martes, 3 de diciembre de 2013

El reencuentro


Sabía que sucedería, era cuestión de tiempo. De pequeño creía que el destino de los hombres estaba digitado por algo o alguien. Para unos el azar; para otros Dios. Todavía no sé cuál es cuál pero es cierto. Cada uno sabe qué quiere ser, tarde o temprano lo descubre.

Yo siempre noté algo extraño. Quizá fue el hecho de vivir rodeado de mujeres: unas tías, mi mamá, mi abuela. Cuando preguntaba por él obtenía como respuesta un incómodo silencio o un brusco cambio de tema, como si entrase en un terreno vedado e incierto. Me acostumbré a no mencionarlo, aunque existiera.


De niño, las preguntas incómodas eran contestadas con regalos y libros, cantidades de libros. Quizá ese misterio a la verdad sobre mi papá cultivó mi pasión por la literatura, las novelas de aventuras, los viajes en globo y un inefable deseo de recorrer el mundo, de viajar más allá de las páginas; cruzar el océano con las carabelas o dormir entre los brazos de indias morenas y desnudas —en los albores de mi adolescencia— cuando las hormonas se escapaban por los poros y la vista naufragaba en algún escote mezquino.

No puedo quejarme, tuve una infancia feliz acompañado de amigos fieles que se cuidaban de mencionar a sus padres, demostrando una solidaridad tácita para conmigo que todavía me conmueve. Sin embargo, yo sabía que él vendría, no pregunten cómo, pero lo sabía.
Un día mamá me presentó a su nuevo compañero. Estreché su mano con flojedad y no dije nada. Luego sonreí, era mi aprobación, ella merecía ser feliz. Se llamaba Julio, tenedor de libros y uno de los pocos hombres de posición en el pueblo. Uno de los pocos porque cada vez somos menos, hay un éxodo inexorable que parece adueñarse de este sitio luego del cierre del matadero.

Mi pueblo, debo aclarar, es pequeño, una estación de granos con galpones repletos de trigo. Una plaza cuadrada y un caserío apiñado en derredor, un mojón de civilización nacido bajo circunstancias no muy claras. Según la historia oficial, Estación Próspera nació entre malones de indios y colonos que resistían violentamente sus embates. Según mi abuela, fue un sitio elegido por contrabandistas que cambiaban el botín de los salvajes por aguardiente adulterada. No sé cuál es la verdad pero no interesa, no a esta historia.

La nueva pareja de mamá me atiborró de libros de contabilidad y matemáticas. Era un buen hombre. No sólo bueno, valiente también ya que se había casado con ella y acallado todas las habladurías pueblerinas, las que rondan cuando hay mamás solteras.

Aventuro que aquel hombre anhelaba que yo siguiera sus pasos y por ello no paraba de hablarme de asientos contables, ganancias y retenciones. Yo lo escuchaba en silencio, complaciente. Nos llevábamos bien, todo lo bien que pueden llevarse un adolescente con su padrastro.

En la mañana de mi cumpleaños número quince ocurrió algo extraño: dos golpes cortos anunciaron la llegada de un desconocido. Mamá palideció al verlo. No tuvo que decirme nada para darme cuenta quién era. Lo miré de pies a cabeza: saco raído, camisa clara, pantalón con tiradores y zapatos llenos de polvo. Se encerraron en una habitación y hablaron en voz baja, con un murmullo de tiempo y desencuentros que no quise escuchar. No era de mi incumbencia.

Me senté en la vereda, esperándolo. Salió, me tocó la cabeza y preguntó:

—¿Sabes quién soy?
Asentí. —Sabría que vendrías —agregué.

Ante la mirada atónita de mi abuela nos fuimos a caminar. Le enseñé la plaza, el matadero abandonado y el viejo mangrullo, donde me contó historias de indios y soldados que rabiaban coraje mientras entrechocaban sus armas. Tantas anécdotas desempolvaron mis viejas pasiones literarias, adormecidas ante tantos números y centésimas. Caía la tarde cuando me contó sobre él y mamá. Fue el único momento en que un silencio incómodo venció a los borbotones de voces y sonrisas.

Al anochecer me dio un gran abrazo y se marchó. Me dejó algunos consejos, un lugar dónde hallarlo por si acaso, y la certeza de un camino de palabras, de relatos con principios y finales entretejidos en un papel.

Un texto que tiene sus años. Figuraba en "Con letra propia", mi antiguo espacio en blogger.

4 comentarios:

  1. y que hiciste muy bien en rescatar!
    Excelente, Horacio!! (todavía estoy tratando de desanudar el nudo en la garganta)

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  2. Es muy lindo tu relato sobre hechos tan personales....lo cuentas muy bien, en forma sencilla y clara . Saludos Horacio!

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  3. Conmueve ese encuentro, conduce al perdón, y a la voluntad. Y supongo que los genes tienen mucho más que decir de lo que pensamos, tal vez lleven incorporado un lazo, un cariño, imposible de romper.
    Bello texto. Gracias por recuperarlo

    Un beso grande

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