domingo, 1 de septiembre de 2013

La Dorita III




La Dorita III

Vio el frasco sobre la mesa. La radio seguía con su estática, interrumpida por el pitido del móvil. “Ma, sí”, pensó. Tomó el regalo del pibe y fue a la panadería.
La mañana languidecía y un cielo plomizo se asomaba en el horizonte, en una planicie que se extendía hasta lo imposible y juntaba las nubes con la tierra en una duermevela confusa, de espanto y silencio.
La Dorita atendía a las vecinas del barrio. La vio, el guardapolvo cuadriculado y ese botón que se le soltaba en el inicio del escote y el deseo.
—Hola, Martínez. ¿Qué necesita?
Cruzaron miradas y él miró su frasco con almendras azucaradas.
—¿Leyó a García Márquez?
—¿A quién?
—Es un escritor, creo que no es de acá.
—Mire, Martínez, lo último que leí, fue la receta que le llevé al farmacéutico. A propósito, con los precios de los remedios, entiendo por qué la gente se muere.
Él sonrió.
—Bueno, dígame qué quiere.
Tome, son para usted.
—¿Para mí? ¿Por qué?
Sintió la transpiración en la palma de la mano. Era ahora o nunca.
—En realidad... fue idea del pibe, de Vicente.
—¿El opa? Usted también, ¿Por qué le hace caso? Es un amor, pero está loco de remate.
—No crea, ¿eh?
—Bueno, basta dígame a qué vino. Y por qué me va a regalar esas almendras? Ni siquiera sabe si me gustan.
—No me diga que no le gustan...
Ella lo miró: vio el miedo en sus ojos.
—Bueno... sí me gustan. Pero todavía no me dijo por qué me las regala.
—Porque tienen azúcar, desengualichan a los amores contrariados... Algo así dice el colombiano éste que le nombré... O Vicente, ya no sé...
—Oiga. ¿me está invitando a salir?
—Bueno, si lo quiere ver así... Sí.
—¿Y por qué no lo dijo antes? Mire que es complicado, eh? —dijo con una sonrisa. De pronto, la campanilla de la puerta se movió y entró Rosinda, la solterona, que le echó un vistazo al frasco y otro a la Dorita, frunciendo el ceño.
—¿Qué desea, Doña? —preguntó la panadera con una sonrisa.
—Lo de siempre —ladró— ¿Pero no estaba éste?
—Él puede esperar —contestó.
Martínez bajó la vista, tentado de hacer estallar el frasco en la cabeza de la vieja. Pero se contuvo, al fin y al cabo, las almendras eran su salvación.
—¿Y usté? No tiene que estar patrullando las calles?
—¿Qué? ¿Le pasó algo?
—Los pendejos esos... manoseándose detrás de mi paredón... anoche.
—Acá tiene su pan, Doña —interrumpió ella. La anciana pagó, tomó el paquete con cierta brusquedad y se retiró del negocio.
—¿Y?
—¿Y qué? —preguntó Martínez.
—¿Me va a convidar una almendra?
El oficial abrió el frasco y le convidó una. Ella lo miró y cierto resplandor le brilló en la mirada. —Exquisitas...
—¿Vio? Tenía razón el pibe...
—Cierro en un rato. ¿Nos vemos en la plaza?

—Allí la espero —contestó y supo que tocaba el cielo con las manos.  

Si te interesa, La Dorita II, está acá y la I, en este enlace

3 comentarios:

  1. el vértigo de la conquista y el premio esperado
    de seguro Martínez anotará muchos puntos a su target
    ;)


    abrazos y buena semana Horacio

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  2. ¡Qué bueno, Horacio, qué bueno! ¡Cómo me gusta recuperar la textura de ese lenguaje!.

    Por lo demás, estoy con Elisa. :)))

    Un abrazo,

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  3. Es delicioso el texto. Lo leí el domingo, aunque hasta hoy no he podido comentarte (inconvenientes de leer en el celular). Comencé por este capítulo y tuve que devorar sin espera los dos primeros. Es una de esas historias, por sí misma pero sobre todo por el modo en que la relatas, que te atrapan. Estoy deseando leer más.

    Un fuerte abrazo

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