lunes, 7 de octubre de 2013

El silencio de los pájaros


No fue un traidor
(los traidores no suelen inspirar epitafios piadosos);
fue un iluminado, un converso...
(Jorge Luis Borges, “Historia del guerrero y la cautiva”)

Ni siquiera sé muy bien como llegué aquí. Los cantos de los pájaros se acallan y presagian que algo malo está por suceder. No falta mucho para que lleguen ellos con sus olores conocidos, sus perros de guerra, su hambre de oro y la ambición a flor de piel.

Conozco esa ambición. Hace mucho tiempo me trajo a este territorio desconocido, lleno de peligros, animales exóticos y la aventura debajo de cualquier recodo. Casi ni recuerdo mi nombre. Perdón, sí… me llamaba Gonzalo Guerrero, natural del puerto de Palos y me perdí hace tiempo con otros dos españoles, cuando nuestro bergantín encalló entre las rocas. 


Cuando pensé que llegaba el final, estas criaturas me rescataron; yo volaba en fiebre y deliraba sin cesar. Sin embargo, mis amigos no tuvieron la misma suerte: estos hombres de pocas palabras se los comieron en honor de sus dioses. Gracias al Señor y a mis calenturas, no presencié ese horror.

Ellos son morenos, de largas cabelleras y ojos fieros. Quizá por mis cabellos castaños, herencia de una madre alemana, no me comieron a mí también. Poco a poco comprendí su lengua y pudimos comunicarnos.

Los pájaros enmudecen, casi puedo oír el silencio.

Al tiempo y sin saber como, conocí el amor entre los muslos de una morena de ojos negros y pechos calientes. Y llegaron los hijos. Tres niños que ya conocen el sabor del miedo a los perros, algo que hicieron sentir muy bien los españoles. Aprovecharon toda la sabiduría de años para intimidar a estos pobres diablos, con sus perros feroces y los arcabuces que, con cada disparo, provocan la estampida de algunos de los nuestros.

Porque ahora son míos y yo soy de ellos. Tal como alguna vez le dije a aquel que se llamaba Jerónimo de Aguilar y vino a buscarme para que me fuese con Cortés; “yo ya tengo la piel labrada y las orejas horadadas”, no puedo volver atrás. Recuerdo su asombro, fue lo primero que percibí. Luego llegó el odio, me odió con toda su alma. Pero no puedo volver atrás. Es imposible.

Atrás no tengo nada: sólo una tierra lejana de la que huí de la pobreza mientras soñaba con aventuras maravillosas, animales nunca vistos y criaturas que caminaban desnudas por doquier. Todavía recuerdo maravillado los antiguos relatos sobre estas tierras que hablaban de cíclopes con hocico de perros, amazonas bellas y peligrosas y el oro que se escondía bajo las piedras.

No puedo quejarme. Pese a que las riquezas nunca aparecieron, hallé un lugar. Un espacio en el que soy respetado, una tierra maravillosa y cautivante que necesito defender de la llegada del invasor.

El ruido de los tambores que viene de región en región nos confirma la terrible noticia: la ciudad imperial ha caído. La gran Tenochtitlán, construida en el medio del lago ha sido arrasada por los españoles. Algunos de los indios han traicionado a su tierra a cambio de nada y todo está perdido.

Y después de ellos nos tocará a nosotros porque estamos en el camino del español. Nuestros espías nos han informado que un grupo viene hacia aquí, a tomar el último bastión que les queda. Yo, que conozco los dos mundos, sé que seremos derrotados. El español llegó para quedarse. Pero no puedo decírselos. Además, soy uno de sus jefes y no puedo mostrar debilidad ni cobardía, sería el final de mi pueblo y no puedo permitirlo.

En mis oídos suena el estallido de los arcabuces. Algunos de los que están a mi lado se miran temerosos y caminan agitados, mientras esconden a sus mujeres e hijos en la selva. Observo a mi compañera, poso mis dedos con suavidad sobres sus labios y le indico que se aleje, con el resto de las mujeres.

Ella me mira, intuye que será la última vez que nos veremos pero no dice nada. Casi nunca dice nada, sólo me quiere y sonríe de vez en cuando. Sin embargo, me dio más amor que nadie y unos hijos que no veré crecer. El ruido de los arcabuces y los ladridos de los perros parecen más cercanos. Con un gesto brusco la alejo de mí y me pongo a la cabeza de mis compañeros.

Uno de ellos me pinta dos líneas blancas que surcan mi cara desde la comisura de mis labios hasta la de mis párpados. Algunos dibujan en su pecho la figura de Huitzilopotchli con la serpiente de fuego y el bastón curvo. Los pájaros van apagando sus cantos posando distancias entre uno y otro. El silencio llega sin permiso y pronto tomará la selva. Silencio de muerte, silencio helado acompañado de ríos de sangre que vienen del este.

Algunas columnas de humo se divisan en el horizonte. Humo negro, de carne quemada. Reviso por última vez mi arco y las flechas a mí alrededor. Sé que no harán mella en las corazas de los soldados. Pero tampoco puedo decirles eso. Por lo menos que mueran con honor, defendiendo a los suyos. Aquel honor que solían tener los españoles, en los gloriosos tiempos de la lucha contra los moriscos. Pero nada queda de aquellos tiempos. Sólo los recuerdos.

Desde la cima de este cerro alcanzo a divisar los estandartes, junto a la cruz que siempre viene delante. Atrás vienen los hombres con los perros y los siguen los de a caballo. En muy poco tiempo estarán aquí. Quizá aún pueda unirme a ellos.

Pero no.

Es inútil. El hombre que fui está muerto y ahora queda éste: con el pelo largo, semi desnudo, el rostro pintado y una flecha entre sus manos.

A una señal mía, los tiradores preparan sus arcos. Algunos huyen al ver los caballos pero la mayoría se queda en su sitio. Los pájaros han dejado de cantar. El silencio invade la selva. Preparo mi arma y le apunto al capitán. De aquí no puedo fallar. Mis dedos transpiran un poco pero el pulso está firme. El arco se tensa casi hasta quebrarse.

Los siseos de las flechas cortando el aire son el único sonido en la tarde que se muere.

N. del Autor: este cuento obtuvo una Mención de Honor en la Novena Convergencia Internacional – JUNINPAIS 2010 y también estuvo publicado en mi espacio anterior, "Con letra propia"

2 comentarios:

  1. Morir con honor. Extraño concepto para justificar lo inevitable. No siempre se puede luchar contra la injusticia, al menos no de frente.
    Entiendo la actitud de sus compañeros, que ignorantes luchan creyendo que tienen alguna posibilidad, más no la de su líder, que sabiendo lo que se viene no da prioridad a las vidas de sus subordinados, sus mujeres y sus hijos (que son quienes más sufrirán esta invasión). Quizá sea aún el de antes, quizá no se integró tanto.

    Muy buen relato, Horacio. Me transmitió mucha angustia, hasta llevarme al enojo con Gonzalo.

    Un beso

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  2. Me maravillan las imágenes de un lugar recóndito. La simbiosis entre pueblos, se pasa de ser condenado a verdugo. Un cuento perfectamente contado. Un abrazo.

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