miércoles, 5 de junio de 2013

El bosque de la ficción



A medida que las dudas crecían, Tengo empezó a distanciarse de forma consciente del mundo de las matemáticas. Al mismo tiempo, empezó a sentirse cada vez más atraído por el bosque de la ficción. Leer novelas era, por supuesto, otro tipo de evasión. Cuando cerraba las páginas de un libro, tenía que regresar al mundo real. Sin embargo, un día se dio cuenta de que, cuando volvía a la realidad tras haber visitado el mundo de las novelas, no experimentaba esa dura frustración que sentía al volver del universo matemático. ¿A qué se debería? Reflexionó sobre ello y, en poco tiempo, llegó a una conclusión. En el bosque de la ficción, aunque las relaciones entre todas las cosas eran evidentes, nunca obtenía respuestas lógicas, a diferencia de lo que sucedía con las matemáticas. El papel de las historias de ficción era, grosso modo, presentar una cuestión bajo una forma distinta. Y dependiendo de las características y de la transformación que sufría aquella cuestión, la solución quedaba sugerida en la historia. Tengo atrapaba esa sugerencia y regresaba al mundo real. Era como un pedazo de papel en el que había escrito un conjuro incomprensible. Algunas veces resultaba incoherente y no tenía ninguna utilidad práctica inmediata. Pero albergaba una posibilidad. Quizás algún día pudiera descifrar el conjuro. Esa probabilidad lo iba reconfortando poco a poco, hasta lo más hondo del corazón.

Con el paso del tiempo, todo aquello que sugería la ficción había empezado a atraer más y más su interés. Las matemáticas seguían siendo para él un gran placer, incluso ahora que era un adulto. Cuando enseñaba matemáticas a los alumnos de la academia sentía, de manera natural, el mismo entusiasmo que había sentido de pequeño. Quería compartir con todos la alegría de esa libertad platónica. Era algo estupendo. Sin embargo, ahora a Tengo le resultaba imposible sumergirse en ese mundo regido por las fórmulas matemáticas sin ningún tipo de reserva, porque sabía que, por muy lejos que lo investigara, no encontraría las respuestas que en verdad buscaba.
(p.235)

Tras los diez días durante los cuales estuvo corrigiendo La crisálida de aire, Tengo dio por acabada la versión de la nueva obra y se la entregó a Komatsu, luego disfrutó de una temporada apacible como una bonanza. Dos veces por semana daba clases en la academia y quedaba con su novia. El resto del tiempo lo dedicaba a realizar las tareas domésticas, dando paseos o escribiendo su propia novela. Así pasó abril. Los cerezos se deshojaron, asomaron nuevos brotes, los magnolios florecieron y la estación dio paso a una nueva etapa. Los días transcurrían en orden, con normalidad, como si nada. Aquélla era, precisamente, la vida que Tengo deseaba: en la que una semana enlazaba con la siguiente de manera automática, sin interrupciones.

No obstante, se podía observar un cambio. Un cambio para mejor. Mientras escribía, Tengo se dio cuenta de que una nueva fuente había nacido en su interior. El agua no manaba precisamente a borbotones; era más bien un modesto manantial entre rocas. Pero aunque la cantidad fuese pequeña, el agua parecía brotar sin cesar. No había prisa. No había que precipitarse. Bastaba con esperar pacientemente a que el agua se acumulara en las cavidades de la roca. Una vez acumulada, se podría coger con las manos. El resto sólo era sentarse frente al escritorio y verter lo tomado en forma de texto. Así era como había progresado la historia, de manera espontánea.

Al concentrarse tantísimo en la corrección de la obra, probablemente había logrado apartar la roca que hasta entonces había obstruido la fuente. Tengo desconocía cómo había sido posible, pero, sin lugar a dudas, había sentido que «al final, aquella pesada tapa había cedido». Tenía la impresión de que su cuerpo se había aligerado, de que había salido de un lugar angosto y podía estirar las extremidades libremente. Tal vez la obra La crisálida de aire hubiera despertado algo latente en su interior.

Se dio cuenta de que dentro de él había surgido una especie de entusiasmo. Era algo que no recordaba haber experimentado muchas veces a lo largo de su vida. Ya se lo decían sus entrenadores y sus compañeros de judo en el instituto y la universidad: «Tienes cualidades, tienes fuerza y entrenas bien. Sin embargo, te falta entusiasmo». Quizá tuvieran razón. Era raro que a Tengo le pasara por la cabeza: «Quiero ganar tal cosa». Por eso muchas veces se había clasificado para las semifinales o la final, pero en el momento decisivo siempre había perdido. Era una tendencia que lo afectaba en todos los ámbitos de la vida, no sólo en el judo. Podría decirse que gastaba flema, que no lo daba todo. Lo mismo le ocurría con las novelas. Sus textos no estaban nada mal y podía crear historias bastante interesantes, pero carecía de la fuerza necesaria para, arriesgándose, apelar al corazón del lector. Al terminar de leer, uno se quedaba insatisfecho, como si faltara algo. Por eso siempre había llegado a la final, pero nunca se había llevado el premio. Era exactamente como Komatsu le había dicho.

Sin embargo, después de reescribir La crisálida de aire, Tengo sintió una especie de rabia que no había sentido en su vida. En el momento de corregir, se había entregado por completo a la tarea. Tan sólo movía las manos, sin pensar en nada. Sin embargo, cuando la terminó y se la entregó a Komatsu, lo asaltó una profunda impotencia. Una vez pasado ese sentimiento, una especie de ira lo invadió, procedente del fondo del estómago. Era ira hacia sí mismo. «Me he valido de la historia de otra persona para reescribirla, y eso equivale a un embaucamiento. Además lo he hecho con mayor entusiasmo que cuando escribo mi propia obra.» Tengo sintió vergüenza de sí mismo. «¿Acaso no saca el escritor una historia que late en su interior para expresarla con las palabras adecuadas? ¿Es que no te parece vergonzoso? Si realmente quisieras, tú también podrías escribir algo así. ¿O no?»

Pero tenía que demostrárselo.

Tengo decidió abandonar todas las obras que había escrito hasta entonces y escribir una nueva historia a partir de una hoja en blanco. Cerró los ojos y durante un buen rato prestó oído al reguero que manaba de la pequeña fuente en su interior. Al cabo de un tiempo, las palabras le vinieron de forma espontánea a la cabeza. Poco a poco, con el tiempo, fue componiendo un texto.
(pp.259-260)

Murakami, Haruki, “1Q84, Libros 1 y 2”, Buenos Aires, Tusquets Editores, febrero 2011.

1 comentario:

  1. Automáticamente se me viene a la cabeza una novela de Mcewan, Amsterdam. La dificultad de erigir la obra de arte o completarla.
    Leí el libro de Murakami y sin embargo creo que ya lo olvidé. Qué floja es mi memoria.
    Un abrazo.

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