martes, 25 de septiembre de 2012

Montando guardia


Los gatos corretean a mi alrededor. El barrio está en calma, un obsceno cielo celeste y límpido lo cubre todo. Silencio. Apenas quebrado por una brisa fría que agarrota los dedos mientras escribo, obstinado, desterrado, fuera de la casa y sus sonidos, fuera de un mundo empeñado en acorralarme con sus urgencias cotidianas.

Una de mis gatas, la más vieja, monta guardia debajo de esta mesa de plástico, quizás preguntándose qué hago a la intemperie. O quizás, no, pero lo cierto es que está aquí, conmigo. Le acaricio y el lomo y se aparta. “Rompiste el hechizo”, adivino.

La veo alejarse tras una hoja verdosa que oscila con el aire, Un zarpazo. Dos. Inútiles. Como estas líneas,  como el trazo que recorre mis dedos y necesito purgar. Quizás para que no se pudra dentro de mí. Un trazo que necesita de las palabras para tomar una forma que todavía desconozco.  Mis ojos se reflejan en la pantalla de la notebook. Dos huecos oscuros, apenas un brillo perceptible que los delata con vida.

Comienzo a teclear y las gatas se acercan. Una de ellas se sube en mis piernas, cruza su cuerpo y ronronea. La otra, la más vieja —acaso celosa o solidaria, no lo sé— se acerca y se refriega contra una de mis pantorrillas. Y vuelve al sitio original debajo de la mesa. No puedo asegurarlo, pero juraría que custodia una puerta abierta, un pasaje inquietante que no llega a atemorizarme pero se percibe en el aire.

El frío retrocede de mis manos mientras acaricio el lomo atigrado de la otra. Gira la cabeza y me mira desde sus enormes ojos amarillos. Entonces se baja. Oigo ruidos vecinos. Niños jugando, con la felicidad a cuestas. Celebro por ello. Con mate, tibio. Y las gatas rondando en el patio, custodiando mi ánimo tentado en tropezar con una melancolía recurrente. Quizás por ello regresan y se sientan, una a cada lado, montando guardia.

Las miro. “Soy uno de ellos perezoso y distante. Aunque nunca aprendí la sutileza de la especie”, dijo Osvaldo Soriano alguna vez. No es necesario entenderla, alcanza con saber que están aquí. Y ellas lo saben.  

Sonrío. Una sonrisa al fin.  Un pájaro blanco, de pecho amarillento y alas salpicadas de negro cruza el cielo. Lo sigo con la mirada por uno instantes hasta que desaparece, como las gatas. Y entonces recuerdo el texto inserto en “1Q84”, de Haruki Murakami. Un relato fantástico donde los felinos ocupaban un poblado por las noches para dejarlo desierto durante el día. Por un instante sentí la zozobra de estar perdido, como el protagonista.

Miro a mi alrededor. No hay señales fantásticas o desacostumbradas, sólo una jornada primaveral, con sus pinturas cotidianas. Pero siento las grietas de lo extraño colándose en la mañana, palpables, inquietantes. Aparecen y desaparecen. Como el graznido violento del pájaro blanco, de pecho amarillento y alas salpicadas de negro que surge de la nada, el obsceno cielo celeste y límpido, mis dedos agarrotados por el frío, el pasaje, las gatas montando guardia. 


Publicado por Horacio

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