sábado, 2 de junio de 2012

Kafka en la orilla

Estoy leyendo a Haruki Murakami y su “Kafka en la orilla”, un libro más que interesante. La obra comienza, por un lado, con un adolescente que se escapa de su casa (por no llevarse del todo bien con su padre) y cuenta por el otro, la vida de un hombre que tuvo un extraño incidente en la época de la Segunda Guerra Mundial y no puede comunicarse con nadie, salvo con los gatos.

La narración crece en interés mientras desarrolla sus vidas que – supongo – se cruzarán en algún momento. O no. Cuando lo termine les cuento. Lo cierto es Kafka Tamura – nuestro adolescente –  llega en su huida hasta una biblioteca en el sur de Japón y allí parece encontrar su lugar en el mundo, donde conoce a Óshima, el recepcionista de la biblioteca con el que entabla una gran amistad que desliza reflexiones como estas:

… En cuanto a la felicidad, sólo existe de un tipo, pero si hablamos de infortunios, los hay de mil tipos distintos. Tal como dijo Tolstoi, la felicidad es una alegoría, la desdicha, una historia”.

O ésta otra:

“… Sólo que ya estoy más que harto de la gente sin imaginación. De este tipo de gente que T.S. Eliot llama “hombres huecos”. Personas que suplen su falta de imaginación, esa parte vacía, con filfa insensible y que va por el mundo sin percatarse de ello. Personas que intentan imponer a la fuerza a los demás esa insensibilidad soltando, una tras otra, palabras huecas…
… Sujetos estrechos de miras, intolerantes y sin imaginación. Tesis desconectadas de la realidad, terminología vacía, ideales usurpados, sistemas inflexibles. Son estas cosas las que a mí, realmente, me dan miedo. Son estas cosas las que yo temo y odio con todo mi corazón. Es importante saber qué es correcto y qué no lo es, por supuesto. Sin embargo, los errores de juicios personales, pueden corregirse en la mayoría de los casos. Si uno tiene la valentía de reconocer su error, las cosas, generalmente, se pueden arreglar. Pero la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación, son igual que parásitos. Provoca cambios en el cuerpo que les acoge y, mudando de forma, se reproducen hasta el infinito. Y eso no hay manera de detenerlo. Y yo, semejantes sujetos, no quiero que entren aquí. – Oshima señala las estanterías con la punta del lápiz. Se refería, por supuesto, a la totalidad de la biblioteca-. Yo no puedo tomarme a risa a gente como ésa”.

No sé cómo terminará esta novela, quizás no importa tanto. Pero a mí también me preocupa eso de la estrechez de miras y la intolerancia de la gente sin imaginación. Hay innumerables ejemplos, solo basta citar a los nuevos ricos que son idolatrados por la tevé vernácula que exalta  su ostentación y piden a gritos – por supuesto – una baja en la imputabilidad de edad para combatir el delito.

Perdón si aludo a la realidad cotidiana, pero coincido con aquello de Osvaldo Bayer de la realidad como premisa, “de que toda la literatura que yo escribo es realidad. Porque yo he visto que la realidad – y vuelvo a repetir algo que he es muy repetido pero lo repito – la realidad tiene mucho más fantasía que cualquier fantasía, y eso lo he notado”, contaba  en una entrevista realizada en el año 2004, en Buenos Aires.

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