sábado, 9 de noviembre de 2013

Sábado



Acomodó los leños, fiel a su costumbre de torre con palos cruzados y diarios en el centro. Encendió la fogata, vio consumirse los papeles. Fulgores amarillos, rojizos, anaranjados, un calor que contrae la piel y seca la boca. Era una buena excusa para salar la carne y beber una cerveza helada.

Destapó el porrón y saboreó la cebada negra, amarga, consistente. Su compañera le gritó algo de la cocina, algo que no alcanzó a oír pero imaginó trivial. No por ella, sino porque los comentarios del sábado al mediodía son triviales y esa trivialidad de fin de semana los desconecta de un mundo difícil.

Ella, asistente social; él, abogado de casos perdidos. Ambos conviven con lo que la sociedad descarta: cartoneros, desocupados, marginados sociales, mujeres golpeadas, niños ultrajados. La enumeración podría continuar, pero sería morbosa.

Se conocieron en una reunión de solidaridad que intentaba crear una comisión para recaudar fondos. La comisión no pasó de un par de citas entusiastas y ellos pasaron de las miradas intensas a los besos con pan.

Hace tiempo que están juntos. Ella espera un bebé, él escribe cuando le sobra el día y los arrumacos entre palabras proclaman una obstinada defensa de la alegría.
(mayo de 2007)


Con ligeras variaciones, integra la edición de "Series y Grietas", (Colisión Libros, 2015)

2 comentarios:

  1. El descanso del guerrero. Todo el mundo, pero especialmente quienes dedican su quehacer diario a trabajar con personas que requieren de mucho esfuerzo y energía necesitan un escape de su realidad, un modo de hacer salir la energía negativa que inevitablemente se absorbe. La trivialidad de los sábados, esa alegría calma de una relación tranquila pueden ser un buen modo de hacerlo.

    A veces lo que parece más trivial es lo que más nos mantiene vivos

    Un beso grande

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