viernes, 1 de agosto de 2014

Mejor imposible



Llegué a la escuela 293 del barrio La Paz, en Cipolleti, invitado por Santiago Ocampos, un tipo emperrado en acercar la literatura a la comunidad. Me reciben docentes, pibes y pibas de sexto y séptimo grado de jornada completa, que tuvieron la paciencia de escucharme.

Me esfuerzo por captar su interés. Cuesta, como debe costarle a las y los docentes que pugnan por un edificio nuevo para estar más cómodos y no en ese espacio estrecho,  de paredes largas, enclavadas entre la Policía y el Consejo de Educación. Extraño. Casi para un relato fantástico.

Chicos y chicas a las que la vida no les sonríe como debiera. Inquietos, traviesos, quizás por eso se entusiasman con el Taller Pequeños Lectores y Escritores, en donde los alientan a escribir. Me oigo hablando de mis comienzos, del trabajo con la palabra, intento contagiarles la maravilla de este oficio basado en aquello de vivir por un rato la vida de otro.

Cuento que al principio comencé escribiendo versos. En la adolescencia, en un cuaderno de pocas hojas.

 —¿Recuerda cuál fue su primer poema? —pregunta uno.

Contesto que no. No sé si debe haber registro de eso.

—¿Qué siente cuando escribe?

—Satisfacción, mucha satisfacción.

Me miran. Intento explicarles que la poesía fue una excusa para expresarme,  una suerte de arrebato y catarsis, siempre acompañado de lecturas y libros, de muy chico. Verne, Salgari, Twain, Dickens y su isla del tesoro, la versión infantil. La lectura como refugio y necesidad. Algo que uno intenta transmitir y contagiar.

Un día entendí que podía hacer algo más que leer y empecé a trabajar en eso. Les hablo de "La tierra plana", de mi maravilla con la llanura y el paisaje que produce un determinado tipo de sujetos acaso como la Patagonia que actúan, sienten o maldicen, bajo el embrujo de la tierra.

Vuelven a mirarme. Y se animan a preguntar:

—¿Por qué escribe?

Por insatisfacción, porque lo que me rodea me obliga a contar (no quiero usar la palabra injusticia. Percibo que conviven con ella y no hay nada más aburrido que contarles lo que ya saben).

Una de las docentes recoge el guante y la charla deriva hacia el arte como forma de expresión, de canalizar las broncas. "Uno, si puede,  tiene que tratar de hacer lo que quiere. Y lo mío es inventar historias. Y que te las creas", digo. Literatura (y creación) como un rompecabezas.

Santiago escribe en el pizarrón el concepto de verosimilitud, para diferenciarlo de verdad.

—¿Cuándo escribe?

Contesto que cuando tengo tiempo, que prefiero la mañana, que los fines de semana son ideales para levantarse temprano. Cuando el tiempo es escaso, apunto las ideas en la computadora, para desarrollarlas después (algo que no sucede tanto como uno quisiera).

La charla deriva a la complejidad de una obra, a la paciencia para acertar con una palabra o imagen, a la búsqueda, siempre la búsqueda.

Luego es el tiempo de las lecturas. Leo "Los peces azules" y un fragmento de "La tierra plana". La clase va llegando a su fin. Hay aplausos, fotos, hasta autógrafos improvisados.

Dejo un ejemplar de "El porvenir es una ilusión" y agradezco la invitación. Ya había estado delante de chicos y chicas, pero ahora era diferente, la primera vez en el valle. En la 293, la que necesita un edificio nuevo. Mejor imposible.



1 comentario:

  1. Qué maravillosa experiencia, Horacio. Debe ser lo mejor que te deja ser escritor. UN abrazo.

    ResponderEliminar

Bienvenid@ a Ecos y matices, contame qué opinás