miércoles, 16 de enero de 2013

Trece

Estaba enfrascado en mi lectura cuando el gato saltó hacia atrás, expectante, con el pelaje erizado y los ojos muy abiertos, fijos en mis espaldas. Al instante, el velador se apagó sin tocar la perilla y sentí que lo extraño hacía pie en el ambiente.

"¿No es supersticioso, dice? Bueno, entonces le doy la habitación trece", me había dicho el conserje con un mohín apenas disimulado. Acepté sin chistar. Después de todo estaba cansado y ya nada podría sorprenderme esa noche. Ni siquiera que por un instante me pareció entrever el almanaque ajado a través del cuerpo del tipo, desgarbado y con una camisa deshilachada, como algunas historias de miedo en noches de tormenta eléctrica.

Casi como ésta.

Oí la respiración agitada del felino, el gemido de lo innombrable. "Vení, dale", lo llamé. Era mi gato, ese que había muerto hace años y que siempre me lavaba la mano con su lengua cálida. Como ahora.

Lo observé con fascinación y sorpresa, intuyendo que su aparición tenía que ver con la noche cerrada, el hotel en medio de la llanura, su mobiliario del siglo XIX y techos altísimos con la espesura de la muerte.

La lengua rasposa recorría la palma de mi mano. Dejé el libro al costado, apoyé mi cabeza en la almohada y cerré los ojos, mientras un trueno furibundo hacía vibrar las paredes de la habitación trece.


Publicado por Horacio

9 comentarios:

  1. creaste el clima perfecto, horacio, para "el gemido de lo innombrable".

    abrazo*

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  2. Los que vuelven o nunca se han ido de nuestras vidas. El 13 es una buena escusa.

    Abrazo!

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  3. Creo que ya te he contado que disfruto de este intenso perfune a Murakami que tienen algunas de tus piezas, Horacio.

    ¡Bueno, muy bueno, sí señor!

    Un abrazo.

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  4. Un buena noche para llegarse a la ciudad de los gatos...

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    Respuestas
    1. Es cierto... no lo había pensado... intentaba "jugar" más con la noción de "trece" y mala suerte, pero tenés razón. Deberé alejarme un poco de Murakami.

      Abrazo

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  5. Ahí parece que salte ese pequeño gato de Daniel Paz con el que asocio tus letras propias, ahí su lengua de espejo roto, su andar elegante y sigiloso en la escalera que cruza por encima de nuestra cabeza...

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  6. Gatos que lamen aspero de dulce recuerdo, treces que son dieces incluso en el frío de la muerte.
    Un beso

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  7. Las visitas del más allá no tienen por qué ser desagradables. Incluso al contrario.

    Me gustó pasearme por tu texto. Lo disfruté.

    Te debo unas gracias enormes (no hay mayúscula lo suficiente grande para expresarlo)

    Un beso

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  8. Acaso no sea una cuestión de fallo técnico el que mi ordenador me falle justo en el momento en que publicaste este post y que me impedía decirte lo bien que me sabe leerte, aunque sea este Trece tan afortunado de tu escritura.
    No quería faltar a mi cita, espero que no vuelva a ocurrir. Pondré velas a diablos y santos.

    Un abrazo

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