lunes, 2 de junio de 2014

Humores




Entonces se convenció que tenía razón: el cuerpo delataba los humores del alma. Lo comprobó al despertarse con la tristeza rodeándole los párpados. No supo cómo, pero ella se alojó desde temprano. Podía sentirla reposada en las ojeras, silenciosa, recurrente, demasiado cómoda, en realidad.

Acaso esa realidad era la culpable de su visita cuando lo que llamamos azar hizo que se cruzaran en la calle. Él iba de la mano de su chica y ella evitó mirarlo, aunque supo que se reconocieron. Quizás fue debido a la piel que se erizó a su antojo, como reconociendo o recordando encuentros pasados. Memorias que el cuerpo guarda, dicen.

Lo cierto es que ambos fingieron no verse y siguieron su camino. Él de la mano de su chica, ella acompañando a su mamá, a cobrar la jubilación. La mañana siguió con su rutina y el día naufragó en el olvido, como tantos.

Pero la tristeza quedó. De nada servía preguntarse qué había fallado o por qué habían tomado caminos diferentes. Era escarbar donde hiere. No hacía falta. Para eso estaba el mundo que los rodeaba, empecinado en ser adverso.

Mientras se lavaba la cara y fijaba la vista en el espejo, supo qué debía hacer. El aroma del café aprobó su decisión y la tristeza sobre su ojera se movió incómoda, acaso frustrada. Encendió el ordenador y tecleó las primeras líneas, derramando palabras, como no podía ser de otra manera.

3 comentarios:

  1. Tan lindo!!! Siempre me encuentro con algún recuerdo....tan lejano

    ResponderEliminar
  2. La tristeza tiene vida propia y entra en nosotros como huésped indeseado: basta un encuentro por la calle para abrir de par en par las puertas de algo que se cerró en falso en el pasado y que de pronto se vuelve ruta de acceso, melancolía, ojera y texto. Abrazo desde España...

    ResponderEliminar

Bienvenid@ a Ecos y matices, contame qué opinás