martes, 26 de noviembre de 2013

El arte, los artistas




Espíritu libre de los artistas

… Durante este tiempo, cuando no estaba trabajando, Clive estudiaba los mapas, aplicaba cera líquida a sus botas de marcha y comprobaba el buen estado de su equipo, operaciones todas ellas importantes cuando se planeaba una excursión de invierno por las montañas. Podría haberse tomado la licencia de no cumplir sus compromisos poniendo como excusa el espíritu libre del artista, pero detestaba dar muestras de este tipo de arrogancia. Tenía varios amigos que jugaban la carta de la genialidad cuando les convenía, y dejaban de aparecer en este o aquel acto en la creencia de que cualquier trastorno causado en el ámbito local no podía sino acrecentar el respeto por la naturaleza absorbente e imperiosa de su noble vocación artística. Estos individuos —los novelistas eran, con mucho, los peores— se las arreglaban para convencer a amigos y familiares de que no sólo sus horas de trabajo, sino cada cabezada o cada paseo, cada rato de silencio, depresión o borrachera llevaba en sí mismo el marchamo exculpatorio de una alta meta. Una máscara para ocultar la mediocridad, en opinión de Clive. No dudaba que la vocación artística fuera alta y noble, pero el mal comportamiento no era parte integrante de ella. Quizá en cada siglo se dieran una o dos excepciones. Beethoven, por ejemplo; Dylan Thomas, rotundamente no.


La creación para mantener a raya a la muerte

Aquel día, sin embargo, tal proceso benéfico estaba tardando en producirse más de lo acostumbrado. Llevaba andando una hora y media y seguía escrutando ciertas rocas por si ocultaban algo, seguía contemplando las grandes masas rocosas y herbosas del fondo del valle con un miedo vago, y seguía turbado por pasajes de su conversación con Vernon. Los espacios abiertos, que debían empequeñecer tan sólo sus preocupaciones, lo empequeñecían todo; hasta sus afanes parecían vanos. En especial las sinfonías: endebles estallidos, grandilocuencia, tentativas de levantar un templo de sonido condenadas al fracaso. Apasionados afanes. ¿Para qué? Dinero. Respeto. Inmortalidad. Un modo de negar el azar que nos ha generado a todos los humanos, de mantener a raya el miedo a la muerte.

(McEwan, Ian, “Amsterdad, Buenos Aries, Buenos Aires, Editorial La Página S.A. 2011)



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