sábado, 2 de junio de 2012

El mundo es una metáfora

Un adolescente de quince años se escapa de su casa. Un hombre de sesenta, de facultades mentales disminuidas por causa de un extraño accidente, se dedica a encontrar gatos perdidos, gracias a su facultad de poder comunicarse con ellos.

Así comienza “Kafka en la orilla”, de Haruki Murakami, una novela que transita entre dos mundos paralelos que entrecruzan lo real con lo fantástico, pese a que la vida de ambos personajes no se cruzan en ningún momento.

En la novela encontramos sanguijuelas que llueven del cielo, logotipos publicitarios que cobran vida (uno de whisky  otro de pollo frito) que son una especie de nexos con el mundo que consideramos real. En lo personal, me recordó mucho al Cortázar de “Rayuela”, a Oliveira y sus búsquedas, a esa sensación de intentar hallar ese pasaje hacia “el otro lado”, como Talita  y el tablón tendido entre dos departamentos.

“Junto al mundo que habitamos existe otro mundo paralelo. Hasta cierto punto es posible penetrar en él y regresar después sano y salvo. Si prestas la debida atención”, se desliza en la novela.

Mientras los capítulos impares cuentan la vida de Kafka Tamura – nuestro adolescente – los pares se encargan de la vida de Nakata, su encuentro con Johnny Walker,  quien se escapa de la etiqueta de whisky y se dedica a matar gatos y quitarles sus almas. Nakata, que ama los gatos, lo asesina de varias puñaladas en el pecho y también debe huir de la ciudad.  Pronto nos enteramos que el hombre asesinado es el padre de Kafka Tamura y que, por razones diferentes, ambos personajes huyen del mismo hombre.

Así “Kafka en la orilla” desarrolla estas dos historias que nunca se cruzan pero que se comunican a lo largo de la novela. Estos mundos (el real y el fantástico) están impregnados de metáforas, frases y conversaciones sobre literatura, música y gatos, en donde es necesario “controlar que las cosas desempeñen su papel original y supervisar la correlación entre mundos distintos”.

La novela también desliza críticas mordaces al capitalismo: “Desde allí no se veía más que la parte trasera de la casa vecina. Un edificio miserable en grado sumo. Un edificio miserable habitado por personas míseras que tenían un trabajo mísero y llevaban una vida mísera. En cualquier ciudad hay un edificio así, olvidado por la fortuna. Charles Dickens hubiera podido extenderse diez páginas en su descripción. Las nubes que flotaban por encima parecían la borra polvorienta de una aspiradora que no se hubiera vaciado en años. O quizá, las múltiples contradicciones sociales surgidas de la tercera revolución industrial condensadas en formas diversas que flotaran en el cielo”.

O a nuestro tiempo:

“Que nosotros vayamos decayendo y perdiéndonos se debe a que el mecanismo del mundo, en sí mismo, se basa en la decadencia y en la pérdida. Y nuestra existencia no es más que la silueta de este principio. El viento sopla. Podrá ser un viento violento que asole los campos o una brisa agradable. Pero ambos irán perdiéndose, desapareciendo. El viento no tiene cuerpo. No es más que el término genérico del desplazamiento del aire. Tu aguzarás el oído. Entenderás la metáfora.”

“El mundo es una metáfora”, frase que se repite a lo largo de esta novela que versa sobre búsquedas, encuentros, mundos paralelos y sucesos inexplicables, pero que encuentran anclajes de donde asirse, como el conocimiento y una biblioteca muy especial: “El mundo es una metáfora, Kafka Tamura- me dice Ôshima al oído- Pero ¿sabes? Tanto para ti como para mí, esta biblioteca es lo único que no es la metáfora de nada”.

En síntesis, el texto te invita a mirar más allá de la realidad cotidiana y descartar a las “personas sin imaginación”, siendo éste un requisito indispensable para adentrarse en el universo Murakami de “Kafka en la orilla”, una novela sorprendente y gratificante.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Bienvenid@ a Ecos y matices, contame qué opinás