miércoles, 6 de noviembre de 2013

Palmeras Salvajes (hambre, amor, convenciones)


La segunda mañana en el hotel de Chicago, Wilbourne al despertarse descubrió que Carlota se había vestido y había salido con abrigo y cartera, dejándole una esquela con una letra grande, torpe, garabateada, de esas que al primer vistazo parecen de hombre y que se revelan casi en seguida como profundamente femeninas: Volveré a mediodía. C. Después de la inicial: o quizá más tarde.



Volvió antes del mediodía, él dormía todavía; ella se sentó en el borde de la cama, con la mano metida en el pelo de él haciéndole rodar la cabeza por la almohada para despertarlo, con el abrigo puesto y el sombrero echado atrás, mirándolo con esa grave profundidad amarilla, que ahora lo hacía meditar en esa eficacia de las mujeres para la mecánica, para la instalación de la convivencia. Ni economía, ni buena administración, sino algo más profundo que (toda su raza) emplea con instinto infalible, una relación del todo inconsciente para el tipo y naturaleza del socio masculino y la situación, o la fría tacañería de la celebrada granjera de Vermont o la extravagancia fantástica de las coristas mantenidas de Broadway, sin cuidado por el valor intrínseco del dinero que ahorran o dilapidan y con poco más cuidado o pena por la chuchería que adquieren o que les falta, usando la presencia y la ausencia de joyas o de cuenta corriente, como peones en un juego de ajedrez, cuyo premio no es la seguridad sino la decencia en el medio en que viven, sometiendo el clandestino nido de amor a un orden y a un esquema... Pensó: No las atrae lo romántico del amor ilícito, ni el concepto apasionado de dos almas perdidas, condenadas, juzgadas y aisladas para siempre contra el mundo y Dios, ni lo irrevocable que arrastra a los hombres; es porque ven en el amor ilícito un desafío, porque tienen un irresistible deseo (idéntico a la convicción de que son capaces, cada una de ellas, de manejar con éxito una casa de pensión) de hacer respetable el amor ilícito, de tomar al mismo don Juan y reducir los licenciosos rulos que les sedujeron al aparente decoro del puchero de cada día y de los trenes suburbanos.
—Ya lo encontré —dijo ella.
—¿Encontraste qué?
Un departamento. Un atelier. Donde yo también podré trabajar.
—¿También?
Ella le sacudió otra vez la cabeza con distracción frenética, hasta hacerle doler un poco. Volvió a pensar: Hay algo en ella que no quiere a nadie ni a nada, y después de un hondo y silencioso relámpago, una claridad blanca, raciocinio, instinto, quién sabe qué Ella está sola. No solitaria, sola. Tenía un padre y luego cuatro hermanos idénticos al padre y luego se casó con un hombre idéntico a los cuatro hermanos y es posible que no haya tenido un cuarto propio en toda su vida y así ha vivido toda su vida en una soledad completa y ni siquiera lo sabe, como el niño que no ha probado nunca un bizcochuelo no sabe lo que es bizcochuelo.
—Sí, también. ¿Piensas que mil doscientos dólares durarán para siempre? Uno vive en el pecado; pero no puede vivir de él.
—Ya lo sé. Ya pensé en eso antes de decirte por teléfono aquella noche que tenía mil doscientos dólares. Pero estamos en la luna de miel; más tarde será.
—También lo sé.
Le volvió a tironear del pelo, haciéndole mal otra vez y ahora él sabía que ella sabía que le hacía mal.
—Oye, será siempre luna de miel. Siempre. Eternamente hasta que muera uno de los dos. No puede ser de otro modo. O cielo o infierno: nada de cómodo y pacífico purgatorio intermedio para que nos alcancen la buena conducta, la abstinencia, o la vergüenza o el arrepentimiento.
—Entonces no crees en mí; en quien confías, es en el amor. —Ella lo miró.— No soy yo; cualquier hombre.
—Sí, es el amor. Dicen que el amor muere entre dos personas. Eso no es cierto. No muere. Lo deja a uno, se va si uno no es digno, si uno no lo merece bastante. No muere; uno es el que se muere. Es como el océano: si uno no sirve, si uno empieza a apestar en él, lo escupe en alguna parte para que se muera. Uno se muere de cualquier modo, pero yo prefiero ahogarme en el océano a que me escupa a una faja de playa muerta, y que el sol me reseque hasta convertirme en una manchita sucia sin nombre, sólo “Esta fue”, como epitafio. Arriba. Le dije al hombre que nos mudaríamos hoy.
En menos de una hora dejaron el hotel con sus valijas, en un coche; subieron tres pisos. Ella hasta tenía la llave; le abrió la puerta para que entrara; él sabía que ella no miraba el cuarto sino a él.
—¿Bueno? —Dijo.— ¿Te gusta?
Era un cuarto grande, alargado, con un ventanal en la pared norte, obra manual de algún fotógrafo muerto o en quiebra o quizá de algún antiguo inquilino escultor o pintor, con dos chiribitiles para baño y cocina. Ha alquilado ese ventanal, pensó reflexionando, como, en general, las mujeres alquilan esencialmente cuartos de baño, sólo accidentalmente hay lugares para dormir y para cocinar. Ella ha elegido un sitio no para cobijarnos sino para cobijar el amor; no ha corrido de un hombre a otro; no se ha limitado a canjear el pedazo de arcilla con el que ha modelado un busto por otro. Se movió ahora y pensó: Quizá yo no la abrazo, quizá más bien yo me prendo de ella porque hay algo en mí que no admite que no sabe nadar o que no cree que sabe nadar.
—Está muy bien —dijo él—. Es lindo. Ya somos invencibles.
Durante los seis días siguientes hizo una gira por los hospitales, entrevistando (o siendo interrogado) por presidentes y directores. Eran entrevistas breves. Estaba listo a hacer cualquier cosa y tenía algo que ofrecer — su título otorgado por una buena Facultad, sus veinte meses de internado en un hospital conocido, pero a los tres o cuatro minutos sucedía algo. Sabía lo que era, aunque se lo explicaba de otro modo (sentado, al cabo de la quinta entrevista, en el soleado banco de un parque entre los atorrantes y jardineros municipales y niñeras y niños): Es porque en realidad no pongo bastante empeño, porque en realidad no me he penetrado de la necesidad de luchar, porque he aceptado enteramente sus ideas sobre el amor; miro al amor con la misma fe ilimitada de que va a vestirme y a alimentarme, con que mira la religión el paisano recién convertido de Misisipí o Luisiana, convertido la semana pasada por los gritos de un predicador, sabiendo que no era esa la razón; que eran los veinte meses de internado en vez de veinticuatro, pensando: Me derrota la muchedumbre pensando que resulta más decoroso morir en el olor de mediocridad que ser salvado por un apóstata de las convenciones.
Al fin encontró un empleo. No era gran cosa; trabajo de laboratorio en un hospital de caridad en el barrio de los inquilinatos de negros, donde venían a parar víctimas del alcohol o heridas de bala o de arma blanca, traídos en general por la policía, y su tarea consistía en reacciones rutinarias para sífilis.
—No necesito microscopio ni fórmula Wasermann —le contó a Carlota esa noche—. No se necesita más que luz para saber de qué raza son.
Ella había armado un par de tablas sobre caballetes. Bajo la vidriera que llamaba su mesa de trabajo, hacía tiempo que se atareaba con un paquete de arcilla de la tienda de 10 centavos, aunque él no fijara mucha atención en lo que ella hacía. Ahora estaba inclinada sobre su mesa con un pedazo de papel y un lápiz y él observaba la dócil mano corta garabatear grandes cifras rápidas.
—Ganarás tanto al mes —ella dijo—. Y nos cuesta vivir tanto al mes. Y tendremos que sacar tanto para cubrir la diferencia.
Las cifras eran frías, irrefutables; los rasgos mismos del lápiz tenían aire desdeñoso e inexpugnable; de paso ella dispuso que él hiciera ahora no sólo los acostumbrados giros semanales a su hermana sino que le remitiera también la suma equivalente a los almuerzos y al frustrado hotel durante las seis semanas en Nueva Orleáns. Luego escribió una fecha al lado de la última cifra; era para principios de septiembre.
—En este día ya no nos quedará dinero.
Entonces él repitió algo que había pensado ese mismo día sentado en un banco del parque.
—Todo andará bien. Sólo tengo que acostumbrarme al amor. Nunca lo había probado antes; tú ves: tengo un atraso de diez años. Aún no estoy adiestrado. Muy pronto lo estaré.
—Sí —dijo ella. Arrugó el papel y lo puso de lado—. Pero eso no importa. Es cuestión de elegir entre lomo y carnaza y aquí no hay hambre. —Le golpeó la barriga con el dorso de la mano.— Es tu vieja entraña rezongando. Aquí está el hambre —le tocó el pecho—. No lo olvides nunca.

—No lo olvidaré.

(Faulkner, William, "Las palmeras salvajes", Buenos Aires, Edhasa/Editorial Sudamericana, 1983, Traducción de Jorge Luis Borges y prólogo de Juan Benet)

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