domingo, 20 de julio de 2014

El gato gris





Mirá, amanece. No hagas muchos bochinche que se van a despertar todos. La casa sigue en silencio pero de a poquito comenzarán a sonar los ruidos en la cocina. Mamá duerme, la abuela también. Seguro que si me asomo por la ventana podré ver a Doña Emilia barriendo la vereda. Como hace siempre.



También es seguro que espera que llegue don Raúl. Me da pena ese señor, siempre borracho, como si no pudiera sentirse bien si no toma el vino de Don Cosme y no se hubiese acostumbrado a la partida de la María, cuando todavía había tren y estaban juntos.

Me llamo Encarnación. No es un nombre que me guste mucho, pero es el que eligió mi mamá. Vivo en San Carlos de la Buenaventura, un caserío originado con la quimera del oro. Según repiten nuestros viejitos, un grupo de soldados que había desertado del ejército se topó con un arroyo (en la actualidad seco) en el que brillaban algunas piedritas doradas. Uno de ellos, tomó una y pronunció la palabra mágica.

Así se formó este caserío. El sueño terminó hace muchos años cuando el arroyo se convirtió en piedras y el oro que alguna vez trajo se quedó escondido en su veta, quizás en las montañas que se veían en el horizonte. Algunos pobladores hicieron expediciones pero nunca consiguieron nada, sólo regresaban cubiertos de polvo y desilusionados.

Ahora, el pueblo se va despoblando, como el goteo de esa canilla. Quedan los viejos y sus nostalgias, mujeres solas con hijos y algunos jóvenes que no saben si partir por mejor suerte o quedarse aquí con sus mayores.

Mañana es mi cumpleaños. El último que puedo contar con las dos manos. Como siempre, mamá está muy nerviosa y pelea con la abuela. A veces se dicen cosas que no entiendo pero que la entristecen a la mami y se queda mirando el horizonte, donde la tierra se junta con el cielo, como esperando algo.

Y yo sé qué espera, porque me lo ha contado más de una vez. No hace mucho, una mañana el suelo tembló y la avenida principal del pueblo se vio invadida de camiones atestados de bártulos y animales. En una de las cajas podía leerse “El fabuloso Circo de los Hermanos Rojas”.

La caravana dio una vuelta alrededor de la plaza y estacionó. Mientras los curiosos comenzaban a juntarse murmurando, surgió desde la nube de polvo un payaso con grandes babuchas rojas y dijo:

—¡Buena vida, amigos míos!; ¿hay en este bello paraje algún lugar en dónde asentar nuestro circo?
—Si sigues esta calle hasta el final, te encontrarás con la vieja estación del ferrocarril. Allí hay un buen terreno —contestó un viejo temeroso que lo que veía no fuera real.
–Muy gentil, mi señor –contestó el payaso con una ridícula reverencia y se subió al camión.

El pueblo se convulsionó. La llegada del circo reavivó la vida pueblerina y todos esperaron con ansiedad el estreno, anunciado para la jornada siguiente. Llegó la noche y todo el pueblo estaba allí, incluida mi mami.

Según cuenta la abuela, mamá quedó embobada con uno de los trapecistas, “un señor moreno, fuerte, con el pelo largo hasta los hombros, y la malicia del diablo en sus ojos.” Tan embobada quedó que de aquel encantamiento nací yo.

La abuela siempre dice que Dios la castigó y por eso a mí no me dio el don del habla. Pero yo me las arreglo igual con un cuaderno y un lápiz. Además, para lo que hay que decir.

Mamá sigue esperando al trapecista. A veces se pasa las horas sentada en la oficina abandonada de la estación, y sonríe como una tonta, mirando las vías cubiertas de yuyos.

¿Sabés? Anoche soñé que una nube de polvo se acercaba al pueblo. Poco a poco se transformaba en una caravana de viejos camiones y de uno de ellos bajaba un hombre muy alto y moreno, me daba un beso, jugaba con mis trenzas y te dejaba acá.


Y vos me despertaste. Estabas en la ventana, con tus maullidos y ese pelaje gris tan bonito. Yo sé que van a pensar que estoy loca pero no importa. Sé que es el regalo del trapecista que no se olvidó de nosotras.

Publicado también en Plan B Noticias

1 comentario:

  1. Me hace pensar en los pueblos despoblados que nos dejaron los 90... esa nostalgia... Un abrazo.

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