domingo, 24 de noviembre de 2013

Dickens y las palabras



“Te contesté, hace unos días”, leyó desde el celular. Inició la sesión en su correo electrónico y no encontró nada en la bandeja de entrada. Entonces recordó. Salió afuera y abrió el viejo buzón pintado de rojo, una especie de casita a dos aguas, que los anteriores dueños dejaron adosados a la verja de madera. Y allí estaba.


Tomó el sobre. Estaba frío, acorde con el invierno. Vio como su respiración se aceleraba y le transpiraban las manos. Se preguntó si el enamorarse no era un estado de desesperación.
Ingresó a su casa. La hornalla de la cocina seguía encendida, esperando por la pava. La posó con suavidad y miró la letra garabateada de apuro, como si hubiese apoyado el sobre contra una espalda al momento de escribir su dirección. Una espalda que no era la suya, por supuesto.
Tembloroso y con cierta agitación en el pecho, se sentó en el comedor y rasgó el sobre con suavidad.
Estaba vacío.
Una sonrisa amarga festejó la humorada. Miró sobre la mesa y vio a las palabras que se iban asomando. Don Amor, desgarbado, despeinado e irreverente se rascó la cabeza. La Ternura no dijo nada y solo suspiró, mientras la Melancolía le lanzaba una mirada de furia, un “te lo dije” anunciado.
—¿Qué esperabas? —increpó la Ironía, desperezándose.
—No sé. Un milagro.
—Joder. Los milagros no existen. Menos en el amor. Me extraña de vos.
—Oigan a mí no me metan en esto, —replicó el aludido desde la punta de la mesa, mientras intentaba —en vano— desenredarse un rulo antojadizo.
La Ternura seguía sin decir nada. Por un instante la odió y estuvo tentado de herirla lo suficiente para que desapareciera de su vista.
—Fijate la pava, está hirviendo —apuntó la Creatividad que había perdido terreno en estos días.
Él agradeció el recordatorio y fue por el mate. Mientras volcaba el agua en el termo, podía oír a las palabras discutir entre sí. Por los rumores, supo que otras se habían sumado al corrillo antojadizo del amanecer. Sabía, si levantaba la vista, que podía ver el ocaso de sangre naciendo desde las entrañas de la tierra, el mismo que desnudaba su fragilidad.
—Oigan, déjenme un lugar. ¿Dónde me siento?
—Ahí, junto al gato —respondieron al unísono.
Dickens lo miró desde su pelaje ceniciento y le lanzó un “ni lo pienses”, que él aceptó, mientras buscaba otra silla.
Ya instalado, encendió el ordenador y miró el sobre vacío.
—¿Patético, no? —increpó el Sarcasmo desde un tono impostado.
—Buen día, sólo faltabas vos, por lo que veo.
—¿Te parecen que son buenos días? Mirate. Solo, muerto de frío, hablando con palabras que se corporizan. Yo no se lo comentaría a nadie —susurró la Locura. —Y te lo digo muy en serio —añadió con gesto desvariado.
Él descartó la sugerencia y comenzó a escribir. Al principio una monserga indigesta, concebida con tropiezos, casi con la urgencia de la desesperación, pero las palabras fueron armonizándose, o por lo menos, respetándose, acaso para torcer una historia sellada. O no.
“¿Qué hago ahora con las palabras recuperadas?; ¿Con las ilusiones, los versos, las palomas?; ¿Las canciones, mi respiración, las apuestas?; ¿Mi fragilidad, la esperanza, mis torpezas?”
—No, no. Eso es patético… —le apuntó la Crítica.
—… La verdad, me extrañaba que no anduvieras por acá.
—¿Y esto?… Fijate: “¿Qué hago con las palabras sobre la mesa, sus texturas, recovecos, y concavidades?”
—Mmm…
—La pucha, no se puede con vos…
—Y no, para eso estoy. Una eterna inconformista, el tábano en la sien, el hormigueo entre los dedos.
—Lo que me faltaba, que ahora te creyeras poeta.
—Veo que no soy la única hiriente —replicó ofendida y se puso a parlotear con la Ironía.
Él borró todo el texto de un plumazo y se quedó mirando la página en blanco, acaso buscando respuestas, con la exasperante impresión de que no las hallaría. Pero volvió a empezar. El texto fluía y se arrugaba, como sus dedos, pero parecía transitar por una senda nueva, menos pedregosa, más acorde con el sabor de las palabras.
—Ahora me gusta más… —susurró la Utopía a su izquierda.
—¿A ver? —espió Don Amor— … Es muy bello… pero que no roce lo cursi, hay una línea muy delgada, recuerde. ¿Y la osadía?, preguntó desde su pelo ensortijado.
—…Usted es terrible…
—Obvio, ¿Qué espera?… permiso: “… quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos”
—Oiga, eso ni siquiera es osado. Además es de Neruda… Usted es un impostor.
El amor también tiene algo de impostura, mi apático amigo. Pero los versos conmueven, casi siempre conmueven. Además, nadie lee ahora. ¿O no vio las redes sociales? Salvo honrosas excepciones, todos hacen clic en los pulgares levantados y replican como loros. Hágame caso. Déjelo. Va a quedar como un Duque.
—No me gusta la realeza.
—Usted también… es complicado, mire.
—Pero no me distraiga. ¿Qué opina?; ¿Le conmoverá?
—Buenos días, falta sexo ahí. Y luz… —apuntó la Pasión.
—Buenos días para usted también… ¿le parece?
—Absolutamente. Estoy tentada de ser explícita, pero no. Escriba: “se besaron, se saborearon, se recorrieron y las caricias descubrieron curvas, secretos y huellas sugeridas, mientras las pieles ardían y el entrelazo de los cuerpos era una celebración entre las sábanas”
—No, no. Eso es una porquería —volvió a interrumpir la Crítica.
—Otra vez acá… ¿Qué? ¿Se cansó de la Ironía?
—En realidad ella me hartó con su conversación. De verdad le digo, eso es un fiasco. ¡Una carta!Así no conquista a nadie, le aclaro.
—No es una conquista. Sino una apuesta.
—¿? —la Crítica frunció el ceño. Más que de costumbre.
—A ser pleno o plena, a ser dos, que en el fondo es uno, con sus diferencias y semejanzas. No me obligue a usar palabras devaluadas…
—Eso me gustó más —interrumpió Don Amor. — Y anote quién le habla de devaluación…
Él sonrió. Por primera vez en la mañana. Releyó, corrigió y descartó para no perder la costumbre y copió el texto a mano, dejando en el papel la presión y la textura de las palabras. El mate estaba helado y decidió que era hora de resucitarlo. Pero antes, dobló el papel con suavidad y cerró el sobre. Cerca del mediodía lo llevaría al Correo Central. Se preguntó cómo estaría el clima en el norte.
—No digas nada —le sugirió a la Utopía que seguía espiando a su flanco izquierdo.
—¿Le alcanzará? A mí me conmovería.
—No sé, pero debo intentarlo. A vos te fascinan los imposibles. Está en tu esencia, por eso te quiero tanto.
—Gracias —dijo ella. — ¿Y el resto de las palabras?
—Con Dickens, como siempre. Les encanta esconderse entre su pelaje, sobre todo en invierno.
—¿Alguien sabe que hablás con nosotras? —susurró la Locura con su gesto extraviado.
—No. Es nuestro secreto. No se lo cuentes a nadie —finalizó él con una sonrisa.

1 comentario:

  1. Ya no es secreto. Acabas de descubrirte.
    Ahora entiendo por qué escribes tan bien: tienes muy buenas consejeras.

    Me ha encantado.

    Un beso grande

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