miércoles, 14 de noviembre de 2012

El roce de las telas


Despertó de una siesta más que reparadora. Tardó unos instantes en escuchar al silencio, amoldarse a él, a los sonidos de una casa vacía y solitaria, con Vincent a sus pies, lavándose y ronroneando con suavidad. De pronto se detuvo y le clavó un reproche en forma de mirada, un “por fin. Ya era hora”.

—Mirá quién me lo dice… sabés como es esto —le respondió a modo de excusa. El gato no dijo nada y siguió con su limpieza a conciencia. Él se levantó despacio, una sonrisa a medias, más bien una mueca en realidad; el gesto mecánico de ir a la cocina y abrir la heladera.

La botella seguía ahí. A medio camino, burlona y sugerente. Entonces recordó la cuarenta y cinco en el cajón de la mesa de luz (¿a quién se le ocurre guardar un arma allí?) Pensó en la combinación con el alcohol y la tentación —siempre latente— de apretar el gatillo, acaso de saber que solo él podía hacer lo que quisiese con su vida.

Entonces recordó la ilustración de la portada. El libro estaba sobre la cama. Se sentía habitado por aquella mujer, no sólo eso, podía recordar su olor, la transpiración conjunta, el sabor de su piel, el recorrido harto deseado, la vibración de los cuerpos. Aunque pareciese una locura.

La jovencita tenía unos ojos verdes y un brillo en los que valía la pena sumergirse. Nariz proporcionada,  labios finos, piel tostada, de pecado capital. Un sombrero rojo de ala ancha con un vestido a tono hasta los pies. Pero lo mejor de todo era la manteleta blanca de forma triangular que le cubría los hombros (y el vago recuerdo de desanudarla, a la altura de la cintura, le provocaba un estremecimiento) mientras recordaba los secretos develados y el roce de las telas contra el piso.

Pensó en la posibilidad de lo improbable y en que no podría contar nada de esto en la sesión de mañana. El psiquiatra confirmaría sus sospechas y lo encerraría de por vida. Pero estaba seguro de amar a aquella jovencita del siglo XIX, obstinada en reaparecer y dar rienda suelta al convite de los cuerpos. Y la prueba de ello era ese pañuelo que se había olvidado en la última cita.

Atardecía, el sol retrocedía ante las sombras y echó a rodar de nuevo el disco de Mendelssohn, invocando al conjuro de felicidad que había logrado que ella apareciese y le contara de la vida palaciega, de sus amores no correspondidos y la imposibilidad de elegir, ya que estaba destinada a un noble decrépito.

Miró nuevamente la portada del libro y se convenció que estaba loco de remate. Esquizofrenia, sostenían los entendidos. La música inundaba el ambiente y él decidió abrir la heladera, servirse un trago, apuñalar a la soledad con el ronroneo adormecedor de Vincent, que lo esperaba en el sillón antiguo.

Aceptó su invitación y se acomodó a su lado. Sopesó el malbec en su paladar y cerró los ojos, disfrutando de los violines y sus variaciones. Entonces oyó el siseo inconfundible de las telas rozando el piso. 


Publicado por Horacio

8 comentarios:

  1. Un sabroso relato, con aroma pasado.
    ¿Qué importa si estaba loco ó no?
    ¡Estaba enamorado!

    ResponderEliminar
  2. un relato con sus acentos en las descripciones lo hacen un paisaje ensoñador

    abrazos

    ResponderEliminar
  3. yo tampoco le decía todo al psiquiatra (cuando iba, ahora ya no voy a ninguno, me auto di de alta hace meses y sabes qué? dejé de tomar pastillas y hasta me siento mucho, pero muchísimo mejor)

    un abrazo fuerte Horacio.
    Un beso. o dos.

    ResponderEliminar
  4. Gracias por el viaje. Gracias por la compañía. De primera fila pude ver a ambos. Voy a ir a sacar la 45.

    Abrz.

    ResponderEliminar
  5. Sensaciones,emociones que nos dejan las palabras.
    Era imposible no verla a ella, sentir su olor,rescatarla del siglo XIX y darle vida y amarla.
    acaso ese extraño estado de aislamiento, solos frente al libro sea un estado de enajenación, de maravillosa locura que hace posible que hasta se oiga el siseo de las telas rozando el piso.
    Y con la música de Mendelssohn ¿quién puede evitar ese delicioso instante de bella locura?
    Una hermosa historia de regresión.

    Un abrazo

    ResponderEliminar
  6. Excelente Horacio.

    Un relato en el que nos dejas sentir la desazón del protagonista en nuestra propia piel, en el que llegamos a vivir esa esquizofrenia como deseable, en el que caemos en el enamoramiento de la locura.

    Bordado, que se suele decir.

    Un abrazo,

    ResponderEliminar
  7. Bellisima historia de amor, una tragedia dulce y tierna encerrada en ese mundo donde nadie impide ni juzga.
    Los psiquiatras y sus 45 prescritas y servidas en blisters asepticos matan todo.
    Un beso inmenso

    ResponderEliminar

Bienvenid@ a Ecos y matices, contame qué opinás