domingo, 2 de marzo de 2014

Calas





Me gustaba caminar por las calles, soñando que podíamos encontrarnos en un juego de caprichos y azares que me rememoraba a La Maga y Oliveira, pero sin París de fondo y con una ciudad que parecía escupirnos su indigencia a cada paso.


No recuerdo bien el momento en que nos conocimos. Ambos estábamos demasiado perplejos para recuperar ciertos detalles aunque nuestras pieles percibieron lo más importante: una soledad visible y cruel; el mal de nuestro tiempo con demasiadas personas y ninguna compañía.

Así estábamos. Así nos conocimos. Así aprendimos a querernos. Vos jurabas que lo nuestro era un accidente, que no había empezado bien y debía terminar peor. Yo sonreía y te enmudecía con besos, con la sospecha de que tenías razón.

No era fácil estar juntos. Nunca lo sería. Solo había un nombre posible para nuestra relación y quizás por eso nos refugiábamos en Machado y espantábamos el desamparo, redoblando una apuesta de dos.

Hasta que un día ocurrió lo previsible:

—Me voy —dijiste.

—¿Adónde?

—Sabés dónde.

—Pero pensé que aquello era un mal sueño.

Negaste con un leve movimiento de cabeza, esos que cargan certezas ineludibles.

—Quitá esa mirada. Sabías que era así. Desde un principio.

—Lo sé —contesté— ¿Te puedo acompañar?

—Sólo hasta la entrada —replicaste con dureza.

Caminamos en silencio, tomados de la mano. Vos fumabas el último cigarrillo y me convidaste un par de pitadas. Ahora el que negaba con la cabeza era yo y cuando más nos acercábamos a destino, más lejana era tu presencia. Podía sentir como te disolvías entre mis dedos y te alejabas, pese a estar a mi lado.

Entonces nos detuvimos. La arcada del cementerio nos recibió con apatía.

—¿Sabés dónde hallarme?

—Tercer pasillo a la derecha, al final del corredor. Tu foto sigue siendo hermosa pero no se ajusta a la realidad.

—¿Cuál realidad? —preguntaste y me besaste en los labios. Arrancaste una de las calas que adornaban el jardín y me la dejaste en el bolsillo de la camisa. Devolví la sonrisa y bajé la mirada, embriagado por el aroma de la flor. Cuando levanté la vista, habías desaparecido.

Me costó olvidarte. Había días que tu ausencia horadaba los huesos y la pena estiraba demasiado las horas. Entonces iba por las calas. Así conocí a Clara, la chica de la florería que no se parece a vos pero no se sorprendió cuando le conté de nuestro cruce imposible al ritmo de un invierno viejo.

Desde entonces venimos juntos, la habrás visto. Se acurruca contra mi cuello y me abraza con fuerza mientras te dejamos una flor, en una suerte de compañía contra el olvido en que solemos dejar a los que parten sin regreso.

*Texto que, con ligeras variantes, estaba publicado en mi espacio anterior "Con letra propia".

2 comentarios:

  1. ... la pena estiraba demasiado las horas...

    Bello texto para una triste historia. O tal vez no tanto, si es la realización de un imposible que tal vez no pudo durar, pero sí ser.

    Un gusto leerte siempre, Horacio

    Un beso grande

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  2. Y no habrá tenido un final.... ¿feliz?, pero ¡Qué historia!

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