jueves, 14 de agosto de 2014

Espiar desde una curva del camino



“Mi indisimulado placer en lo fantástico y lo desaforado siempre descansó en la firme creencia de que una historia no es más que el fantasma de una vida. O viceversa. La literatura es una calle de doble mano. Y las vidas cuando mueren, si tienen suerte se convierten en historias. Y algunas ficciones, con el correr los años, pueden llegar a confundirse y extraviarse en las rutas de lo verídico. Se empieza de un lado o del otro. Yo me confieso alumno de la primera escuela y hay un instante sublime en que ambas posibilidades se funden en una y es ahí cuando se intuye apenas, la grandeza y el horror de la literatura. No hay que pensar demasiado en todo esto, claro. Puede resultar soberbio y, por lo tanto, peligroso. La verdadera función del escritor —su sola razón de ser, su sencilla manera de serle útil a la sociedad— es entonces la paciente y placentera observación y el meticuloso registro de semejante fenómeno. Espiar desde una curva del camino, escondido detrás de un cartel, cronómetro en mano, determinar, sí, mi versión privada de lo que creo haber entendido se trata la velocidad de las cosas: el tiempo exacto que le lleva a una vida convertirse en historia y a una persona mutar personaje. Seguirla y seguirlo en su viaje. Ponerla y ponerlo por escrito.

Siempre pensé también que toda vida pasa por una suerte filtro antes de convertirse en historia. Un santuario, una forma de limbo narrativo donde vagan todas las tramas y las frases se ordenan y —las historias son siempre más livianas que las vidas— se descarta el exceso de equipaje que pueda arrastrar la posibilidad de un cuento.

Me gusta pensar en este sitio como en «El Extranjero», mapa abierto donde es extremadamente fácil perderse por solo placer de encontrarse. El Extranjero es entonces esa ruta por la que yo —pasajero de última llamada que sacude su pasaporte por sus muelles y aeropuertos— he perseguido tantas teorías a las que solo me permití alcanzar cuando estuve seguro de poder convertirlas en práctica demostrable, en prueba incontestable de algo digno de ser contado. No por nada —me acuerdo ahora sin saber del todo por qué me acuerdo— L.P. Hartley escribe al principio de The Go-Between que 'el pasado es un país extranjero. Allí hacen las cosas de otro modo'. Creo que está en lo cierto.”


(Fresán, Rodrigo, "Apuntes para una teoría del lector", del libro “La velocidad de las cosas”, Buenos Aires, Debolsillo 2014, pp-26-27)

1 comentario:

  1. Como si la literatura nos prometiera un paraiso. Nunca leí a Fresán, reconozco que soy un desastre. Pero qué hermoso texto y te lo agradezco. Tu buen gusto tiene crédito. Un abrazo.

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