martes, 1 de enero de 2013

El caballero




Una copa más, “la del estribo”, apunta la voz mientras bendigo al puñado de sonidos y acordes capaces de hacernos vibrar, obstinados en recordarnos que aún estamos vivos.

Bendita música. Maldita melancolía.

“Su receta transmitida de generación en generación y reposo en barricas de roble y le da un sabor único a nuestro producto”, me apunta la etiqueta de la botella vacía. Joder. No sé si único, pero escaso.

Descenso a los recovecos de tu piel. A tu sonrisa llana, a tu naturalidad irreverente.

Afuera, un trasnochado hace sonar un nuevo petardo. Ése está peor que yo. Y pienso en “ése”, porque es extraño ver a chicas con fuegos artificiales, o por lo menos es extraño para mí. Aventuro que coincidiríamos en la inutilidad de quemar el dinero (no porque sirva de mucho pero prefiero despilfarrarlo en otras nimiedades. Como esta botella, por ejemplo).

 Podría encender la notebook, esbozar las líneas que borraría al día siguiente, con resaca y tan solitario como ahora. Imposibilidad para nombrar tu ausencia, con la precisión necesaria y no la que dictan las palabras ahogadas en alcohol.

Quizás el secreto esté ahí: en no poder nombrarte. Mierda… es buena, debiera apuntarla en la libreta de frases geniales, la que nunca consulto.

Creo que había otra botella. A por ella iremos. El caballero sigue cantando. No quiero mirar el reloj para saber que pronto amanecerá y que uno también está viejo para crecer. ¿Se puede dialogar con la música? “A esta altura de la noche, se puede dialogar con cualquiera”, pienso.

El hielo desnudo se disuelve en el fondo del vaso, en una suerte de espera obstinada y ridícula, casi como la mía. No es necesaria tanta insolencia, por lo menos al principio de año.  El licor sabe diferente, menos barrica; más industrial y barato. Más dañino, también.

El teléfono vibra y hago cierto esfuerzo para fijar la vista. Sí, decididamente es más barato, porque me apunta que estás viniendo, que el taxi estará en unos minutos por aquí. Escucho al caballero y entrechoco un brindis. Quizás tenga razón, podemos mojarle la oreja a la soledad.  

Un auto se detiene en la calle, las pulsaciones se aceleran. Cita equivocada. Pero brindo por tu naturalidad irreverente.

 Publicado por Horacio

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