viernes, 2 de noviembre de 2012

La cara de Braian


Me vio apenas crucé la puerta y me catalogó al instante. En su defensa podría decir que mi aspecto no era de los mejores: pelo un tanto largo y desprolijo, barba de varios días. Pero no. No debería juzgarme por ello, aunque su prejuicio sea tan viejo como el mundo y siga en pie.

Convencido de que me seguiría, pensé en pasearlo por todo el supermercado mientras buscaba en las góndolas las pocas cosas que llevaría a casa. Pero desistí. Era tarde y estaba extenuado.

El guardia de vigilancia seguía mis pasos, atento y ya casi sin disimulo. Recorrí los precios que por supuesto no eran acordes con lo que pensaba gastar y me insultaban con su silencio. Sopesé el queso, pero opté por la harina, rendiría más aunque alimentara menos.

Todo parecía ir  por los carriles normales de la pobreza hasta que las vi. Estaban ahí, desafiantes, tentadoras. Pensé en la cara de felicidad de mi hijo al llevarle unas salchichas y las tiré en el carro. Entonces la idea se cruzó por mi mente, fue un instante.  Miré hacia ambos lados, tomé el paquete y lo guardé en mi campera.

Di unas vueltas más, mirando sin ver, con un nerviosismo a cuestas que delataba mi vergüenza. “No robarás”, sentencian. Y uno crece con el respeto de lo ajeno, con mentiras como “ganarás el pan con el sudor de tu frente”, aunque el sudor sea cada vez mayor y no alcance para el pan y otros hagan oídos sordos al mandamiento, vaciando empresas, cerrando fábricas, rifando vidas en la Bolsa. La vida moderna, que le dicen.

Para mi sorpresa llegué a la caja sin sobresaltos y dejé mi dinero a cambio de mercaderías con sello de pobre. De pronto pensé en “El Oreja”, preso por un robo calificado. ¿Habrá comenzado así?, en las lágrimas de la Negra, en la justicia para los giles, en mi miedo que olía a sudor, en lo sencillo que era cruzar la delgada línea que separa la legalidad, cuando esa misma legalidad no te deja opciones. También en la cara del Braian al verme llegar con las salchichas.

Pero el éxito de la empresa y la sonrisa que amenazaba con cruzarme la cara, se esfumó cuando el guardia me cerró el paso, a metros de la puerta.

—Te vi.
—Son para mi hijo —alegué con la boca pastosa, como si ello pudiera salvarme de la humillación. Un viejo pasó por mi costado. Podía sentir su desprecio.
El guardia dudó. —Pero está mal. Además es mi trabajo.
—Lo sé. —Pensé en empujarlo y salir corriendo, pero no quería dejar el resto de las bolsas. —¿Qué pensás hacer?
 El tipo se pasó la mano por el pelo crespo y negro. Me miró de pies a cabeza y dejó de cortarme el paso. —Andate —deslizó. —Si se entera mi superior me raja, pero andate antes de que me arrepienta. La próxima llamo a la policía —amenazó. Lo miré sin entender, como si el milagro fuera posible. Apreté los dientes y salí del supermercado.

La cara del Braian y la mostaza en sus cachetes olvidó el mal trago, aunque se me humedecieran los ojos y culpara a las cebollas del tuco que hacía mi compañera. Mañana será otro día. En la zapatería me dijeron que iban a dejar muchas cajas de cartón. Cenaré temprano, para bajar al centro a montar guardia;no vaya a ser que el vecino de la casilla me gane de mano.


Publicado por Horacio

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