jueves, 5 de diciembre de 2013

"Hoy escribir algo me parece el más estúpido esfuerzo"



Hoy escribir algo
me parece el más estúpido esfuerzo,
quizás convenga leer.
Pero leer qué…
las letras de la historia
se vuelven en contra nuevamente.
(de Begoña Abad (Burgos, España, 1952)

Y pienso en el límite de la palabra cuando la realidad, por lo menos la que vemos y sentimos como cotidiana, nos toma por asalto. Córdoba ardió. El caos ganó las calles y aunque no todo es tan claro como se muestra, alcanzó para criminalizar la pobreza, para que un coro de retrógrados y obtusos pidan mano dura, más policía, más represión para los de siempre. Los que ya están marginados.

Por este extremo del país, la justicia —en un acto de insólita justicia— condenó a cadena perpetua a un policía, por asesinar a un pibe. Por pobre nomás. En el proceso uno de los testigos que declaró contra el efectivo acusado fue asesinado. Testigo que conocí fugazmente en el año 2011.

Comparto mi columna del domingo, publicada en Plan B Noticias. Creo que suma a la de Emma Gunst, en aquello de la insuficiencia (o no, puede ser para debatir) de la palabra, del arte en general cuando la realidad nos toma por asalto.


Con letra propia: ni un pibe menos

Escriban su nombre en una hoja. La idea es que anoten tres palabras que comiencen con cada una de las letras de su nombre, las que quieran, las primeras que se les ocurra”, aclaramos.

Nos miran, algunos sonríen y se ponen manos a la obra. Esta vez son cinco o seis, otro clima, ganas de trabajar. Circula el mate en una botella de plástico improvisada como pava, algunos comentarios sobre la vida que afuera continúa, sobre las lecturas que les dejamos.

Uno de ellos me mira y dice: “Hay que ver qué se traen después”, pregunta adivinando que el ejercicio será más complejo. Y sonríe. Y escribe en su cuaderno. “Encima mi nombre es re largo”, refunfuña.

Luego de un rato, la consigna sigue: “Ahora, con esas palabras, tienen que hacer un relato, una historia, obvio que pueden usar otras, pero esas deben estar reflejadas”.

En el pasillo, los guardias pasan con otros internos esposados. Recorro con la mirada los rostros de nuestros talleristas, puedo ver la concentración, el esfuerzo, el intento por cumplir con lo que pedimos. “Mirá los guardias como los miran, ustedes se están ganando un espacio de este lado de las rejas”, me dirá uno de los chicos al término de la clase. “Ah, y empecé a escribir”, dice mostrándome más de una carilla. Lo dice con orgullo.

Escriban sobre ustedes, un recuerdo, un sensación, aquello que consideren importante”, habíamos pedido y algunos han comenzado.

Esta vez siento que se puede, que hemos logrado el objetivo de que se olviden por un rato de la cárcel. Y las palabras salen, se confabulan para lograrlo. Por una vez, la puta sensación de estar perdiendo la pelea, queda atrás. Avances y retrocesos, supongo que será así.

¿Me podés hacer un favor? Escribí a este número y deciles que estoy bien”, dice Gabriel.

Mañana tenemos visita”, cuenta uno con alegría, pensando en ver a sus hijos. Y recuerdo la clase anterior: “escuchá los pibes… les dan vida al lugar”, murmuró otro al oír las voces de los pequeños en el pabellón, en una suerte de película surrealista, donde los murmullos son la forma de aferrarse a la vida que ahí dentro se tomó franco. O que por lo menos retrocede hasta convertirse en rejas que se golpean con violencia.

El ejercicio sigue su curso, uno a uno van terminando el relato. Varios de los textos que se leen finalizan en que “fueron felices”, esa felicidad que está clausurada ahí dentro.

Por eso se nombra. Para que exista.

Salgo a la calle y ya en casa envío el mensaje. Recibo un “gracias” del otro lado.

Hace un par de años, con dos colegas en esto de trabajar con la palabra, dictamos un taller literario en la Unidad Penitenciaria 11 de la capital neuquina. Entre los chicos, estaba Gabriel Gutiérrez, asesinado el sábado a la mañana“por un problema de índole personal”, según el fiscal, aunque en la calle se hable de mensaje mafioso, por haber declarado contra un policía en un caso de gatillo fácil.

Gabriel prestó declaración el viernes contra Claudio Salas, un uniformado que mató a otro pibe, Braian Hernández, en diciembre de 2012. En su declaración aseguró que no había armas en la Renault Fuego en la que viajaban, auto que uno de los chicos le había sacado a sus padres para dar una vuelta y ante la presencia de un móvil policial huyeron asustados. El resto es historia conocida: otro móvil policial que los cruza, el disparo en la luneta, la muerte de Braian.

Gabriel tenía miedo de la policía. Quizás por eso faltó a la primera citación del lunes. Pero juntó coraje y declaró el viernes. Ahora está muerto, “siguen los mismos muertos”, cantaría Serrano. La criminalización de la pobreza como en varias partes del país. Incluida La Pampa, donde los peligrosos son los marginados, mientras exoneran a funcionarios judiciales y amigos del poder.

Pido disculpas. Hoy debía publicar un texto de ficción, como todos los domingos. Pero la realidad gana terreno y la literatura lo pierde, hasta convertirse en una presunción vana, un artificio vacío. El recuerdo de Gabriel surgió luego de reconocerlo en una foto. Él y su valentía. Un pibe más muerto, un pibe más sin sueños, ni educación o futuro, la lucha contra la impunidad que parece caer en saco roto, como las palabras.



4 comentarios:

  1. Hemos leído y visto por aquí los disturbios de Córdoba, no me atrevo desde tan lejos a juzgar qué ha ocurrido. Se habla de saqueos, unas veces organizados por políticos de barrio y otras llevados a cabo por pobres, sin más. Y leo con emoción la historia de Gabriel, tan dura, tan injusta. Escribir, en efecto, es cada vez un esfuerzo más y más inútil.

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  2. Mucho nos falta, mucho. Los datos educativos son preocupantes. Pero sobre todo, es necesario hacer un análisis sobre cómo somos como sociedad, y dejar de "deslindar" culpas en políticos, que no son más que los que elegimos y de ninguna manera, salieron de un repollo, o son una élite privilegiada.
    Un abrazo.

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  3. regreso y quisiera convencerme que algo ha cambiado, pero sigo viendo que los demonios siguen rondando,
    Y los indefensos manipulados por el poder. La incultura los refuerza. Una mente vacía es un ser humano válido para sus objetivos.
    Hoy se me viene a la memoria aquella frase tan recurrente de: "todo cambia para que todo siga igual"
    Un abrazo y como siempre junto a ti en la denuncia y en la fuerza de la palabra.

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  4. Al igual que Juan Herrezuelo, no me atrevo a juzgar desde la distancia qué pasó en Córdoba y en otras ciudades de tu país, pero sí coincido con Darío en que no podemos dejar en los demás nuestra parte de responsabilidad. Recuerdo el terremoto de 2010 en Chile y los saqueos posteriores. No eran los pobres, o no sólo ellos, los que los realizaron. Sentimos que no nos vigilan y damos rienda suelta a los más bajos instintos. Una lástima, pero así no hacemos más que justificar represiones injustas y que debieran ser innecesarias. Cada vez confío menos en la naturaleza humana.
    Esto que he dicho nada tiene que ver con las prácticas irregulares, las mafias y las actitudes prepotentes que puedan tener algunos o muchos de los que visten uniforme amparándose en éste y que no deben permitirse.
    Ufff, planteas no un tema, sino varios que darían para un debate interminable.

    Un beso grande

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