miércoles, 25 de diciembre de 2013

Diciembre y sus días


Leo en medios regionales sobre el frenesí de compras por las fiestas y abono mi teoría que estas fechas han perdido todo su sentido original, si alguna vez lo tuvieron. El sistema y sus perversidades: incluso personas de escasos recursos se esfuerzan por cambiar su arbolito o agregar guirnaldas nuevas. Acaso sea renovar los sueños, o la tan vilipendiada fe. No lo sé.

No me sientan estas fechas. Huelen a ataúdes y sangre, a la montada atropellando Madres, a muertos en la escalinata del Congreso, a gangrena y tardes de calor, la certeza de la muerte aprendida de pequeño. Pérdidas, muchas pérdidas. Personales y colectivas. Llagas que se abren sin poder hacer nada para remediarlo y que uno trata de transmitir lo menos posible a la gente que ama. Al fin y al cabo, no tienen la culpa.

¿Sí he perdido la fe? No, para nada. Sigo creyendo en renovar los sueños o desempolvar los viejos. Ahí me sumo y redoblo la apuesta. Quizás por eso leo. Y escribo. La ingenuidad de buscar algunas respuestas en los libros, sí, ya sé.

El sistema y sus perversidades. “Jo, jo”, dice un tipo, con cuarenta grados, disfrazado de Papá Noel y sienta a su lado a una niña que lo mira embelesada, mientras los padres pagan la foto de su ilusión. O la la insidiosa melodía y un insólito espíritu conciliador que parece embargar a las personas. Podría seguir sudando broncas. Pero no.

Ofertas y más ofertas. Leo la carta de mi peque con su pedido al barbudo vestido de rojo, previa advertencia de “mirá que a lo mejor no lo consigue, tiene que regalarle a muchos chicos y chicas”. Me mira, casi previendo mi respuesta. “No importa si no lo encuentra, papá”, afirma dándole la importancia precisa a ciertos actos y esa mirada me aferro, mientras pienso en diciembre, empecinado en recordarme que no me tiene entre sus preferidos.

2 comentarios:

  1. Por ese hecho puntual y otras muchas injusticias, a mí tampoco. Un abrazo.

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  2. Tampoco diciembre es mi mes preferido. ¿Lo bueno?: ya falta muy poco para que termine. Mientras esto ocurre, hay que ir sorteando como se pueda la nostalgia, los agobios, las hipocresías y otros fenómenos propios de la fecha o ajenos pero que indolentes vienen a sumarse para convertir un diciembre habitualmente malo en uno pésimo.
    Ánimo, queda poco. Te lo repito porque me lo repito a mí misma a cada rato. Sólo unos días más y ya habremos sobrevivido otro diciembre.

    Un beso grande
    y que el próximo año te traiga muchas alegrías

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