martes, 4 de febrero de 2014

Diluvia



Diluvia. Desde hace horas. Los transeúntes cruzan las calles convertidas en una suerte de Venecia renacentista en decadencia. Algunos se resignan y se quitan los zapatos. Otras también, revelando la belleza de los pies en verano. Hay prisa en los andares y nadie me ve, pese a que estoy siempre en la misma esquina.


A veces temo que la indiferencia me haga enloquecer. ¿Estoy vivo? Es una pregunta que me hago a diario y cuando la duda corroe el estómago y se aloja en mi cabeza, cruzo al negocio de enfrente, para ver mi cara en una vidriera con ropa cara y trabajo esclavo.

El reflejo devuelve una barba acorde con la indiferencia de la sociedad y el niste opaco de la tristeza. Si no fuera por mis ojos, juraría que estoy muerto. A lo mejor lo estoy y no me doy cuenta. Aventuro que comencé a apagarme cuando me dejaste. No era para menos. Luego de que la fábrica cerrara y nos dejara a todos en la calle, se hizo cuesta arriba conseguir un nuevo empleo. Por lo menos uno que tuviera una pizca de dignidad.

Pero se inició antes. Cuando desguazaron las oficinas en el centro y llegaron esos consultores jóvenes hablando de globalización, reconversión productiva, competitividad y los altos costos laborales. Debí darme cuenta que no había espacio para mí en ese esquema.

De pronto, esa vida a la que estábamos acostumbrados se esfumó entre los dedos, casi como el agua que desemboca en esta alcantarilla y acorraló lo poco que quedaba de nosotros. Una tarde regresé a casa, agotado de colas de desocupados y frases del tipo cualquier cosa, le avisamos, que connotaban la mentira.

Me sorprendió oír el fluir del agua. Hasta que mis pies chapotearon sobre los cerámicos. No era bueno. No podía serlo. Y allí estabas: recostada en una bañera teñida de rojo. Horas que prefiero no recordar pero que esta lluvia y el agua que corre se empecinan en traer a mi memoria.

Luego quedó tu ausencia. Palpable, pedregosa, implacable. Lo terrible de la falta es el silencio, que tratamos de exorcizar con música, mascotas, paseos, voces. También la pérdida de memoria. ¿Habrá algún espacio habitado por recuerdos olvidados, que arrastren lo cotidiano, aquello que nos hace nosotros?

Me preguntarás cómo se sigue adelante. No lo sé. La porfía de algunos para no rendirnos. Malvendí el departamento (al fin y al cabo, son pocos los que deciden vivir en un sitio habitado por la muerte) y me recluí en una pensión de dudosa reputación, a la que regreso por las noches, mientras en el día deambulo por una ciudad cada vez más ajena, como todas las ciudades cuando pierden la razón de nuestra llegada.

Regreso a la pensión (pido disculpas si estoy más errático que de costumbre). Si vieras las historias que hay allí, a vos, que te gustaba contarlas. ¿Sabés? Hay días en que la tentación de acompañarte es tan grande que salgo con desesperación a la calle, a ver si algún conductor imprudente me hace el favor. Pero no he tenido suerte. Y mirá que hay bestias al volante.

Extraño los trenes. Una vía sólida nos trajo hasta aquí pero enmudeció desde hace tiempo. Otra vez el silencio. Sino, sería sencillo: sentarse en el andén y esperar. Solo esperar. También hay otros días, menos oscuros, con un destello de ilusión y uno se siente extrañamente vivo. A ellos también me aferro para no ceder. Además, sé que te enojarías mucho si me ves llegar. Dónde sea que estés. O no. Jugar con la tentación de la muerte es una forma de estar vivo.

Diluvia. Desde hace horas. Y aunque no lo hiciera, seguiríamos dialogando ¿No?, un esbozo de sentido que roza la locura pero que todavía me mantiene en pie, mientras hurgo entre los cestos de basura, en estas calles convertidas en una suerte de Venecia renacentista en decadencia.

5 comentarios:

  1. La lluvia es hermosa, pero no puede, no, lavar las heridas ni las frustraciones cotidianas... Un abrazo.

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  2. Genial. Me sentí todo el tiempo en la esquina que está enfrente de la ex terminal de omnibus de Neuquén. Abrazo.

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  3. Lluvia evocadora y difícil. Buen relato.

    Un abrazo!

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  4. Narras mavillosamente. Muy bueno.

    Un beso

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  5. La lluvia es hermosa. Mantiene verdes los campos, aunque también la melancolía. Y es tan fácil dejarse llevar por ella!

    Un beso grande

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