domingo, 7 de julio de 2013

Botella rota



Lo vi trastabillarse en el medio de la calle. Hacía lo posible por mantenerse en pie. La barba entrecana, los ojos vidriosos. No me reconoció. No tenía por qué, aunque yo recordara bien su nombre: Silverio.

Nos habíamos topado en una noche de mujeres anónimas que nos ignoraron por completo. El precio de la soledad: aliviar las carencias con algo de compañía, aunque fuesen pagas y el sitio estuviese atiborrado de excluidos que te contaban tu vida por un vaso de vino barato.


Como el mío.

Aquella vez Silverio me habló de su provincia. Del sonido del agua en la acequia, en sintonía con las hojas y el aroma de los álamos en horas de siesta, que le recordaban a los muslos de Pamela. "Éramos felices, cómo no. Y jóvenes cuando decidimos probar suerte acá".

En los primeros meses, no hubo besos con pan que no combatieran las adversidades. Pero las changas comenzaron a escasear y la malaria fue tan grande que hasta el Presidente tuvo que escaparse en helicóptero y arrastrar muertos, entre piedrazos contra la policía y balas de goma que en el trayecto se transformaban en plomo y silenciaban muchas vidas.

"La Pamela cayó a mi lado", dijo. "Una locura total, un mal sueño: el Congreso al fondo, el asfalto lleno de sangre. Me morí un poco ese día", afirmó. "Más de una vez pensé en volverme a Mendoza. ¿Pero a qué? Además, no podía dejarla sola acá. ¿Quién le llevaría flores, no le parece?", me dijo aquella noche en donde su necesidad de contar era más importante que saber mi nombre.

Asentí y bebimos en silencio. La fonda, que con el correr de la noche se transformó en un garito clandestino con todo tipo de ofertas, fue mudando de máscaras y risas, mientras seguíamos sentados con los vasos siempre llenos.

Después de aquella noche, no lo vi durante algún tiempo. En algún momento temí que su presencia haya sido producto de la desesperada y atroz necesidad de no sentirme solo. Hasta que me lo crucé en otra mañana de invierno. Iba vestido de blanco, con un mameluco salpicado de rojo. "Cómo andás, pibe. Conseguí una changa en un frigorífico. Te dejo porque llego tarde", dijo a modo de saludo. Parecía contento.

Volví a perderle el rastro por unos meses y cada vez que pasaba por el Congreso me acordaba de su relato. Anhelaba que hubiese dejado el dolor atrás y me aferraba a esa idea, como solemos hacerlo a la esperanza. Hasta que me lo topé hoy en la calle, tambaleante, la mirada perdida, gesticulando y saludando a los automovilistas con los ojos vidriosos.

Apenas podía ponerse en pie y desoía los bocinazos e insultos. Detuve mi caminata y me acerqué hasta él. "Silverio", le dije. Intenté correrlo a la vereda y me empujó: "no me jodas", musitó.

Los automovilistas nos insultaban y algunos curiosos se agolpaban en la vereda. Silverio olía a exclusión. A muerto en vida, a pestilencia y tetrabrik. Me abrazó y rodamos por el suelo, mientras en la vereda la gente se agolpaba para presenciar un sainete morboso.

Sentí la frenada, vi el resplandor azul y el retumbar de las botas. Pensé en Darío y Maxi, asesinados hace escasos días y temí por nosotros. ¿Es amigo tuyo?", preguntó el mastodonte. "Lo conozco", respondí mientras intentaba levantarlo.

El frío tajeaba la piel y el viento movía algunas hojas. Por alguna razón, ese murmullo hizo que Silverio quisiera ponerse de pie. "Pamela", oí mientras él caía de bruces contra el asfalto y su cabeza sonaba a botella rota y final anunciado.


“Mierda, me vas a tener que acompañar”, dijo el policía y llamó a la ambulancia.

2 comentarios:

  1. Fuerte el relato Horacio, a veces pienso en las familias de Darío y Maxi, en el vacío que queda, en la impotencia, en el tiempo que pasa, en los ideales.
    Buen final, abierto a tu suerte.
    Un beso

    ResponderEliminar
  2. Estremecedor. Cuántas miles de historias anónimas circulan debajo de toda la tragedia... Un abrazo.

    ResponderEliminar

Bienvenid@ a Ecos y matices, contame qué opinás