domingo, 15 de diciembre de 2013

Estrellas amarillas



Dicen que las miradas son únicas. Que cada vistazo que damos a nuestro alrededor arrastra experiencias, una forma de sentir el mundo, preguntas, miedos y aquello que no nos atrevemos a nombrar. Porque nombrar es catalogar, designar una categoría a lo que nos rodea para asentarle un estatuto, una forma, un lugar en aquello que algunos llaman lo real.

Siempre lo supe. De pequeño. Podía observar a mi alrededor y sentirlos. A veces en forma de luces, otras de sombras densas o de una brisa de aire helado sobre la nuca. Escalofríos nocturnos, bocanadas gélidas en pleno verano, objetos que hacen ruido en la cocina, hasta pasos apenas perceptibles cuando el silencio es intolerable.

Cierta literatura les puso el nombre de espectros. Retazos del alma de los que no se atreven a irse, como si todavía tuvieran asuntos pendientes por estos lugares. Yo no sé si son tales, pero lo concreto es que puedo verlos de reojo, cuando las tardes agonizan. O en la mañana bien temprano, entre las brumas del amanecer. Caminan entre nosotros y no parecen darnos demasiada importancia, embargados en sus propios asuntos.

Como todos, supongo.

Aquella mañana me sucedió algo extraño. Uno de ellos me miraba de frente. Y había pesar en esa mirada. Me di cuenta que era un espectro porque el resto de los transeúntes atravesaba su cuerpo y no se percataban de su presencia. Era de mediana edad, tenía la piel ajada y un fuerte golpe cerca del ojo derecho, sitio en donde sólo había un hueco oscuro.

Entonces comprendí.

Dicen que morí al instante cuando ese automovilista me levantó por el aire, pese a que contaba con derecho de paso. Creo recordar el crujir de mis huesos, el golpe seco y la espeluznante sensación de que que algo se había roto sin remedio.

Cuando abrí los ojos, pude ver mi cuerpo destrozado y algunos curiosos que se acercaban a verme. El conductor se daba a la fuga y yo lo observaba todo desde afuera. Una morbosa toma de un pésimo canal de televisión.

Sentí la mano en el hombro y el tipo de piel ajada me pidió que lo acompañara. Desde entonces vagamos por la ciudad y crecemos en número, mientras nuestros familiares reclaman justicia y pintan estrellas amarillas el asfalto.

3 comentarios:

  1. Cuántos y cuántos, deambulan sin paz ni justicia... UN abrazo.

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  2. Supongo que las estrellas amarillas son el equivalente de las animitas en Chile.
    Dicen que andan entre nosotros, a veces lo creo y a veces no, porque me aferro a la idea de que no hay nada después de la muerte y desaparecemos con nuestro cuerpo. No sé si la posibilidad de que sigamos vagando por este mundo viendo qué siguen haciendo los vivos me da esperanza o me da terror. Aún no lo sé.

    Un beso grande

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  3. Cuando la vida y la justicia son arrebatadas, una parte nuestra es tal espectro como el de quien queda dando vueltas...
    Esa es la sensación que me has dejado.
    Y como siempre un placer leerte.

    Un beso Horacio

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