jueves, 25 de julio de 2013

El lenguaje de los gatos





Entonces una tarde fuimos en ómnibus a la Sociedad Protectora de Animales y encontramos al Negro.

Había muchos gatos y perros y gente que los miraba y hablaba. Daban lástima, ahí encerrados esperando que alguien viniera a buscarlos. Yo hubiera querido llevármelos a todos, perros y gatos, pero tenía razón mi mamá cuando me dijo que no había lugar en casa para todo el mundo. Nuestro departamento era muy chiquito y hubiera sido un lío tenerlos a todos sobre la cama, sobre el ropero, en la bañadera y hasta en los cajones de los armarios.

Así que estuvimos mirando hasta que vi al Negro. Estaba sobre un tronco largo que atravesaba la jaula, echado,con la mirada distante como si soñara. No bien lo vi con esos ojos redondos como cacerolas y esos bigotes largos como cañas de pescar, me pareció que lo conocía de toda la vida. Me dije que a Pulqui le gustaría que le lleváramos un amigo así. Lo llamé a través del alambre, mish, mish, mish,mish, mish, y tardó un rato en mover la cabeza y mirarme como diciendo: “Callate, no hagas el ridículo ¿querés?” De modo que cerré la boca, sonreí, lo señalé con el dedo y le dije a mi papá:

—Ese todo negro, llevemos ese que tiene cara de zonzo.

Lo traté de zonzo a propósito, como para que viera que no me iba a impresionar con su mirada de arrogancia. Yo los conozco muy bien a los gatos, que como se saben gráciles y hermosos quieren impresionar a la gente con la indiferencia y la coquetería. En el fondo son unos tímidos holgazanes que no saben vivir solos como los leones, o los elefantes, o los pájaros.

Nos lo entregaron en una caja de cartón a la que sólo le faltaba el moño. Como los franceses son muy prolijos, nos dieron su cédula de identidad en la que figuraba su nombre que ya no recuerdo y que él no respondía. También su certificado de vacuna y un papelito que decía que lo habían encontrado perdido en la calle y que tenía seis meses de edad.

Mientras íbamos en el taxi hice la cuenta: estábamos en junio, y si el Negro -yo ya lo llamaba así- tenía seis meses quería decir que había nacido, como yo, en enero. Decidí, entonces, que cumpliéramos años el mismo día. De esa manera, cuando mis papás me hicieran la fiesta de cumpleaños yo tendría que invitarlo a soplar conmigo las velas de la torta y hacerle un regalo como para un gato.

En poco tiempo de juegos y miradas que valían más que palabras, me di cuenta de que el Negro tenía un carácter calmo, distante, rudo cuando se lo molestaba, aunque nunca llegó a ser grosero. Cuando venían visitas, por ejemplo, echaba una mirada a la gente y si advertía que iban a hablar de cosas aburridas me miraba y con los ojos me decía: “Vámosnos a otra pieza, que estos son unos plomos”. Y nos íbamos a jugar o a charlar a otro lado.

Yo no hablaba con él como hacían los otros chicos, o como mi papá y mi mamá. Nos bastaban gestos, guiños, miradas, movimientos de la cabeza. A veces agregábamos una palabra o un maullido para subrayar, pero en general no hacía falta. Los gatos tienen un lenguaje que no comprenden quienes no aceptan el misterio.


(Soriano, Osvaldo, “El negro de París”, Buenos Aires, Seix Barral 2007, segunda edición, pp.14-20)

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