lunes, 24 de marzo de 2014

Veinticuatro (II)


Hoy

... Anoche, luego de casi dos semanas, rodeados de escombros, paredes destruidas y voces que se entremezclan con los sonidos de la llanura, decidimos volver a la ciudad.

Ninguno de los dos dijo nada, sólo nos miramos y lo supimos. Complicidades tácitas entre quienes habitamos las tierras en donde el horizonte se funde contra el cielo y alberga misterios, preguntas, solidaridad. Como la de los habitantes de La Colonia, que supieron guardar un secreto y protegieron la retirada de Martín, quizás porque la mayoría eran inmigrantes y todos habían huido alguna vez de algo. O porque lo sintieron como un par, un extraño que intentó darle un sentido a su estancia en La Colonia prestando libros y participando en la escasa vida pueblerina. Un perseguidor de gestos inútiles y necesarios que intentaba no enloquecer ni pensar que tanto su mundo como el de los pobladores se deshacía en pedazos.

Debo confesar que ya no sé si estoy intentando reconstruir su historia o contando la mía. No somos tan diferentes. Todos buscamos la felicidad, la plenitud del ser humano. Algunos pensaron que esa felicidad era la del pueblo y dieron la vida por ello. Otros fuimos menos generosos y caímos en las trampas de las pequeñas seguridades. Pero si hay algo que quedó en claro de aquellos años, es que todos fuimos derrotados. Basta escucharlo al presidente que afirma haber leído a Sócrates o soportar sus bravuconadas como “ramal que para, ramal que cierra”, mientras los cortesanos de turno aplauden sus excentricidades.

“Tome Leandro”, dice el detective y me alcanza una taza de café. Se acerca nuestra última noche en La Colonia y el frío sorprende por su dureza, casi solidario con nuestra presencia en esta casa deshabitada con forma de olvido.

Releo una de las últimas anotaciones de Martín en su cuaderno. Es una cita de La Ilíada. “El no sabía hacer otra cosa, por eso se fue” desliza Flores mientras revisa por enésima vez los preparativos para el viaje, a primera hora de la mañana. El también ya hizo su despedida y desapareció durante el día. “Fui a dar una ronda”, contestó ante mi mirada.

(Fragmento del capítulo XXXIV, de la novela, "El porvenir es una ilusión", editada por Colisión Libros, en el año 2012)

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