miércoles, 25 de septiembre de 2013

La isla misteriosa



Me acuerdo cuando me regalaron esa obra. Ella había llegado del médico, con esa mirada de una enfermedad crónica y el cansancio que le daba la certeza de estar perdiendo un partido por goleada, aunque fuera siempre para adelante y cada contraataque fuera letal.

El libro, “La isla misteriosa”, de Julio Verne. Un ejemplar de bolsillo, de la editorial Billiken que formaba parte de una colección de tapa blanca y lomo rojo. En la portada había un joven trepando la ladera de una montaña, acaso una metáfora de aquellos días, con demasiados médicos y escasas celebraciones.

No recuerdo la trama en detalle pero si la cara de mamá, de una complicidad manifiesta y una sonrisa exultante por haberme contagiado su interés por la lectura y la palabra, por ciertas lides que me arrinconan con los años y de las cuales no siempre salgo airoso.

A veces me cercan algunos recuerdos y este resurgió hoy, de improviso, alentado por el ambiente ocre de la biblioteca y la queja de los libros al apoyarse unos con otros, en una sinestesia de lomos de colores que espían lo que escribo, a mis espaldas.

No sé si el libro de Verne está en manos amigas o se perdió en alguna que otra mudanza de las varias de aquellos años, relacionadas con curas maravillosas y milagros que no se produjeron, pese a la resistencia y el coraje de la vieja, un coraje silencioso que se parece a un legado que no tiene que ver con hacerse el guapo y obliga a no bajar los brazos, pese a que a veces me siento habitado por una melancolía rastrera que debiera marcharse a un exilio definitivo.

Melancolía rastrera. Esto es de manual. Y malo. Leo lo reescrito y acepto los vericuetos del pasado. Al fin y al cabo escribir también se trata de forzar un relato y darle sentido a lo que no lo tiene, ¿o no? Habitarse con recuerdos no está de más. Pero colocarlos en la alforja de la memoria es la mejor manera de seguir caminando.

Imagino qué pensaría la vieja de este texto. Es probable que hubiera cierta reprimenda: “no te quedes con esta imagen”, me dijo con la mirada, una de las últimas veces que la vi, entre sanatorios, sondas y rodeada de fármacos. Y conseguí dejar el dolor atrás, aunque los recuerdos vuelvan y todavía no pueda saber de qué trata “La isla misteriosa”.

Arremeto contra la melancolía y esbozo una sonrisa. Sigue siendo una máscara de actor griego, habitada de catarsis y emoción, de silencios y complicidad que espían mi consulta en Internet. Mirá vos, ¿esto contaba Verne en ese libro?

3 comentarios:

  1. Volver a Verne siempre me provoca melancolías especiales. Fueron los primeros libros que agarré y me hicieron volar. Las lamentables ediciones de Billiken, si!!! Un abrazo.

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  2. podría decirse entonces que Verne fue tu paciente cero, ahí comenzó el contagio. nunca llegamos a saber de qué trata esa isla misteriosa, hasta que llegamos a ella y eso es lo hermoso.
    precioso texto, la mezcla de emociones tremenda.
    abrazo

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  3. Los recuerdos, que tan pronto pueden hundir nos en esa melancolía rastrera como salvarnos de ella y de los dolores que ellos mismos provocan.
    Me ha emocionado este texto, aunque nunca haya sido capaz de disfrutar a Verne. Pero no se trata de él, ¿verdad?
    Un beso

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