domingo, 25 de agosto de 2013

Tome y traiga


Pintura: Vincent Van Gogh. 
Oil on Canvas. Saint-Rémy, France: February, 1890. The Art Institute of Chicago.


El desaliento todavía me pesaba sobre los hombros. Leí “Tome y traiga” y no pude evitar una sonrisa, era un buen nombre para un bar. Los goznes de la puerta chirriaron desganados pero ningún parroquiano se dio vuelta para verme. Una atmósfera de encierro y resignación rondaba en el ambiente y acompañaba las voces en sordina que se fundían con el humo de los cigarrillos. Llegué a la barra y me di cuenta de que todavía llevaba las flores en la mano.



El viejo tenía todas las arrugas encima. De pelo crespo, tez morena y ojos de incendiario, chupaba una pipa apagada. Un enorme gato negro movía la cola bruscamente y me estudiaba desde sus óvalos amarillos.
—Quiero algo fuerte –dije.
El barman me miró unos segundos y rascó la cabeza del gato.
—Mire amigo, aquí hay una regla. Para beber, debe traernos una historia. Disculpe, le mentí, hay dos reglas: La otra es que yo sirvo lo que quiero.
Lo miré arrugando el entrecejo —¿Me está tomando el pelo? —dije levantando la voz. Algunos murmullos se acallaron.
—Para nada. Si no le gusta, se va —agregó mientras me daba la espalda y pugnaba por alcanzar una botella de ron. Unas sillas se corrieron. De reojo vi a dos mastodontes que me rodeaban sin ningún disimulo. Uno pasó a mi lado y le alcanzó la botella al viejo. “Tome, padre”, oí. El otro se acodó a mi lado, tomó el vasito y lo golpeó dos veces contra la barra. A los pocos segundos, estaba lleno de ron. Lo bebió de un sorbo y me miró con desprecio.
Devolví la mirada y la tensión se elevó en el bar. Tenía la boca reseca cuando le dije al viejo:
—Me enamoré de una mujer.
El lugar quedó en silencio. El tipo puso cara de interrogante y me sirvió una copa. Volvió a estudiarme mientras optaba por una medida de ginebra. Yo bebí mi ron con urgencia, rogando por otro con la mirada. El viejo condescendió y empecé a buscar las palabras entre el humo de los cigarrillos y la claridad de mis recuerdos.
—Por su cara, creo que sabe que es inexplicable. Nos enamoramos de una mirada, un gesto imperceptible para los demás, una sonrisa, hasta una falta si quiere. Lo concreto es que no pude evitarlo, ¿Cómo si pudiéramos, No?
Un silencio expectante se interpuso entre todos. El viejo me sirvió otra copa y apoyó una mano sobre la barbilla. Sentí o creí sentir un gesto de aprobación en su mirada.
—Antes de continuar debo confesarle que esto es muy difícil para mí. Soy un hombre retraído, un ser que nadie mira, un perdedor agregarían los cultores del éxito fácil. Se imaginará entonces que tamaña audiencia es abrumadora, pero espero que las palabras alivien la pena y echen un manto de piedad sobre mi infortunio.
Hice una pausa y agregué:
—Debí haberme dado cuenta que ella no era para mí. Pero uno no se da cuenta de esas cosas, hasta que la realidad…y a propósito de realidad, ¿Cuánto hace que no pinta este bar?
El viejo me miró. Uno de los mastodontes a mi lado resopló con fastidio.
—Sabe, debí percibirlo. Ella era una sílfide, “la mujer de los sobornos y las recompensas” de Henry James, alguien que no se fijaría en un simple mortal como yo.
Desde que la vi, aquí enfrente, me inventé un personaje. Este sombrío traje, la absurda espera en el portal de hierro, la vana esperanza de que me dirigiera una mirada. Ah, debo felicitarlo, la verdad que la ubicación del bar es perfecta. Irónica, por cierto. Pero perfecta, ¿quizá por eso no lo pinta, No?. Pero debe reconocerme que un tono claro reavivaría el lugar. Ya la vista es mala si miramos por los ventanales.
Como le decía, la chica llegaba todas las mañanas con el pelo recogido y un donaire a prueba de incautos. Yo la esperaba en la acera fingiendo ser alguien que no era, buscaba entablar una conversación pero enmudecía al verla. No haga esa mueca, demasiado tengo con mi cobardía.
Hoy, luego de una semana de paciente vigilancia, donde mi osadía llegó hasta casi cruzarme en su camino, decidí comprar las flores. No me mire así, sé que es cursi, que no tiene originalidad ni es innovador. Pero eché mano a lo que tenía cerca y ahí estaba la florería.
¿Alguna vez cruzó la calle? Cruzar la calle es cruzar una línea. Olvídese de lo que le sugerí sobre el bar. Excepto la mano de pintura, éste es el sitio indicado. Y espero que lo que tomo no sea tan caro como lo que traigo.
Como era previsible, ella pasó a mi lado mientras mi brazo extendido le entregaba las flores al vacío. No me pregunte de dónde, pero esta vez tomé coraje y la seguí. Se escabulló entre recovecos y pasillos húmedos y dobló en un recodo. Cuando llegue hasta ahí, había desaparecido. ¿Cómo era posible si no había sitios dónde ocultarse? Delante de mí el paisaje era monótono, los muros circundantes en la lejanía, frases similares alrededor, flores marchitas, el olvido en su máxima expresión.
Hasta que me di cuenta —dije con voz trémula— Sí había dónde esconderse, podía ser cualquiera. Comprendí que no tenía más remedio que buscarla y mientras recorría el sitio apremiado por una certeza inquietante, las sombras de los eucaliptos y el acorde de sus ramas oscilaban con mi desconcierto. La busqué entre losas y mármoles, hasta me animé a entrar en algunos panteones.
Debo reconocer que el cementerio tiene una belleza clásica, un garbo creciente de meditación y silencio, de tranquilidad luenga. De pronto me topé con ella, bueno, con su lápida.
La foto tenía una sonrisa clara, de alguien que no tenía por qué haberse muerto tan joven, pero así es el mundo. Por eso supongo que sale de ronda por las noches, deducción que agradezco al ron y a mi absurdo relato. ¿No me cree? Se imaginará que no me importa demasiado.


Tomé las flores y se las di al mastodonte.


—Ponelas en agua o tiralas, da lo mismo —dije y amagué a pagar.
El viejo me detuvo con la palma extendida. —Corre por cuenta de la casa —dijo.
Agradecí con un movimiento de cabeza, rechacé la mirada de conmiseración y dejé a los hombres acodados en el mostrador. Tuve el presentimiento que no era la primera vez que escuchaban una historia así, pero no quise saberlo.
Era media mañana cuando el portal del cementerio recibía el fruto de un nuevo entierro. Me abroché el saco y enfundé las manos en los bolsillos, hacía demasiado frío para vagar por la ciudad.


Este cuento integra la antología narrativa, “La murga fabulario”, editado por Colisión Libros en el presente año.

4 comentarios:

  1. Estoy un poco perdido -más que perdido, silenciado- y debiendo visitas, Don Horacio; pero me alegro de haberme acercado hoy y así poder dejarte la enhorabuena por el cuento y su publicación.

    Un abrazo,

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  2. En esos bares se cuecen los mejores relatos... Un abrazo.

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  3. Llevo días buscando un tiempo para visitarte como mereces, con calma para leerte y disfrutarte.
    Después de esta historia, te ofrezco no un ron, sino todos los que quieras, porque lo ameritan.

    Un beso grande (sigo con las historias más recientes)

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  4. Horacio, sigo las huella que me dejaste hace tiempo, muy despistada no las vi hasta ahora, gracias por tu comentario y por tu visita.

    Te sigo y me quedo leyendo.

    Un beso

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