sábado, 13 de julio de 2013

La espesura del recuerdo


Era el inicio de una tarde diferente. Él arrastraba el aire del regreso y su mirada contenía experiencia, viajes, mundo en una palabra. Estaba más aplomado y gozaba de una madurez serena, la que te brinda conocer otras realidades.

Los amigos se fueron yendo y quedamos solos. Ya habíamos tenido un par de cruces de miradas, de esas que dicen “quedate, tenemos que hablar”. Nos conocíamos lo suficiente para entendernos, pese a que hacía tiempo que no nos veíamos.

En ese periodo, en que nos habíamos extrañado lo suficiente para saber cuánto nos necesitábamos, cada uno había seguido su rumbo. Yo presentía que la casa encogía los sueños y él se había dado cuenta que poco había cambiado en la tierra plana, en donde la tierra se junta con el cielo en el horizonte y unas nubes plomizas forman una bruma misteriosa, de palabras y secretos, de voces y silencios, de recuerdos espesos, como el de estas líneas.

Como decía, nos quedamos solos y afloraron las palabras. Es una verdad de perogrullo, pero es cierto que las distancias las pone uno. Mi amigo volvía de una experiencia maravillosa y lejana, de un mundo que nosotros pensábamos como posible, que ya tenía sus vicios y críticas pero se defendía a capa y espada, ante tanto neoliberalismo que reinaba en la Argentina, con un presidente bailando con odaliscas, conduciendo una Ferrari y reinando para sus cortesanos.

En eso apareció una botella, dos vasos anchos y un par de hielos. El sabor del buen ron se te amoldaba a la boca, podías sentir las vetas de madera en el paladar, esa sensación placentera que sólo te da una buena bebida. Y nos pusimos a conversar y cuando digo conversar no me refiero al fútbol, mujeres, política (que no son temas menores) sino a hablar de lo que nos pasaba, de cómo estaba cada uno en ese momento.

Fue una tarde clara, en compañía de unos vinilos de Santiago Feliú y la botella de ron. Desperté con este recuerdo y podría ahondar en su espesura, en las sombras que caían tras la ventana, y la llanura de fondo, casi en los suburbios de la ciudad.

Y esa imagen, de frontera imprecisa, de lugar a punto de estallar, de arrabal borgeano por qué no, apareció en mi mente esta mañana. Y me pareció interesante compartirla. “No es la exactitud de las fechas lo que busco. Es el espesor del recuerdo lo que me importa, esa cualidad de las imágenes que se extiende como una emulsión hasta cubrirlo todo, incluso las fechas inexactas, incluso las mentiras”, escribe Betina González en “Arte menor”, una excelente novela.

Y la espesura de este recuerdo amenaza con quedarse conmigo. Quizás lo mejor sea sumergir el día en una botella de ron y dejarse llevar. Despojarse de cierta melancolía en una suerte de apología insensata sobre la bebida. Eso sí, un poco más de hielo para mí por favor, mientras voy por los cubitos y algo de Santiago Feliú.

1 comentario:

  1. Entre Betina y vos, me hacen acordar ahora de Saer, en esa bùsqueda minuciosa en el pasado, en el recuerdo, en esa forma de hurgar casi con saña en el detalle. Un abrazo.

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