viernes, 29 de noviembre de 2013

El largo relato de una gran derrota (o la otra cara de la misma moneda)






Un pueblo. Un sangriento asesinato de una pareja de ancianos. Dos perejiles como sospechosos. Cualquier coincidencia con lo real, es casualidad. Algo de ello se desliza en la novela ¿Quién mató a los viejos Rivieri?, de Agustín Biancardi, un texto que nos interpela a las y los argentinos como sociedad.

Ambientada en la llanura pampeana, la obra tiene como excusa la llegada a los cuarenta años de Agustín Molina, el personaje central que, a partir de ese punto de inflexión, recuerda el asesinato de dos viejos, en el medio de la pampa.

Me reconozco como un empedernido optimista que intenta ver vasos medio llenos donde solo hay regaderas. Esta postura da resultados. Nadie se arrima a ayudar a quien se siente derrotado antes de empezar, y uno siempre necesita de una mano que lo salve, y que si no busca, no llegará. Para que ocurra el milagro hay que sentarse a la mesa y jugar, y de ahí a que acontezca, solo un paso más. Las cartas están todas en el mazo, no existen combinaciones para que se escondan las combinaciones que necesitamos.

Con sus recuerdos de la adolescencia y una exaltación de los juegos de azar, se desanda una etapa de la historia argentina, para transformarse en una reflexión cruda de los últimos cuarenta años de nuestro país.

No es bueno andar contando las derrotas sufridas, menos en medio de una historia que no es más que el largo relato de una gran derrota, o la otra cara de la misma moneda, que no es más que la victoria impertinente e inesperada del tiempo que transcurre.

Adolescencia, el club del pueblo, el rock nacional, el tute cabrero, juego como peligro y fascinación. Los amores prohibidos y los iniciáticos, los que se llevan en la piel. También Malvinas, la corrupción policial y Semana Santa del 87 forman parte de la escenografía de una generación que no padeció la dictadura, pero que, de algún modo, quedó atravesada por ella. Demediados, con esa puta sensación de insatisfacción, de no haber hecho lo que hubiera debido. Acaso como la sociedad que durante bastante tiempo miró hacia el costado o escondió la basura debajo de la alfombra.

No me trago a los viejos. Me llevo mal con ellos.
Cuando veo un viejo jugando en la plaza con su nietito no me despierta ternura, me despierta sospecha. ¿Cómo puedo saber yo si ese dulce viejito no fue un secuestrador que se apropió de la madre de la criatura? ¿Cómo puedo saber que no estoy frente a un torturador? ¿Cómo puedo estar seguro de que ese viejito dulce no fue uno de los que ahora puede jugar con su nietita porque vive de la renta de los negocios que desarrolló durante la dictadura? ¿Cómo puedo dejar de dudar que ese viejecito no convalidó la tortura, el secuestro, la muerte, el campo de concentración?
Cuando veo un viejito jugando en la plaza con su nietito tengo la certeza de estar frente a un tipo jodido que, ya sea por acción u omisión, fue responsable de todo lo que nos ocurrió como sociedad.
No me trago a los viejos.
No los soporto.
Pero de ahí a matar uno, hay un trecho enorme que yo no crucé.

¿Quién mató a los viejos Rivieri? Es una excusa para interpelar(nos) sobre qué nos pasó y nos sigue atravesando como sociedad. Vale la pena el intento de preguntarse. Aunque siga resultando incómodo. La novela pone en el centro de la escena algo que parece caracterizar a varios argentinos y argentinas: “el desviar la mirada y desentenderse” que termina avalando y justificando el poder de turno. Siempre ajenos a la mayoría, por supuesto.

Una novela para disfrutar. También para aprender a jugar al Tute Cabrero, si no sabés. Con una voz del interior de la Argentina que aporta otra mirada, descentralizada de Buenos Aires y a la vez tan nuestra.

Buscar en Villa Cualquiera lo que Villa Cualquiera había sido y no era. Haberse ido con una buena excusa y planear volver treinta años después, con el olvido, con las heridas restañadas, sin pedir permiso. Para descubrir, finalmente, que no es posible volver a un lugar que ya no existe.
Que fue mío y ya no lo es.
Como tampoco soy yo aquel que era dueño de sus calles, de sus tardes, y sobre todo, de sus noches.

No es posible volver a un lugar que ya no existe, quizás por eso Agustín Biancardi narra. Como tantos autores y autoras del interior, acaso siguiendo esa premisa de Mempo Giardinelli, de la literatura como visión alusiva de lo que pasa en la vida, una visión que siempre hace alusión y elusión para contar, mientras genera la ilusión de que estamos leyendo una ficción cuando en realidad estamos leyendo la vida misma.


Para finalizar y por si te interesa, te dejo un enlace a su espacio en la web. Ahí podés pedirle un ejemplar de su novela. Estoy seguro que no te vas a arrepentir.

3 comentarios:

  1. Lo que fue nunca vuelve a ser, ni siquiera en los recuerdos. Siempre habrá al menos algo o alguien que habrá cambiado, aunque sólo sea el tiempo.
    Interesante novela

    Un beso grande

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  2. Parece una vuelta de tuerca a Diario de la guerra del cerdo, y muy interesante, por cierto. Porque sigue indagando en nuestra historia y miserias...

    Ps: Horacio, olvidé ir a buscar tu libro... soy nefasto. Un abrazo.

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  3. Gracias, Horacio (inmerecido, por cierto)... me quedé con el comentario de Darío... Diario de la Guerra del Cerdo... ya me lo estoy buscando en e-biblioteca!

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