domingo, 24 de agosto de 2014

La vuelta a casa




El golpeteo sobre el cuero acabó por despertarlo y el eco de un galope se desvaneció entre sueños. Aspiró profundo el aroma del rocío que se colaba por las rendijas del toldo y se preguntó cómo olería la cárcel huinca.

Escuchó con atención y entre el sonido de la lluvia sobre la tierra plana reconoció la marcha de los invasores. Avanzaban despacio pero sin pausa. Era cuestión de horas o de días para que llegaran. Lo había sabido desde hace tiempo.

Quizás desde que los vio construir la zanja para obstaculizar los malones. O la mañana en que los pájaros callaron, el horizonte era interrumpido por pozos y palos y el llano se salpicaba de fortines construidos a poca distancia unos de otro.

Se animaron”, pensó.

Miró sus manos. Estaba cansado y las arrugas señalaban el cansancio. Era de noche cuando salió del toldo. Uno de los perros se despertó, movió tímidamente la cola y volvió a meter la cabeza entre las patas.

Le acarició la cabeza y se cerró el poncho. Hacía frío. Ya sabía qué hacer. Les cortaría el paso y se entregaría. Así podría darle tiempo a los suyos para retroceder hacia el oeste. Donde estaba el desierto y el agua escaseaba. Montó en su mejor caballo y se alejó hacia donde sale el sol.

El eco del galope se desvaneció en el alba.

—Buen día remolón.

—Hola ma…

—¿Cómo dormiste? Tuve que venir un par de veces. Sollozabas.

—Sí, ya sé… soñé con el cacique.

—Otra vez… ¿Qué pasaba?

—Iba a entregarse. Se lo veía triste. Montaba su mejor caballo, tomaba la lanza y enfrentaba a los soldados…

—Dale, arriba que tenemos que ir a la escuela.

—Ma… el Pablo no me cree que sueño con él. Y dice que eran unos salvajes.

—Ya sabés la respuesta: los salvajes son los que se quedaron con sus tierras.

—¿Creés que ahora descansará en paz?

—Ojalá. Ahora está con su comunidad.

—¿Me vas a llevar a Leuvucó?

—Palabra. El fin de semana vamos.


Publicado también en Plan B Noticias

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