lunes, 20 de mayo de 2013

Excurso sobre la conciencia de tiempo




Cuando volvieron a subir después de la comida, el paquete de mantas estaba ya en la habitación de Hans Castorp, sobre una silla, y en aquel día hizo uso de ellas por primera vez. Su experto primo le enseñó el arte de empaquetarse como lo hacían todos y como todo recién llegado debía aprender. Se extendían las mantas, una después de otra, sobre el asiento de la tumbona, de tal manera que sobrase un buen trozo por los pies. Luego se tendía uno encima y se comenzaba por envolverse en la manta interior, primero a lo largo hasta los hombros, luego doblando la parte inferior por encima de los pies, para lo cual había que incorporarse sin separar las piernas y tapárselos con la manta doble, y luego otra a lo largo pero con el otro lado, teniendo en cuenta que para conseguir un paquete sin arrugas y lo más perfecto posible había que hacer coincidir bien el doblez de los pies con el lateral de la manta. Se procedía luego de la misma forma con la manta exterior, que era un poco más difícil de manejar y Hans Castorp, que además de novato era poco mañoso, se quejó un poco mientras se estiraba y se incorporaba siguiendo las indicaciones de su primo. Joachim aseguró que solo algunos veteranos sabían envolverse en las dos mantas y a la vez con sólo tres movimientos de auténtica precisión; pero esa era una habilidad rara y envidiada que no sólo requería largos años de aprendizaje, sino también cierto talento natural. Hans Castorp no pudo menos que reírse al oír esta expresión mientras se dejaba caer hacia atrás con la espalda dolorida, y Joachim, quien al principio no comprendió lo que había de cómico en y le miró con gesto inseguro, luego también se echó a reír.



—Está bien —dijo cuando Hans Castorp estuvo tendido en la silla, como un gran rollo de tela, con la blanda almohada bajo la nuca y agotado de tanta gimnasia—; aunque ahora estuviésemos a veinte grados bajo cero no podría pasarte nada. —Y se marchó al otro lado de la mampara de cristal para empaquetarse él también.

A Hans Castorp le pareció dudoso lo de estar a prueba de veinte grados bajo cero, pues sin lugar a dudas tenía frío; varios escalofríos recorrieron su cuerpo mientras se entretenía mirando a través de los arcos de madera de la galería, la neblina cargada de humedad que parecía a punto de convertirse en tormenta de nieve en cualquier momento. No dejaba de ser extraño que, a pesar de aquella humedad, continuase teniendo las mejillas secas y ardientes, como si se hallara en una habitación caldeada en exceso. Se sentía ridículamente fatigado por los ejercicios que había realizado con las mantas y, en efecto, el Ocean Steamships temblaba en sus manos cuando se dispuso a leerlo. Pensó que, después de todo, no debía de encontrarse tan bien de salud, que estaba completamente anémico, como había dicho el doctor Behrens, y por eso sentía tanto frío. Sin embargo, aquellas sensaciones tan desagradables eran compensadas por lo cómodo que se sentía, por las cualidades difíciles de analizar y casi mágicas de la tumbona, que Hans Castorp de nuevo constataba con sumo placer. ¿Sería por la calidad del colchón, por la idónea inclinación del respaldo, por la altura y anchura ideales de los brazos, o sencillamente por la consistencia de la almohada? En cualquier caso nada podía garantizar el feliz reposo del cuerpo mejor que aquella excelente tumbona. Así pues, la satisfacción reinaba en el corazón de Hans Castorp al pensar que disponía de dos horas para estar tranquilo sin hacer nada, las dos horas sagradas de la cura principal, que, a pesar de no ser más invitado allá arriba, consideraba una imposición harto oportuna. Pues él era de naturaleza paciente, podía pasarse horas sin hacer nada y, como el lector recordará, le gustaba el ocio; ocio que ninguna actividad —por absorbente que sea— elimina, consume o hace olvidar. A las cuatro les tocaba té con bizcocho y compota, después un poco de ejercicio al aire libre y luego un nuevo período de reposo en la tumbona; a las siete la cena, que, como todas las comidas, ofrecía sus tensiones y curiosidades y que era esperada con alegre impaciencia; más tarde algún vistazo a la caja del estereoscopio, el caleidoscopio y el tambor cinetoscópico... Hans Castorp ya sabía de memoria el programa del día, aunque hubiera sido excesivo afirmar que estaba «adaptado».

En el fondo constituye una aventura singular esta «adaptación» a un lugar extraño, este total cambio de hábitos, a veces penoso, que, en cierta manera, se produce automáticamente pero con la clara intención, en cuanto se haya asimilado (o al poco tiempo), de volver a cambiar y retomar el estado de las costumbres de siempre. Uno interpreta esta fase como un paréntesis, un breve interludio en el transcurso principal de la existencia cuyo fin viene a ser «recuperarse», es decir someter a un proceso de renovación y cambio al organismo que, por un estilo de vida monótono, corre el peligro o ya está a punto de oxidarse, acostumbrarse mal y volverse insensible ¿Pero cuál es realmente la causa de ese debilitamiento, de esa oxidación del organismo que resultan de la monotonía? No se trata de un cansancio y un desgaste físico y químico fruto de las exigencias de la vida (pues para remediarlo bastaría con el reposo), sino más bien de algo espiritual: la conciencia del paso del tiempo, que, ante la monotonía ininterrumpida, corre el riesgo de perderse y que está tan estrechamente emparentada y ligada a la conciencia de la vida que cuando la una se debilita, es inevitable que la otra sufra también un considerable debilitamiento. Se han difundido muchas teorías erróneas sobre la naturaleza del hastío. En general se piensa que, cuando algo es nuevo e interesante, «hacer pasar el tiempo», es decir, lo abrevia, mientras que la monotonía y el vacío entorpecen su marcha y hacen que se estanque. No obstante, esto no es del todo exacto. Cierto es que la monotonía y el vacío pueden dar la sensación de estirar el momento, las horas de manera que se «hagan largas» y aburridas; pero no es menos cierto que, en el caso de grandes o grandísimas extensiones de tiempo, lo que hacen es abreviarlas, neutralizarlas hasta reducirlas a algo nimio. A la inversa, un acontecimiento novedoso e interesante es sin duda capaz de hacer más corta y fugaz una hora e incluso un día, pero, considerando el conjunto, confiere al paso del tiempo una mayor amplitud, peso y solidez, de manera que los años ricos en acontecimientos transcurren con mayor lentitud que los años pobres, vacíos y carentes de peso, que el viento barre y que pasan volando. Lo que llamamos hastío, pues, es consecuencia de la enfermiza sensación de brevedad del tiempo provocada por la monotonía. Los grandes períodos de tiempo, cuando transcurren con una monotonía ininterrumpida, llegan a encogerse en una medida que espanta mortalmente al espíritu. Cuando un día es igual que los demás, es como si todos ellos no fueran más que un único día; y una monotonía total convertiría hasta la vida más larga en un soplo que, sin querer, se llevaría el viento. La costumbre hace que la conciencia del tiempo se adormezca o, mejor dicho, quede anulada, y si los años de la niñez son vividos lentamente y luego el resto de la vida se desarrolla cada vez más deprisa y se acelera, también se debe a la costumbre. Sabemos perfectamente que introducir cambios y nuevas costumbres es el único medio del que disponemos para mantenernos vivos, para refrescar nuestra percepción del tiempo, en definitiva, para rejuvenecer, refortalecer y ralentizar nuestra experiencia del tiempo, y con ello, renovar nuestra conciencia de la vida en general.

Éste es el objetivo del cambio de aires o lugar, del viaje de recreo: la recuperación que permite lo episódico,la variación. Los primeros días de permanencia en un lugar nuevo transcurren a un ritmo juvenil, es decir, robusto y desahogado, y esta fase comprende unos seis u ocho días. Pero luego, en la medida en que uno se «adapta», comienza a sentir como se van acortando; quien aprecia la vida o, mejor aún, quien desea apreciarla, percibe con horror cómo los días se van haciendo ligeros y fugaces de nuevo, y la última semana —por ejemplo, de cuatro— posee una rapidez y fugacidad terribles. Evidentemente, el rejuvenecimiento de nuestra conciencia del tiempo se hace patente al salir otra vez de esta nueva rutina y se manifiesta cuando retomamos nuestra vida de siempre. Los primeros días en casa después de haber estado fuera nos parecen también nuevos, desahogados y juveniles, pero eso es sólo al principio, pues uno se acostumbra más deprisa a la regularidad que a su interrupción, y cuando nuestro sentido del tiempo ya está marcado por la edad, o —y esto es signo de una debilidad congénita— no ha estado nunca muy desarrollado, se vuelve a adormecer rápidamente y, al cabo de veinticuatro horas, es como si nunca nos hubiésemos marchado y el viaje no hubiese sido más que el sueño de una noche.

Hemos incluido aquí estas anotaciones porque el joven Hans Castorp barruntaba algo parecido cuando, al cabo de unos días, dijo a su primo (mirándole con los ojos enrojecidos): —Mira que es curioso que al principio el tiempo se nos haga tan largo en un lugar nuevo. Es decir... Bueno, no estoy insinuando en modo alguno que me aburra, todo Io contrario, me estoy divirtiendo muchísimo. Pero cuando miro hacia atrás, en retrospectiva, tengo la sensación de llevar aquí arriba quién sabe cuánto tiempo, y de que ha pasado toda una eternidad desde el día en que llegué y, de entrada, no me di cuenta de que ya había llegado, y tú me dijiste: «¿No vas a bajar?», ¿lo recuerdas? Esto no tiene nada que ver con las medidas objetivas ni con el sentido común; es pura cuestión de percepción. Naturalmente,sería estúpido decir: «Tengo la sensación de que llegué aquí hace dos meses». Eso no tendría sentido. No puedo decir más que «hace mucho tiempo».

—Sí contestó Joachim, con el termómetro en la boca—. Yo también me aprovecho de ello en cierto modo, puedo aferrarme a ti desde que estás aquí arriba.

Y Hans Castorp se rió de que Joachim hubiese dicho aquello sin más, sin mayor explicación.

(Mann, Thomas, “La montaña mágica”, Buenos Aires, Edhasa, 2011, Traducción de Isabel García Adánez)

(pp.148-153)

3 comentarios:

  1. Mierda, mi memoria es terrible. Voy a agarrarlo esta misma siesta gris. Un abrazo.

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  2. cuánta sabiduría, cuánta verdad. mil veces he pensado lo mismo, supongo que por eso viajar resulta mágico y necesario.

    gracias por traer a Mann

    un abrazo

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  3. Naturalmente, también yo subrayé un fragmento tan subyugante. La descripción de la naturaleza del hastío, la diferente percepción del paso del tiempo según cuál sea la situación en que uno se encuentre, la igualdad de los días, la fugacidad, el preciso análisis de cómo al iniciar una nueva experiencia, al “cambiar de aires”, hay un periodo en que el ritmo del tiempo adquiere otra consistencia… durante unos días tan solo. A partir de una edad, nada hay que nos fascine tanto como el paso del tiempo, el que ya ha pasado por la extraña rapidez con que lo ha hecho, el que queda por pasar porque algo nos dice que pasará más rápido aún.
    Un abrazo.

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