viernes, 21 de febrero de 2014

Fe Esperanza Amor



Comparto un capítulo de El Tambor de Hojalata, Fe Esperanza Amor en donde el autor prefigura la Alemania anterior al nazismo, con la conversión del trompetista Meyn, la historia de Leo Schugger, quien anunciaba calamidades, la del relojero  Laubschad que denunció al músico Meyn por matar a los gatos  pero calló cuando apedrearon la tienda de Márkus, en la noche de los cristales rotos. 

Un capítulo exquisito. Les dejo en compañía de Grass. Como siempre, el resaltado es personal.

Érase una vez un músico que se llamaba Meyn y tocaba maravillosamente la trompeta. Vivía en el cuarto piso, bajo el tejado de un inmueble de pisos de alquiler, mantenía cuatro gatos, uno de los cuales se llamaba Bismarck, y bebía de la mañana a la noche una botella de ginebra. Esto lo siguió haciendo hasta que la calamidad vino a hacerlo sobrio.



Hoy todavía, Óscar se resiste a creer por completo en los presagios. Y sin embargo, se dieron entonces bastantes signos precursores de una calamidad que calzaba botas cada vez más grandes, daba con botas cada vez más grandes pasos cada vez más grandes y se proponía extender por todas partes la calamidad. Murió entonces de una herida en el pecho, que le había causado una mujer de madera, mi amigo Heriberto Truczinski. La mujer no murió. Quedó sellada y, so pretexto de reparaciones, fue a parar a la bodega del Museo.¿ Pero la calamidad no se deja guardar en bodega alguna. Halla paso con las aguas residuales hacia la cloaca, se comunica a las tuberías del gas, penetra en todos los interiores, y nadie de los que ponen su puchero a calentar sobre las azuladas llamitas sospecha que sea la calamidad la que cuece su bazofia.

Cuando Heriberto fue enterrado en el cementerio de Langfuhr, vi por segunda vez a Leo Schugger, a quien ya había conocido en el cementerio de Brenntau. Todos nosotros, mamá Truczinski, Gusta, Fritz y María Truczinski, la gorda señora Kater, el viejo Heilandt, que en los días de fiesta mataba para mamá Truczinski los conejos de Fritz, mi presunto padre Matzerath, que dándoselas de espléndido sufragó una buena mitad de los gastos del entierro, inclusive Jan Bronski, que apenas conocía a Heriberto y solamente había venido para ver a Matzerath y posiblemente a mí en el terreno neutral de un cementerio, todos recibimos de Leo Schugger babeante y tembloroso y tendiéndonos sus raídos guantes blancos, un confuso pésame en el que placer y dolor no alcanzaban bien a distinguirse uno de otro. Al aletear los guantes de Leo Schugger hacia el músico Meyn, que había venido mitad de paisano y mitad con el uniforme de los SA, se produjo un nuevo signo de calamidad inminente.

Asustado, el pálido tejido de los guantes de Leo cobró altura, se fue volando, y arrastró con él sobre las tumbas al propio Leo. Siguió gritando, pero los jirones de palabras que quedaban colgando de la vegetación del cementerio nada tenían de pésame.

Nadie se apartó del músico Meyn y, sin embargo, éste permanecía aislado en medio del duelo, reconocido y marcado por Leo Schugger y manoseando torpemente su trompeta, que había llevado expresamente y con la que poco antes, sobre la tumba de Heriberto, había tocado maravillosamente.  Maravillosamente, porque Meyn, lo que no hacía ya quién sabe desde cuando, había bebido ginebra, porque la muerte de Heriberto, que era de su misma edad, lo afectaba directamente, en tanto que a mí y a mi tambor dicha muerte nos hacía enmudecer.

Érase una vez un músico que se llamaba Meyn y tocaba maravillosamente la trompeta. Vivía en el cuarto piso, bajo el tejado de un inmueble de pisos de alquiler, mantenía cuatro gatos, uno de los cuales se llamaban Bismarck, y bebía de la mañana a la noche de una botella de ginebra, hasta que a fines del treinta y seis o a principios del treinta y siete, si no me equivoco, ingresó en la SA montada y, en calidad de trompeta de su banda, empezó a tocar con menos faltas, sin duda, pero ya no tan maravillosamente, porque al encajarse los calzones de montar reforzados con cuero abandonó la botella de ginebra y ya sólo soplaba en su instrumento sobrio y fuerte.

Al morírsele al SA Meyn su amigo de la infancia Heriberto Truczinski, con el que allá por los años veinte había pertenecido primero a un grupo de la Juventud Comunista y cotizado luego para los Halcones Rojos; cuando llegó la hora del entierro, Meyn tomó su trompeta y una botella de ginebra. Porque quería tocar maravillosamente y no en ayunas, y como, a pesar de su caballo bayo, conservaba su oído musical, todavía en el cementerio se echó otro trago y se dejó puesto para tocar el abrigo de paisano sobre el uniforme, pese a que se había propuesto hacerlo allí vestido de pardo, aunque con la cabeza descubierta.

Érase una vez un SA que, al tocar maravillosamente una trompeta iluminada por la ginebra junto a la tumba de su amigo de infancia, se dejó puesto el abrigo sobre su uniforme de SA montado. Y cuando aquel Leo Schugger que está en todos los cementerios quiso dar su pésame a la comitiva fúnebre, todos recibieron el pésame de Leo Schugger. Sólo el SA dejó de estrechar el guante blanco de Leo, porque Leo reconoció al SA, le tuvo miedo y, gritando le retiró el guante juntamente con el pésame. Y el SA hubo de irse sin pésame y con la trompeta fría a su casa, donde en su piso bajo el tejado halló a sus cuatro gatos.

Érase una vez un SA que se llamaba Meyn. De los tiempos en que bebiera diariamente ginebra y tocara maravillosamente la trompeta, Meyn guardaba en su piso cuatro gatos, uno de los cuales se llamaba Bismarck. Cuando un día el SA Meyn volvió del entierro de su amigo de la infancia y se sintió triste y sobrio otra vez, porque alguien le había rehusado el pésame, hallóse completamente solo en el piso con sus cuatro gatos. Los gatos se frotaban contra sus botas de montar, y Meyn les dio un papel de periódico lleno de cabezas de arenque, lo que los apartó de sus botas. Aquel día olía particularmente fuerte a gato en el piso, porque los cuatro gatos eran machos, y uno de ellos se llamaba Bismarck y era negro con patas blancas. Meyn no tenía ginebra en el piso. De ahí que oliera cada vez más fuerte a gato macho. Tal vez hubiera comprado alguna en nuestra tienda de ultramarinos, si no hubiera vivido en el cuarto piso bajo el tejado. Pero temía la escalera y temía también a los vecinos, ante los cuales se había cansado de jurar que ni una gota más de ginebra había de pasar por sus labios de músico, que ahora empezaba una nueva vida de estricta sobriedad y que en adelante se entregaría en cuerpo y alma al orden y no más a las borracheras de una juventud malograda y disoluta.

Érase una vez un hombre que se llamaba Meyn. Al encontrarse un día solo con sus cuatros gatos, uno de los cuales se llamaba Bismarck, en su piso bajo el tejado, disgustóle particularmente el olor de los gatos machos, porque por la mañana le había sucedido algo desagradable, y también porque no había ginebra en casa. Y comoquiera que el desagrado y la sed fueran en aumento, lo mismo que el olor a gato macho, Meyn, que era músico de profesión y miembro de la banda de SA montada, echó mano al atizador que estaba junto a la estufa fría de fuego continuo y atizó con él a los gatos, sin detenerse hasta que pensó que los cuatro, comprendido el gato llamado Bismarck, estaban definitivamente muertos, aunque el olor a gato no hubiera perdido en el piso nada de su virulencia.

Érase una vez un relojero que se llamaba Laubschad y vivía en el primer piso de nuestro inmueble de pisos de alquiler, en una habitación de dos cuartos cuyas ventanas daban al patio. El relojero Laubschad era solterón, miembro del Socorro Popular Nacional Socialista y de la Sociedad Protectora de Animales. Un hombre de buen corazón, Laubschad, que ayudaba a reponerse a los hombres fatigados, a los animales enfermos y a los relojes descompuestos. Una tarde en que el relojero se hallaba sentado y pensativo junto a la ventana meditando en el entierro de un vecino que había tenido lugar esa mañana, vio que el músico Meyn, que vivía en el cuarto piso del mismo inmueble, llegaba al patio y metía en uno de los dos botes de basura un saco de patatas a medio llenar que parecía estar húmedo por el fondo y goteaba. Y comoquiera que el bote de basura estuviera lleno de sus tres cuartas partes, con dificultad pudo el músico cerrar la tapa.

Érase una vez cuatro gatos machos, uno de los cuales se llamaba Bismarck. Estos gatos pertenecían a un músico llamado Meyn. Como los gatos no estaban castrados y esparcían un olor fuerte y predominante, un día en que por razones particulares el olor le resultaba particularmente molesto, el músico los mató con el atizador, metió los cadáveres en un saco de patatas, cargó con el saco los cuatro tramos de escalera y se apresuró a meterlos en el cubo de la basura al lado de la barra de sacudir las alfombras, porque el tejido del saco era permeable y, a partir del segundo piso, había empezado a gotear. Pero como el bote de la basura estaba ya bastante lleno, el músico hubo de apretar la basura con el saco para poder cerrar la tapa. Apenas habría acabado de salir del edificio por la puerta de la calle —porque no quiso volver al piso con olor a gato pero sin gatos—, cuando he aquí que la basura apretada empezó a distenderse otra vez, levantó el saco y, con el saco, la tapa del bote de la basura.

Érase una vez un músico que mató sus cuatro gatos, los enterró en el bote de la basura y dejó la casa para buscar a sus amigos.

Érase una vez un relojero que estaba sentado y pensativo junto a la ventana y vio que el músico Meyn apretujaba un saco a medio llenar en el bote de la basura y se marchaba, y que también a los pocos momentos de la salida de Meyn la tapa del bote de la basura empezaba a levantarse y se iba levantando cada vez un poco más.

Érase una vez cuatro gatos, los cuales, porque un día determinado olieron particularmente fuerte, fueron muertos, metidos en un saco y enterrados en el bote de la basura. Pero los gatos, uno de los cuales se llamaba Bismarck, no estaban completamente muertos, sino que, como suelen serlo los gatos, eran muy resistentes. Así que empezaron a moverse dentro del saco, hicieron moverse la tapa del bote de la basura y plantearon al relojero Laubschad, que seguía sentado y pensativo junto a la ventana, esta pregunta: ¿a que no adivinas lo que hay en el saco que el músico Meyn ha metido en el bote de la basura?

Érase una vez un relojero que no podía ver con tranquilidad que algo se moviera en el bote de la basura. Salió pues de su habitación del primer piso del inmueble de pisos de alquiler, bajó al patio del edificio, abrió el bote de la basura y el saco y se llevó los cuatro gatos destrozados pero aún vivos, con el propósito de curarlos. Pero se le murieron aquella misma noche entre sus dedos de relojero, y no le quedó más remedio que denunciar el caso a la Sociedad Protectora de Animales, de la que era miembro, e informar a la Jefatura local del Partido de aquel acto de crueldad con los animales, que perjudicaba el prestigio del Partido.

Érase una vez un SA que mató cuatro gatos, pero fue traicionado por éstos, que no estaban muertos todavía, y denunciado por un relojero. Se le siguió proceso judicial, y el SA hubo de pagar una multa. Pero también en la SA se discutió el caso, y el SA fue expulsado de la SA por causa de su comportamiento indigno. Y aunque en la noche del ocho al nueve de noviembre del treinta y ocho, que habían de llamar más tarde la Noche de Cristal, el SA se distinguiera por su valor, prendiera fuego junto con otros a la sinagoga de Langfuhr de la calle de San Miguel y colaborara también activamente, la mañana siguiente, en la evacuación de algunas tiendas certeramente señaladas de antemano, todo su celo no logró sin embargo, evitar que el SA fuera expulsado de la SA montada. Se le degradó por crueldad inhumana con los animales y se le borró de la lista de los miembros. Sólo un año más tarde consiguió ingresar en la Milicia Territorial, absorbida posteriormente por la SS.

Érase una vez un negociante en ultramarinos que un día de noviembre cerró su tienda, porque en la ciudad ocurría algo, tomó de la mano a su hijo Óscar y se fue con él, en el tranvía de la línea número 5, hasta la Puerta de la calle Mayor, porque allí, lo mismo que en Zopot y en Langfuhr, ardía la sinagoga. Había acabado ya casi de arder, y los bomberos vigilaban que el incendio no se extendiera a las otras casas. Frente a los escombros, gente de uniforme y de paisano iba amontonando libros, objetos del culto y telas raras. Se prendió fuego al montón, y el negociante en ultramarinos aprovechó la oportunidad para calentarse los dedos y los sentimientos al calor del fuego público. Pero su hijo Óscar, viendo a su padre tan ocupado y enardecido, se deslizó disimuladamente y corrió hacia el pasaje del Arsenal, intranquilo por sus tambores de hojalata esmaltados en rojo y blanco.

Érase una vez un vendedor de juguetes que se llamaba Segismundo Markus y vendía, entre otros, tambores de hojalata esmaltados en rojo y blanco. Óscar, al que acabamos de mencionar, era el principal comprador de dichos tambores, porque era tambor de profesión y no podía ni quería vivir sin tambor. Eso explica que se fuera corriendo de la sinagoga en llamas hacia el pasaje del Arsenal, porque allí vivía el guardián de sus tambores; pero lo encontró en un estado que en lo sucesivo o al menos en este mundo le había de imposibilitar seguir vendiendo tambores.

Ellos, los mismos artífices del fuego, que Óscar creía haber dejado atrás, ya se le habían adelantado y visitado a Markus, habían mojado en color el pincel y, en escritura Sütterlin, habían escrito a través del escaparate las palabras «puerco judío», y luego, descontentos tal vez de su propia caligrafía, habían roto con los tacones de sus botas el vidrio del escaparate, de modo que el título que le habían colgado a Markus ya sólo se dejaba adivinar. Despreciando la puerta, se habían metido en la tienda por el escaparate desfondado y jugaban, sin el menor disimulo, con los juguetes para niños. Todavía los encontré jugando cuando yo mismo entré por el escaparate. Algunos se habían bajado los pantalones y habían depositado unos salchichones pardos, en los que podían distinguirse todavía guisantes a medio digerir, sobre los barquitos de vela, los monos violinistas, sobre mis tambores. Todos se parecían al músico Meyn y llevaban uniformes de SA como Meyn, pero Meyn no estaba, así como los que estaban allí tampoco estaban en otra parte. Uno de ellos había sacado su puñal. Abría con él el vientre de las muñecas, y parecía sorprenderse cada vez de que de los cuerpos y miembros repletos sólo salieran virutas de aserrín.

Yo estaba inquieto por mis tambores. Pero mis tambores no parecían gustarles. Mi instrumento no se atrevió a enfrentarse a su cólera: hubo de permanecer mudo y doblar la rodilla. Pero Markus sí se había sustraído a su cólera. Cuando se proponían hablarle en su despacho, no se les ocurrió llamar con los nudillos, sino que hundieron la puerta, a pesar de que no estaba cerrada. El vendedor de juguetes estaba sentado detrás de su escritorio. Sobre la tela gris oscura de su traje de diario llevaba puestos, como de costumbre, los mitones. Una poca caspa sobre sus hombros revelaba la enfermedad de su pelo. Un SA, que llevaba en las manos unos títeres, le dio un maderazo con la reja del guiñol; pero a Markus ya no se le podía hablar, ni se le podía ofender. Sobre el escritorio veíase un vaso, que la sed le hubo de hacer vaciar en el preciso instante en que el chillido del vidrio del escaparate, al saltar en astillas, vino a secarle la garganta.

Érase una vez un tambor llamado Óscar. Cuando le quitaron al vendedor de juguetes y saquearon la tienda del vendedor de juguetes, tuvo el presentimiento de que para los tambores enanos de su especie se anunciaban tiempos calamitosos. Así, pues, al salir echó mano a un tambor sano y a otros dos casi indemnes y, colgándoselos al hombro, dejó el pasaje del Arsenal y se fue al Mercado del Carbón a buscar a su padre, que tal vez lo estuviera buscando a él. Afuera caía la tarde de un día de noviembre. Junto al Teatro Municipal, cerca de la parada del tranvía, había unas religiosas y unas muchachas feas que tiritaban de frío y repartían unos cuadernos piadosos, recogían dinero en alcancías de lata y llevaban entre los palos una pancarta de tela cuya inscripción citaba la primera epístola a los Corintios, capítulo trece: «Fe — Esperanza — Amor», leyó Óscar, y podía jugar con las tres palabritas lo mismo que un malabarista con sus botellas: crédulo, gotas de Esperanza, pildoras de Amor, fábrica de Buena Esperanza, leche de la Virgen del Amor, asamblea de creyentes o de acreedores. ¿Crees que lloverá mañana? Todo un pueblo crédulo creía en San Nicolás. Pero San Nicolás era en realidad el hombre que encendía los faroles de gas. Creo que huele a nueces y almendras. Pero olía a gas. Creo que estaremos pronto en el primer Adviento, oíase. Y el primero, segundo, tercero y cuarto Advientos se abrían como se abren las espitas del gas, para que oliera verosímilmente a nueces y almendras, para que todos los cascanueces pudieran creer confiadamente:

¡Ya viene! ¡Ya viene! ¿Quién viene? ¿El Niño Jesús, el Salvador? ¿O era el celestial hombre del gas con el gasómetro, que hace siempre tic tac, bajo el brazo? Y dijo: Yo soy el Salvador de este mundo, sin mí no podéis cocinar. Y aceptó el diálogo, ofreció una tarifa favorable, abrió las llavecitas recién pulidas del gas y dejó salir al Espíritu Santo, para que pudiera asarse la paloma. Y distribuyó nueces y almendras mollares, que al partirse allí mismo desprendían también emanaciones: espíritu y gas, a fin de que los crédulos pudiesen ver sin dificultad, entre el aire espeso y azulado, en todos los empleados de la compañía y a la puerta de los grandes almacenes, Santos Nicolases y Niños Jesuses de todos los precios y tamaños. Y así creyeron en la compañía de gas, sin la cual no hay salvación posible, y la cual, con la subida y la caída de los gasómetros, simbolizaba el Destino y organizaba a precios de competencia un Adviento que hacía creer a muchos crédulos en la posible Navidad. Pero no habrían de sobrevivir a la fatiga de las fiestas sino aquellos que no alcanzaron una provisión de almendras y de nueces suficiente, aunque todos hubieran creído que había de sobra.

Pero luego que la fe en San Nicolás se reveló cual fe en el hombre del gas, recurrieron, sin respetar el orden de secuencia de la epístola a los Corintios, al Amor. Está escrito: te amo, oh, sí, te amo. ¿Te amas tú también? Y dime, ¿me amas tú también, me amas verdaderamente? Yo también me amo. Y de puro amor llamábanse rabanitos los unos a los otros, amaban a los rabanitos, se mordisqueaban y, de puro amor, un rabanito le arrancaba de un mordisco el rabanito a otro. Y unos a otros se contaban ejemplos de maravillosos amores celestiales, aunque también terrenos, entre rabanitos, y poco antes de morder susurrábanse mutuamente, alegre, famélica y categóricamente: Dime, rabanito, ¿me quieres? Yo también me quiero.

Pero luego que por puro amor se hubieron arrancado a mordiscos los rabanitos y que la creencia en el hombre del gas se hubo convertido en religión del Estado, ya no quedaba en almacén, después de la fe y del amor anticipado, sino el tercer artículo invencible de la epístola a los Corintios: la Esperanza. Y mientras seguían royendo todavía los rabanitos, las nueces y las almendras, esperaban ya que aquello terminara pronto, para poder empezar de nuevo a esperar o para seguir esperando, después de la música final o aun durante la música final, que pronto se acabara de acabar. Y seguían todavía sin saber qué era lo que había de acabar. Esperando sólo que pronto acabaría, que mañana acabaría y que ojalá hoy no acabara todavía, porque, ¿qué sería de ellos si aquello acabara de repente? Y cuando luego aquello se acabó de verdad, empezaron en seguida a hacer del final un nuevo principio lleno de esperanza, porque, entre nosotros, el final es siempre un principio, y hay esperanza en todo final, aun en el más definitivo de los finales. Y así está también escrito. Mientras el hombre espere, volverá siempre a empezar a esperar el final lleno de esperanza.

Yo, sin embargo, no lo sé. No sé, por ejemplo, quién se esconde hoy en día bajo las barbas de San Nicolás, no sé lo que el Diablo lleva en su alforja, no sé cómo se abren y cierran las llaves del gas; porque vuelve a difundirse un aire de Adviento, o sigue difundiéndose todavía, no lo sé, tal vez a título de ensayo, no sé para quién estarán ensayando, no sé si puedo creer, ojalá sí, que limpien con amor las llaves crestadas del gas para que canten no sé cuál mañana, no sé cuál tarde, ni sé si las horas del día tienen algo que ver con ello; porque el Amor no tiene horas, y la Esperanza no tiene fin, y la Fe no tiene límites; sólo la ciencia y la ignorancia están ligadas al espacio y al tiempo, y terminan ya las más de las veces prematuramente en las barbas, las alforjas y las almendras mollares, de modo que he de volver a repetir: Yo no sé, oh, no sé, por ejemplo, con qué llenan las tripas, cuáles tripas se necesitan para llenarlas, no sé con qué, por más legibles que sean los precios del relleno, fino o grosero; no sé lo que está comprendido en el precio, no sé de qué diccionario sacan los nombres de los rellenos, no sé con qué llenan los diccionarios, lo mismo que las tripas; no sé de quién sea la carne ni de quién el lenguaje: las palabras significan, los carniceros callan, yo corto vidrios, tú abres los libros, yo leo lo que me gusta, tú no sabes lo que te gusta: cortes de embutido y citas de tripas y de libros —y nunca llegaremos a saber quién hubo de callar, quién hubo de enmudecer para que las tripas pudieran llenarse y los libros pudieran hablar, libros embutidos, apretados, de letra menuda, no sé, pero sospecho: son los mismos carniceros los que llenan los diccionarios y las tripas con lenguaje y con embutido; no hay ningún Pablo, el hombre se llamaba Saulo, y Saulo habló a los de Corintio de unos embutidos prodigiosos, que llamó Fe, Esperanza y Amor, y los alabó como de fácil digestión, y todavía hoy, bajo algunas de las formas siempre cambiantes de Saulo, trata de colocarlos.

A mí, sin embargo, me quitaron al vendedor de juguetes y, con él, querían eliminar del mundo los juguetes.

Erase una vez un músico que se llamaba Meyn y tocaba maravillosamente la trompeta.

Erase una vez un vendedor de juguetes que se llamaba Markus y vendía unos tambores de hojalata esmaltados en rojo y blanco.

Erase una vez un músico que se llamaba Meyn y tenía cuatro gatos, uno de los cuales se llamaba Bismarck.

Erase una vez un tambor que se llamaba Óscar y dependía del vendedor de juguetes.

Erase una vez un músico que se llamaba Meyn y mató a sus cuatro gatos con el atizador.

Erase una vez un relojero que se llamaba Laubschad y era miembro de la Sociedad Protectora de Animales.

Erase una vez un tambor que se llamaba Óscar y le quitaron a su vendedor de juguetes.

Érase una vez un vendedor de juguetes que se llamaba Markus y se llevó consigo todos los juguetes de este mundo.

 Érase una vez un músico que se llamaba Meyn y, si no ha muerto ha de seguir viviendo todavía tocando de nuevo maravillosamente la trompeta.
(pp.183-191)

2 comentarios:

  1. Grass tiene esa ternura que me puede, aun a pesar de cuánto me cuesta acabar El rodaballo. Grass le canta a la vida. Un abrazo.

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  2. "El tambor..." se me quedó pendiente hace muchos años, cuando leí con mucho deleite "El gato y el ratón". No sé por qué no pase a ésta otra. Este largo fragmento me hace pensar en un realismo mágico a la germana, que no es poca cosa. De la misma manera que saldé hace unos meses mi deuda con Kundera y su "Insoportable levedad...", bien podría acudir a Óscar, Meyn, Markus, el relojero, el gato Bismark y todos los demás.

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