domingo, 14 de abril de 2013

La patria como un hipódromo quieto




La patria, lo prohibido, la poesía, el narcotráfico, el Méjico post PRI, la literatura y la academia, son algunas de los tópicos que roza El testigo, de Juan Villoro, novela fascinante que narra el regreso de un intelectual a su tierra natal, veinticinco años después.

Mirar de regreso era muy distinto a descubrir; significaba recuperar cosas que decían algo antes y después, detalles hundidos en su memoria, depositados en esa dársena quieta, abrumada de agua negra[1] cuenta el narrador que paulatinamente nos va sumergiendo en una historia con múltiples miradas y aristas.

Con la intención de tomarse un año sabático Julio Valdivieso pisa su tierra para reencontrarse con el pasado, en un país en tránsito —casi como el autor— que todavía recuerda el paso de la Revolución que no fue, mientras la política se tiñe de corrupción y narcotráfico en una ciudad cosmopolita y moderna, con un interior que parece anclado en el tiempo y todavía bajo los efectos de Pancho Villa.

Una de las excusas para contar su historia personal y también la de Méjico, será estudiar la obra del poeta Ramón López Velarde, pretexto que enriquece la novela con bellísimas imágenes poéticas y la nutre de una prosa atrapante y por momentos sin respiro, en donde lo real se confunde con los recuerdos.

Un aire de pesadilla recorría el país y sin embargo, al hablar con su mujer o las niñas, se asombraba de que la vida fuera tan posible. Quizá sus ojos agregaban algo a las noticias que leía como un zombi de película que atraviesa una ciudad sitiada, un tiempo sin tiempo, donde nadie ganaba ni perdía, la patria como un hipódromo quieto.
De pronto se saturó de noticias que parecían escombros; no pudo seguir leyendo reportajes. Se refugió en la biblioteca del tío. Encontró un misal color vino en su escritorio, repasé, una letanía sin extraer sentido alguno de las frases, abrió una novela que adoró en su juventud, cuando leía con la envidiable barbarie del que vive en las páginas. Releyó un pasaje. Era malísimo.[2]

La novela también narra la vida de otros personajes: un poeta de gran talento que termina vagando en las calles, el intelectual hermético y elitista de las academias, la vida familiar en Los Cominos, la fe de los cristeros y la religión, entre otros tópicos:

—Tiene razón. La fe es un problema voluntario. Nuestro Ramón estaría de acuerdo. No sé hasta qué punto llegó a reflexionar en esto, pero ya Dostoievski había tratado el tema con una claridad canija. Sería muy aburrido tener fe en un mundo resuelto; el enigma de la creación es que no ha terminado, somos parte del borrador y tenemos que decidir; a veces la aceptación piadosa y la libertad se oponen; fue lo que el poeta experimentó de manera ejemplar. ¿Qué sentido tiene estar aquí? ¡Acaban de matarle a un amigo, don Julio! La creación no está saliendo muy bien, que digamos, y le voy a decir otra cosa: tengo miedo de que Félix Rovirosa la empeore otro poquito. Cuando él me habla de revelar misterios en horario triple A, recuerdo las bondades del dios oculto. ¿Qué le parece esta prédica de banqueta?[3]

También El testigo es una historia de amor: la de Julio y Nieves, relación prohibida y con un solo final posible: Julio abrió el portón de la hacienda. El olor a tierra mojada le llenó los pulmones, algo se le había aflojado, como si también a él le hubiera llovido por dentro. «Dime lo que te duele», le preguntaba Nieves, y él nunca pudo hacerlo, demasiado tieso e inseguro para decirle la forma en que la quería, lo mucho que ella le dolía para bien y para mal. Había regresado a recoger su moneda y a tirarla al pozo. Sintió una energía salvaje, como si pudiera hacer buena esa tierra, como si el pasado hubiera al fin ocurrido y lo dejara ahí, en el brocal del pozo, para seguir, hacia adelante, hecho abismo, aire que no encuentra fondo ni pisada, una casa en el viento, puras nadas: Los Cominos.[4]

Y en esas nadas la opción de ir hacia atrás, o acaso, de pensar que en medio de las nadas Los Cominos podía evitar la repetición, lograr que algo continuara.

En suma, El testigo es una obra colmada de imágenes muy bellas, bajo la mirada única e irrepetible del arte, una novela que trata de regresos, pero también de reencuentros, la curiosa forma en que la gente se divide entre los que se van y los que se quedan, los que viven para una constancia y una repetición y los que necesitan un aire siempre extranjero, un idioma en el que encajan palabras inseguras, la falta de pertenencia como mayor seguridad[5], de muerte y renacimiento, una fuga hacia adelante, un borrego loco, acaso como la vida misma.




[1] Villoro, Juan, “El testigo”, Buenos Aires, Editorial La Página S.A., 2012, p.203
[2] Obr. cit. p.405
[3] Íbid. p.263
[4] Íbid p.456
[5] Íbid p.425.

5 comentarios:

  1. Con recomendaciones así, no queda más que anotarla en la lista de las lecturas necesarias.
    Agradecido de antemano!

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  2. es una excelente reseña Horacio, entusiasma al ojo lector
    abrazos y feliz semana

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  3. ¡Fantástica reseña, Horacio! Tomo nota porque no he leído esta novela de Villoro.

    Un abrazo.

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  4. Hace tiempo que me ronda la tentación de leerla, precisamente por haber sido premio Herralde, uno de los poquitos -pero muy poquitos- premios literarios que en España casi -casi- garantizan la calidad del libro (¿Leíste la de tu compatriota Alan Pauls? Qué bella novela, "El pasado"). Pongo la de Villoro en la lista de lecturas definitivamente. Saludos.

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  5. un libro impresionante, la novela latinoamericana está viva.

    y leo el comentario de Juan Herrezuelo...coincido con sus dichos sobre "El pasado".

    un beso grande*

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