viernes, 21 de junio de 2013

Invierno



"...En la tierra del llano el invierno llega con crudeza. Se resiste con toldos calientes y cuerpos abrazados que ignoran la helada silenciosa, ese soplido de Gualichu que ronda entre las sombras y deja los campos blancos con su aliento ladino.

Los días se acortan y son largos para el amor, el mate, las palabras. Cuentan los decidores que cuando todos duermen, los espíritus guerreros salen de la tierra y protegen a los indios de los malos fríos y la oscuridad, iluminándolos desde lo alto con fulgores azules, rojos y amarillos.

No sólo cuentan, también enseñan. Sentados alrededor del fuego, los viejos transmiten sus vivencias, repiten una ceremonia sin memoria para memoria de todos y entre el humo de las pipas recuerdan a sus guerreros: el de mirada de lechuza, agilidad de puma, el más valiente, el más feroz, el de paso de ñandú, hombres distintos que fueron respetados por la tribu.

Así se vive el frío y la lluvia. Hasta que los días se estiran y renace la vida en los campos. Los árboles renuevan sus colores, el ocre se vuelve verde y anuncia la llegada de los malones, de volver a tierra huinca por animales y no morir de hambre.

Para recuperar la destreza dormida se organizan cacerías de ñandúes o carreras con dos o tres pingos, probando la habilidad de los indios para cambiar de montura en un galope indómito. A veces Gualichu hace una travesura y en medio de un tremedal de cascos pisoteando los pastos altos, un caballo tropieza con una vizcachera y el jinete muere aplastado por el resto de sus compañeros. Son los embrujos de la tierra del llano, un terreno infinito, letal, de crepúsculos de ensueño y sangre cuando nacen los días largos de malones y guerra.

Con el florecimiento de los árboles los caciques mandan a los bomberos a tierra huinca. Los espías darán cuenta de las novedades en los campos, de la cantidad de animales de pastoreo, las estancias más desguarnecidas y caseríos con menos vigilancia. En su memoria trazarán el recorrido de la indiada, la posible retirada en caso de un convite mentiroso y el terreno ideal para la batalla, último escenario posible y tarea para los conas más osados que protegerán el arreo de animales y la huida presurosa.


La suerte de la correría trazará el camino a seguir: si ha sido exitosa volverán a su tierra y disfrutarán del botín. Si no, se planeará otro malón, se planea desde que los huincas piensan como indios y cuesta sangre la vuelta a casa..."

(Fragmento del capítulo 6, "Lelvun Mapu", "La tierra plana", iRojo Editores, 2007,2010)

1 comentario:

  1. Amo cuando renace el campo, aunque a decir verdad el verano no me sea muy grato, tampoco el invierno, prefiero el otoño (y no por romántica)
    Tengo una amiga que se casó hace poco con un señor del campo y cuando regresó de me dijo que le había dado empanada de ñandú, ahí decidí que no la iría a visitar.
    Pienso que las tradiciones alimentan a las almas y que una vez finalizadas éstas sienten el regocijo que a otros ojos puede resultar vano. No sé, no te doy más cháchara.
    Un abrazo

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