sábado, 2 de junio de 2012

El fuego de los recuerdos

Cuando el presente se convierte en un enigma, la ficción se vuelca hacia el pasado en busca de respuestas. Este procedimiento, recurrente en muchos escritores, ha dotado a ciertas novelas de un valor singular; sobre todo, a las que se preguntan por hechos o personajes polémicos.
Un ejemplo de ello es El farmer, de Andrés Rivera, obra que cuenta un día en la vida de Juan Manuel de Rosas, exiliado y solitario en algún lugar de Escocia.  Esta novela histórica, como tantas otras, escoge como referente un personaje del pasado y lo ficcionaliza,  poniendo  en relieve los momentos más importantes en la vida del Restaurador.
Con una prosa concisa y demoledora, el autor de La revolución es un sueño eterno repasa la vida de Rosas, uno de los hombres más polémicos de la historia argentina. Para ello, imagina a un hombre viejo, abatido y mendicante, que recuerda con amargura los momentos más importantes de su existencia.
Mediante el uso de un monólogo frío, el ex gobernador de la Confederación Argentina  alimenta el fuego de su cabaña y de su memoria, evocando sus acciones. Conjuntamente con el paso de las horas, Rosas rememora aquellos hechos que han calado hondo en su espíritu. Así, recuerda su relación lasciva con Manuelita, la pasión por su amante María Eugenia Castro, Urquiza, el Almirante Brown, la traición de sus hombres de confianza, la Campaña del Desierto, etc.
Desde el comienzo, el autor nos plantea una atmósfera cargada de nostalgia y remembranzas:

¿Cómo es Buenos Aires, mi general?
Lluviosa como un recuerdo.

Junto al crepitar de las llamas, fluyen los recuerdos del Restaurador La temática del recuerdo no es nueva en la prosa latinoamericana. Silvia Molloy, en su artículo La autobiografía como historia: una estatua para la posteridad, plantea que desde sus orígenes, Hispanoamérica tiende a la reminiscencia y cita como ejemplos a Funes el memorioso, de Borges; Artemio Cruz, de Carlos Fuentes o Pedro Páramo, de Juan Rulfo. Por razones diferentes, todos ellos  recuerdan y hacen de sus recuerdos un relato vivo. Además, la autora agrega:

“Toda ficción es, claro está, recuerdo. La novelística hispanoamericana acepta esa condición general y elige destacarla poniendo de relieve, a menudo dentro del relato mismo, la figura del recordante. [...] En cierta medida, gracias a esos personajes que suelen acompañar sus recuerdos con una meditación fecunda, ya explícita, ya tácita, sobre el carácter elusivo de la propia memoria, buena parte de la ficción hispanoamericana adquiere su textura ricamente reflexiva.”[1]

En esa línea del recuerdo y los relatos reflexivos, se inscribe El farmer y su discurso crudo y sin concesiones. Colabora con ello un relato en primera persona, una suerte de autobiografía cruel dotada de un discurso íntimo y privado que resalta la figura de un Rosas abatido y melancólico.
A medida que el lector avanza en la lectura de la obra, la voz del personaje se torna dura, lapidaria, se alude a la cobardía incondicional de los argentinos, o a la traición de sus amigos que [...] Querían paz. Y la paz, para mis amigos, era la próspera y tranquila prosecución de sus negocios prósperos y tranquilos.
Con cada afirmación y cada sentencia, Rivera nos pregunta sobre nosotros y nuestra historia, pero por sobre todo, nos pregunta sobre un presente incierto y enigmático, como los últimos días del farmer – granjero, labrador, hacendado – en el frío invierno escocés.




Bibliografía Consultada:

·        Rivera, Andrés, “El farmer”, Buenos Aires, Alfaguara, 1996
·        Molloy, Silvia, “La autobiografía como historia, una estatua para la posteridad”, en “Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica, México, Tierra Firme, 1996
·        Jitrik, Noé, “Historia e imaginación literaria. Las posibilidades de un género, Bs. As, Biblos, 1995.



[1] Molloy, Silvia, “La autobiografía como historia, una estatua para la posteridad”, en “Acto de presencia. La escritura autobiográfica en Hispanoamérica, México, Tierra Firme, 1996

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