viernes, 4 de julio de 2014

Los libros que vamos a escribir se presienten





… Ah, hoy la novela que quisiera escribir está más lejos. Oigo sus tacones, en otra calle, en otra ciudad, fumando un Marlboro rojo frente al graffiti de Chalo, el graffiti ese que dice Mami perdóname, no me dejes. Y aunque estoy convencida de que es una novela corta a veces la presiento tan extensa, tan inabarcable, o peor, incomenzable. Seré yo, que estos meses ando sordomuda, desprovista de ese estar empedernido para renombrar la versión de aquello que me nombra a mí, sótano donde se van almacenando las desganas, la flojera de los bombillos de 12 vatios. La dispersión tiene la fuerza de los agujeros negros. Una cucaracha marrón, radioactiva, mastica lentamente mi novela, rompe esa funda, ese estómago, ese alambique donde las cosas van almacenándose y destilándose en uno. Enhorabuena que la autoestima sea un producto renovable. Cierro los ojos y prometo no morir sin antes escribirla, se lo prometo a mi novela, que me estira los brazos mientras la cucaracha le devora el estómago, y duermo, duermo para olvidar, para evadir, para no encontrarme con que sospecho terriblemente sobre el novelar, que de cierta forma me da lo mismo, y que quisiera que todas las voces que salen de las cosas me dejaran en paz, sobre todo cuando la literatura me cansa, cuando sube a mi triste ego en su elevador y lo tienta como tentó el diablo a Jesucristo, y le ofrece cosas, la literatura ofrece cosas, las mismas cosas que ofrecen los genios de las botellas, prestigio, fama, y mientras más deseos pides más endeudado quedas, porque los genios no regalan deseos; los fían. Pero después, cuando las cosas se callan, ¿qué sucede cuando las cosas se callan?, ¿a qué clase de perversión me enfrento? Humilla sospechar que no eres bueno para escribir, y que tu vida se resume en una simple actitud para escribir una gran novela que se halla muy por encima de ti. En cierto modo sólo escribo cuando me siento joven, cosas de vieja.

A la novela que quisiera escribir le gusta sentarse en la jardinera del museo Los Clavos, frente a una máquina de escribir Olimpia del año 1876. Es que se aquieta contra lo antiguo. Por otra parte, mi novela huele a engrudo. A engrudo seco. Y tiene la textura del silicón. No es agua. No es chicle. No es saliva. Es un engrudo al que se le pega lo inútil, lo bárbaro, lo cotidiano. Clásica, ligera, vanguardista, no sé. Sé que se halla atascada entre dos tiempos, como la mujer, atascada entre el tiempo de la madre y su propio tiempo. La gente no cree que las ideas puedan olerse, escucharse, que tengan formas físicas aunque se rijan con leyes de otro mundo. Si confesé que a mi novela le agrada caminar entre antigüedades puedo atreverme un poco más y decir, por ejemplo, que es blanca, y que me atormenta en las noches, cuando los párpados caen y mi cuerpo se niega a teclear nada más en lo imaginario.

Esta poética de la confesión me anima a revelar un terror alcalino, es un terror supremamente ácido y relampagueante, y es como pegar la lengua a una batería de radio: ¡me aterra pensar que alguien se adelante y escriba la novela por mí!

Los libros que vamos a escribir se presienten. Pasó una vez, hace bastante tiempo, a finales del noventa. Me hallaba en una provincia trujillana al amparo de una edad prolífica en naderías. Para entonces la idea de un libro me rondaba y ya comenzaba a descender lentamente hacia los dedos de mis manos. Podía ver su espíritu caminando sobre las aguas y olfatear su olor a niebla. No recuerdo exactamente las razones de mi permanencia en aquel lugar montañoso, durante aquella belle époque viajar representaba una profunda pasión, a la cual se sumaba un encanto por la geografía y la gente contrastante de mi país. Sólo me veo esculcando la biblioteca del señor Antonio González, un campesino amenazado por la soledad y la sarna de su perro. ¡Cuando de pronto lo vi! Portaba funda color verde, un verde aterciopelado donde las letras doradas de la marca editorial iban borrándose, como metiéndose en la tapa interior, reposada sobre una contraportada amarilla y sucia, y donde estaba impreso el nombre de Publius Ovidius Nason, justamente encima del título Ars Amandi, traducido a un español lento y pesado como una procesión de escarabajos. Quise hojearlo, pero las hojas contenían el ruido de las galletas de soda, temí deshacer el libro cuando la esquina de la página trece se quebró. Ese era, confieso, el libro que yo quería escribir, El arte de amar, y que no debía tener menos de dos mil años escrito. Ridiculizada, herida, vencida por dos rotundos milenios de anticipación, le compré el ejemplar a Don Antonio por una suma ridícula, envidiando el compendio de magnánima biblioteca que había sido heredada sin esfuerzo, pero cagada desde el rodapié hasta los últimos entrepaños por las gallinas y los gansos que se movían entre la casa como objetos salvajes. Apetecí aquella biblioteca avivada por el analfabetismo del señor Antonio, al que mi necia juventud despreciaba, valiéndome de ella para arrancarle varios clásicos franceses y mucha literatura rusa. Ya en la plaza leí lo que me pareció una dolorosa y humillante coincidencia, tomando en cuenta que a esa edad las ideas propias parecen originales, y no mascadas o vomitadas de perros.


(Linares, Sol, “Percusión y Tomate”, Venezuela, Fundación Editorial “El perro y la lana”, 2010.-pp.34-37)

1 comentario:

  1. ''Los libros que vamos a escribir se presienten''... No hay mejor forma para describir aquellas historias que se ocultan en nuestras mentes, que parecen nuestras y no lo son.
    Me gustó mucho el breve texto de la autora. La buscaré.
    Saludos.

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