sábado, 2 de junio de 2012

El poncho (retazos de "La tierra plana")


Caía la noche y la tierra daba su veredicto. Los pájaros habían dejado de cantar y anunciaban la llegada del invasor. El cacique lo presentía desde hace días, era una de esas verdades que Gualichu le había dejado unas doce lunas atrás, cuando los huincas vinieron por él y no pudieron atraparlo.

Era cuestión de tiempo para que regresaran y la hora había llegado. El viejo hubiera deseado morir bajo la fusilería de los soldados y que todos hablaran de su arrojo y valentía, pero no pudo ser.

Tenía 70 años y era el último rebelde.

Ya sabía de las mentiras de los habladores y de las promesas de nuevas tierras que los huincas nunca cumplieron También que esta batalla estaba perdida y que la debacle había comenzado el día en que los invasores lograron dividirlos.

Quizás por eso se refugiaba en los brazos de la bisabuela.

El poncho, que ha pasado de generación en generación, cuenta que en las penumbras del toldo los cuerpos se encajaban con regocijo, amparados por un ambiente ocre y cálido que dejaba oír la felicidad del encuentro. También que la joven recorría con ternura la piel arrugada, las cicatrices profundas, lo prohibido bajo el chiripá. Pincén cerraba los ojos y la urgencia lo convertía en tigre.

Aquella noche, la última que estuvieron juntos, los cuerpos terminaron de celebrarse y el cacique le acarició el pelo, enredando sus dedos entre los mechones largos. Algo que también ha sido transmitido entre nosotros, como ya sabes.

"Hija, la bisabuela siempre sostuvo que oyó cuando él la depositó con cuidado en el cuero de vaca y la tapó con este poncho que quiero regalarte. También que lo vio tomar su mejor lanza y montar en su alazán, despedirse de la tribu con una mirada y partir en busca de su destino".

Nunca más lo vio, pero unas horas después la despertaron los disparos y vio entrar a los soldados en las tolderías. Y se aferró al poncho. Porque sabe a resistencia y despedida, a valentía y dignidad, como tu nombre. Porque el amor ronda entre sus fibras y si escuchás con atención, oirás el ruido de la llanura por las noches, una condición que sólo tienen los espíritus libres como vos, que esbozan una sonrisa cuando descubren los misterios del ocaso.

Me permito publicar algunos textos que no integraron la edición final de "La tierra plana", relatos que de una u otra manera fueron condimentando la creación de Pincén como uno de los personajes principales de una obra, en donde la rebeldía y las convicciones a ultranza, son una suerte de reivindicación de las luchas que sabemos perdidas, pero que, justamente, encuentran su dignidad y resistencia en no bajar los brazos.

La ilustración que acompaña esta entrada se llama "La vuelta del malón", de Angel Della Valle.

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