domingo, 30 de junio de 2013

El viaje


Volvió a saber de ella. De ese viaje que prometía torcer el destino. No importaba dónde, la intención era huir. Los dedos entrelazados, las miradas intensas, ese fulgor que no vio en nadie más.

Ya sobre el ómnibus viajaban en asientos diferentes. Él miraba el paisaje monótono, apenas quebrado por la elevación de los cerros en el horizonte. ¿O era todo plano? No importaba demasiado. Podía oírla en el asiento de enfrente, escuchando con atención a la pequeña que le contaba sobre princesas y tiranos, dragones y bellos salvadores que la rescatarían de un mundo despiadado.

Adivinó su sonrisa, el torbellino de pensamientos que buscaban las palabras para advertirle a la pequeña que desconfiara de las princesas, que por una de ellas muchas sufrían en el camino y que la belleza conocía de otros caminos.

Oyó el cierre de la mochila y vio la libreta, el lápiz, el dibujito que trazó en unos segundos y le regaló a la niña que era reclamada por su madre, en la fila de adelante.

Entonces sus miradas se cruzaron. Él supo que amor cabía en esas pupilas y que podría estar horas recorriendo la geografía de su piel. Ella sonrió. Él atravesó el pasillo y se sentó a su lado. Le tomó la mano: los dedos entrelazados, la sonrisa nerviosa como previa ineludible.

El maullido de "Esperanto" lo despertó. Sentado en su pecho lo observaba fijo con sus pupilas enormes. No ronroneaba, lo que significaba que estaba urgido de otros menesteres. "No entiendo por qué no te gustan las piedritas sanitarias", le reprochó.


La luna exuberante y luminosa se derramó por la habitación. Entonces percibió el puño cerrado y sintió la textura extraña. Abrió la mano y el dibujito trazado a la pequeña se reveló antes sus ojos.

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