lunes, 1 de abril de 2013

La religión (o prédica de banqueta)




—La religión es flexible, si no, de nada serviría. ¿Se ha preguntado por qué Jesús resucitó ante unos cuantos? Si lo hubiera hecho ante todos, en forma categórica, no habría dudas del prodigio. Escogió a unos cuantos testigos. ¿Por qué?

—Supongo que me lo va a decir.

—Me interesa mucho la idea del dios oculto. Jesús no se hace evidente, no para todos, así convierte la fe en algo especulativo: «Bienaventurados los que creen sin haber visto.» Ese ocultamiento es lo que da fuerza a la libertad de creer; ante la falta de una certeza absoluta, podemos tener fe o no tenerla, debemos elegir. Sería muy fácil creer lo obvio.

—O vivir sin todas esas complicaciones.

—Tiene razón. La fe es un problema voluntario. Nuestro Ramón estaría de acuerdo. No sé hasta qué punto llegó a reflexionar en esto, pero ya Dostoievski había tratado el tema con una claridad canija. Sería muy aburrido tener fe en un mundo resuelto; el enigma de la creación es que no ha terminado, somos parte del borrador y tenemos que decidir; a veces la aceptación piadosa y la libertad se oponen; fue lo que el poeta experimentó de manera ejemplar. ¿Qué sentido tiene estar aquí? ¡Acaban de matarle a un amigo, don Julio! La creación no está saliendo muy bien, que digamos, y le voy a decir otra cosa: tengo miedo de que Félix Rovirosa la empeore otro poquito. Cuando él me habla de revelar misterios en horario triple A, recuerdo las bondades del dios oculto. ¿Qué le parece esta prédica de banqueta?

Julio vio los dientes manchados del sacerdote, que sonreía al descubrir un taxi.

—Me juego más de lo que usted se jugó con su billete de lotería al tomar este taxi. Rece por mí, usted que se complica menos la fe. Se siente mejor, ¿verdad? Perdone que me vaya, pero ya ve cómo está el borrador del mundo. A ver si al menos corrijo una frase.

Monteverde subió al taxi. El chofer jaló la cuerda con la que cerraba la puerta. A unas tres calles, Julio distinguió el cartucho verde esmeralda de la armería. Le hubiera gustado descargar una caja de municiones, sin rumbo ni objetivo, por el anhelo reparador de oler la pólvora y sentir los músculos tensos, dispuestos a cobrar algo.
(Villoro, Juan, “El testigo”, Buenos Aires, Editorial La Página S.A., 2012)

4 comentarios:

  1. las religiones nada tienen que ver con Dios o la fe
    pero es común hacernos a la idea de que las creaciones humanas y las ideologías son cosas de Dios que nos imponen quienes llevan la batuta en ello

    abrazos

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  2. Es controvertido entender a los hombres de religión, sin embargo no lo es tanto a los hombres de fé. Las idiologias se hicieron para tener adeptos, y eso no es tan malo, como aquellos adeptos que se convierten en simple repetidores.

    Un beso Horacio.
    No sabes la envidia que me da tu gato :)

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  3. Visito por primera estos ecos y matices tuyos, y ya la etiqueta Mi anterior espacio no deja lugar a dudas: estamos ante un relevo no una duplicidad. De modo que me sumo de manera natural a tus primeros diálogos (el de Villoro me trae a la cabeza una pintada que apareció en una iglesia de aquí: Si Dios existe es su problema; el de Dorita me parece crujiente, fragante y auténtico, como pan recién hecho), y vuelvo a pactar con los gatos -tu gato-, que es casi casi una frase de aquella Rayuela que anda cumpliendo cincuenta años... Un abrazo.

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