domingo, 4 de agosto de 2013

El asiento vacío



El recital de Adele en un plasma reluciente lo recibió al subirse al ómnibus. Se desabrochó la campera, el calor era sofocante. La cantante británica dialogaba con un público en un idioma que no terminaba de serle propio, pese a las clases intensivas  y las teleconferencias en la empresa.

Miró el número de su asiento y se acomodó: en el pasillo, para estirar los pies. Decidió arrojar su bolso al costado, en la plaza vacía. “Es el 13, seguro que viajaré solo”, reflexionó, seguro de su razonamiento. Estaba acostumbrado a no equivocarse. Era la diferencia entre los exitosos y  los mediocres que le rodeaban.



Pasaron las primeras ciudades y seguía en soledad. Hasta que la vio. Vestida de negro, como no podía ser de otra manera. La piel muy blanca y unos ojos que en la penumbra le parecieron grises. Un estuche oblongo en mano y piercing en los labios. Se detuvo frente a él y preguntó:

–¿El trece?

La miró entre el fastidio y la sorpresa.

–Así es –contestó mientras tomaba su bolso y se ponía de pie para darle el paso.

Ella lo ignoró y acomodó sus veintitantos años en el asiento, dejando un perfume de almendras tras de sí. En el plasma, Adele cantaba “Someone like you”, en una versión lacrimógena que acentuaba su malhumor y ascendía con la certeza de que no viajaría solo.  Sabía que debía callarse, pero su fastidio pudo más y preguntó:

–Qué raro, nadie toma este asiento.

–Depende, la superstición hace tiempo que pasó de moda –dijo ella con una sonrisa con dientes perfectos.

–Pero mirá que viajo siempre. Y cuando no consigo asiento individual, pido el doce–respondió.

–Quizás soy una aparición. O un mal sueño –replicó la joven.

–Ah, encima me tomás el pelo.

Ella miró por la ventanilla, como buscando algo.

–O algo peor: el aviso de lo que vendrá.

–Lo que vendrá… ¿a qué te referís?

–Vamos, me vas a decir que no te diste cuenta.

–No entiendo…

– ¿No te parezco extraña? Sombría, enfundada en negro…

Él sonrió. Una piba inteligente que se burlaba de sus prejuicios. –Y mirá, si  no fuera porque sos muy linda -y a riesgo de que me hagas un demanda por acoso- sería imposible pensar que me podés hacer daño.

–¿Por qué no tengo guadaña ni soy huesuda? –respondió mirándolo fijo.

La mirada lo estremeció. –Probablemente. Sí.

–Te lo dije: la superstición pasó de moda. Y me he vuelto demasiado sentimental –agregó. –La buena noticia es que todavía no es tu hora.

–Dale, no te burles, soy demasiado grande. Podría ser tu papá. ¿Adónde viajás?

–No lo hago –sentenció, mientras en el plasma los créditos del recital dieron paso a una pantalla azul. Miró de nuevo a su costado y divisó su bolso en la plaza vacía, un instante antes de que el ómnibus se transformara en una coctelera y comenzara a dar tumbos y tumbos hasta que todo se volvió negro.

Un pitido. Dos. Tres. Abrió los ojos y la luz tenue de la habitación le arañó los ojos. Vio las sondas, el pie en alto y la cara de una enfermera que lo recibía con una sonrisa. Quiso devolver el gesto y no pudo, mientras el perfume de almendras lo invadía por un instante, para mimetizarse con el olor de la asepsia hospitalaria.

3 comentarios:

  1. uy! yo siempre que viajo pido el N°13 de asiento jajaja
    y nunca voy sola, pues siempre hay alguien que se sienta al lado

    abrazos

    ResponderEliminar
  2. Muuuuy pero muy bueno!!! Me encanto!!

    ResponderEliminar
  3. Hasta la muerte adapta su imagen a los nuevos tiempos.
    Por cierto, por como la describes, salvo por el piercing, podría haber sido yo hace no tantos años.

    Muy bueno el relato

    Un beso

    ResponderEliminar

Bienvenid@ a Ecos y matices, contame qué opinás