viernes, 18 de abril de 2014

Oficio de galeotes

Foto: Gabriel García Márquez, por Eva Rubinstein, 1981

Me acerqué a Gabo con una edición cubana de “Cien años de soledad”. Eran los noventa, cuando Argentina se desmembraba y la realidad tenía mucho de Macondo. Ahí simpaticé con Aureliano y su tenacidad.

Luego llegaron otro libros.Como no maravillarse con “Crónica de una muerta anunciada”, o “El coronel no tiene quien le escriba”, que me retrotrajo a los que siempre esperan por algo que no llega, pero esperan y apuestan. En la apuesta está el secreto para no bajar las brazos.

“El nuestro es un oficio de galeotes, no de diletantes”, escribió en “Cómo se cuenta un cuento”. Uno bucea en las palabras, acaricia sus variantes para quedarse con sus matices. El tiempo trajo esta certeza a la hora de escribir. Acaso la única. Y el placer por contar.

Creo que “Era inevitable: el olor de las almendras amargas le recordaba siempre el destino de los amores contrariados”, debe ser uno de los mejores inicios de una novela.

Gabo es un maestro en el arte de contar la vida con su fantasía y realidad donde, por lo menos para quien escribe, las fronteras no son tan claras. Como manifiesta Giardinelli, qué otra cosa no es la literatura sino “la visión alusiva de lo que pasa en la vida. Es una visión que siempre hace alusión y elusión para contar y —al mismo tiempo— generar la ilusión de que estamos leyendo una ficción, cuando en realidad, estamos leyendo la vida misma”.

Se fue Gabo. Se han ido demasiados en pocos días. Para espantar la pena y no quedarnos con un sabor amargo (a propósito de sabores y olores), comparto un texto que ya fuera publicado en Plan B Noticias, portal en el que trabajo como periodista:

La Dorita III

Vio el frasco sobre la mesa. La radio seguía con su estática, interrumpida por el pitido del móvil. “Ma, sí”, pensó. Tomó el regalo del pibe y fue a la panadería.
La mañana languidecía y un cielo plomizo se asomaba en el horizonte, en una planicie que se extendía hasta lo imposible y juntaba las nubes con la tierra en una duermevela confusa, de espanto y silencio.
La Dorita atendía a las vecinas del barrio. La vio, el guardapolvo cuadriculado y ese botón que se le soltaba en el inicio del escote y el deseo.
—Hola, Martínez. ¿Qué necesita?
Cruzaron miradas  y él miró su frasco con almendras azucaradas.
—¿Leyó a García Márquez?
—¿A quién?
—Es un escritor, creo que no es de acá.
—Mire, Martínez, lo último que leí, fue la receta que le llevé al farmacéutico. A propósito, con los precios de los remedios, entiendo por qué la gente se muere.
Él sonrió.
—Bueno, dígame qué quiere.
Tome, son para usted.
—¿Para mí? ¿Por qué?
Sintió la transpiración en la palma de la mano. Era ahora o nunca.
—En realidad... fue idea del pibe, de Vicente.
—¿El opa? Usted también, ¿Por qué le hace caso? Es un amor, pero está loco de remate.
—No crea, ¿eh?
—Bueno, basta dígame a qué vino. Y por qué me va a regalar esas almendras? Ni siquiera sabe si me gustan.
—No me diga que no le gustan...
Ella lo miró: vio el miedo en sus ojos.
—Bueno... sí me gustan. Pero todavía no me dijo por qué me las regala.
—Porque tienen azúcar, desengualichan a los amores contrariados... Algo así dice el colombiano éste que le nombré... O Vicente, ya no sé...
—Oiga. ¿me está invitando a salir?
—Bueno, si lo quiere ver así... Sí.
—¿Y por qué no lo dijo antes? Mire que es complicado, eh? —dijo con una sonrisa. De pronto, la campanilla de la puerta se movió y entró Rosinda, la solterona, que le echó un vistazo al frasco y otro a la Dorita, frunciendo el ceño.
—¿Qué desea, Doña? —preguntó la panadera con una sonrisa.
—Lo de siempre —ladró— ¿Pero no estaba éste?
—Él puede esperar —contestó.
Martínez bajó la vista, tentado de hacer estallar el frasco en la cabeza de la vieja.  Pero se contuvo, al fin y al cabo, las almendras eran su salvación.
—¿Y usté? No tiene que estar patrullando las calles?
—¿Qué? ¿Le pasó algo?
—Los pendejos esos... manoseándose detrás de mi paredón... anoche.
—Acá tiene su pan, Doña —interrumpió ella. La anciana pagó, tomó el paquete con cierta brusquedad y se retiró del negocio.
—¿Y?
—¿Y qué? —preguntó Martínez.
—¿Me va a convidar una almendra?
El oficial abrió el frasco y le convidó una. Ella lo miró y cierto resplandor le brilló en la mirada. —Exquisitas...
—¿Vio? Tenía razón el pibe...
—Cierro en un rato. ¿Nos vemos en la plaza?
—Allí la espero —contestó y supo que tocaba el cielo con las manos.

1 comentario:

  1. Resulta estrenecedor pensar que de una generación tan portentosa sólo quede vivo Vargas Llosa: una coincidencia tal de grandes creadores literarios sólo se dio en la primera mitad del siglo XX en EEUU y en la segunda en Latinoamérica. Yo sigo sin decidirme entre la magia de Cien años de soledad y la emoción arrasadora de El amor en los tiempos del cólera. Por cierto, manejas estupendamente el dificil arte del diálogo. Saludos.

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