domingo, 20 de octubre de 2013

Otra voz (II)



—Al final creo que nunca alcanza —dijo.
—Me asustó… ¿Cómo se aparece así?
—Perdone, a veces no me doy cuenta de las cosas que hago.
—Disculpa aceptada. ¿Por qué dice eso?
—Pareciera que por más que escriba y escriba, sirve de poco.
—Disiento, espante esos fantasmas. Para jodido está el afuera.
—Ya me intoxicó ese afuera.
—A mí también. Por eso nos refugiamos en la escritura, como si buscáramos otros mundos posibles
—Puede ser, es como un desdoblamiento, ¿no le parece?.
—Somos más de uno cuando escribimos. No es nuevo ni original.
—¿Una suerte de intermediario…?
—A medio pasaje entre dos mundos... pero tiene que haber algo más.
—Tal cual.
—Después le paso la tarifa, por la terapia barata, digo.
—¿Acepta frases?, ¿alguna metáfora quizás?
—No sé...
—Cómo es, ¿eh?... creo que la condena es la pasión con la que uno vive, la desmesura.
—No sé si es una condena y se debe vivir con pasión. ¿O quiere terminar sentado frente al televisor?
—Puede tener razón, pero hace mal...
—El precio por respirar... ¿o no?
—No sé, como su filósofo. Lo frustrante es que toda esta hemorragia de palabras que se derraman sobre el papel... no alcanza ni para llegar a fin de mes, porque si supiera que es posible... entonces asumiría el rol. Con sus cruces y todo.
—Eso sí es malo... ¿no nos estaremos victimizando?, vio que es un lugar común. El pobre escriba trabajando febrilmente, como si fuese una especie de tortura.
—Sí... también detesto esa imagen. Pero así, es como gratuito, la nostalgia es gratis. Pero las boletas de la luz, no.
—Ni el gas. Ni le digo el sustento diario.
— ¿Por qué escribe usted?
—¿A qué viene eso?
—Se me ocurrió preguntarle, nomás.
—¿Se dio cuenta que nuestros diálogos tienen muchos “no sé”?
—¿Y eso qué significa?
—No sé. Pero contesto (o intento) su pregunta. Escribo por disconformidad, aventuro. ¿Usted?
—(Iba a contestarle “no sé”, pero después de lo que dijo…) Por desafío
—¿…?
—Toda página en blanco tiene una historia que contar. O un verso oculto. El desafío es reunir las palabras, una especie de comunión, para que digan algo diferente.
—Mire, no deja de rozar lo cursi, pero no es tan malo.
—¿Le dije que el otro día me dejaron un comentario que lo que escribía era un asco?
—No, no sabía nada. ¿Cómo lo tomó?
—Una opinión como tantas. Pero no está tan mal, a veces es un alerta, para saber que uno se está aburguesando.
—¿Usted escribe para los demás?
—No. Escribo porque no puedo hacer otra cosa. Y también por disconformidad, como no.
—Bueno. Si usted lo dice. Pero me llevo eso de reunir palabras.
—Lleve, total es gratis. Cuídese.
—Lo mismo digo.

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1 comentario:

  1. Claro, no escribimos para otros, quizá ni siquiera para nosotros mismos, pero eso no es compatible con pagar la luz y el gas con lo que escribimos. Sin embargo, si empezáramos a escribir para pagar las facturas, seguramente dejaríamos de hacerlo como deseamos. Difícil conciliar eso.

    Un beso grande, Horacio

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