena, parecían lechuzas inmóviles escudriñando el salón con ojos saltones. Todavía no entendían como se había quedado conmigo, una don nadie.

Fueron tiempos maravillosos y terribles. Los hijos crecían junto a las hipotecas y créditos irrecuperables. La vida lujosa de Los Alamos se fue por la borda un invierno en que llegaba la televisión color y Argentina ganaba el Mundial de Fútbol. Aquel fue un golpe muy duro para mi marido. Yo estaba cuereada en renacimientos y tropezones pero él no. Perdió la alegría y se encogió de nostalgia. Por suerte quedaban algunos amigos y un samaritano nos prestó esta casa en la capital.

Vicente no se recuperó. Extrañaba el campo, el rocío del invierno, la bruma matinal con la que asustaba a nuestros hijos con historias de caballadas desbocadas y malones fantasmales. La llegada de los nietos alivió las penas y fuimos padres de nuevo, malcriando hijos ajenos. La casa se llenó de juguetes, tortas y dulces, cuentos del abuelo entre rondas de chocolate caliente y la mirada azorada de los chicos.

¿Y éstos, Qué hacen levantados?. Un día Vicente se fue y yo no tardé en seguirlo. Mirá ese mocoso, ya me vio. Me voy a sentar, me duelen las rodillas y se me hinchan los pies. A veces regreso a dar una vuelta para encontrarme con tu olor. ¿Me está mostrando el soldadito? Sí será… me hace reír el borrego…

—¿Los escuchaste anoche?
—Sí, se despertaron de nuevo, estaban charlando en la cocina. Santiago me contó que vieron otra vez a la vieja, la del camisón rosa, que estaba sentada en tu silla y los miraba. Hasta se reía.

—¿No habría que consultar a un especialista?

—Quedate tranquilo. El pediatra me dijo que es normal que tengan amigos imaginarios.



Publicado por Horacio

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