domingo, 28 de septiembre de 2014

Destellos



Me atrajo el tamborilear, provenía de la Feria. Verduras, ropa, artículos electrónicos y personas caminando, como sucede los sábados en donde todos somos más personas y menos los personajes que nos impone la rutina cotidiana.

“Acá no vengan con protestas”, chilla un sujeto de más de cincuenta. Tez y lentes oscuros. Vende ropa. Los pibes lo miran y siguen replicando los tambores. Contagioso el ritmo.

Un puesto de ropa ofrece remeras y buzos. Me sorprenden algunas con grandes estampados de banderas norteamericanas. Leyendas en inglés que no entiendo, que debiera recordar pero el pasado se empeña en sepultar. Ahí, donde hay una cicatriz recurrente.

Cómo combatir el agotamiento, leo. El señor, con el pelo engominado hacia atrás, luce un traje gris impecable y una corbata con motivos celestes. Mira de pie a los paseantes y ofrece su revista que garantiza la entrada al paraíso.

Hace calor. O quizás es mi estado gripal. Pienso en mi ronquera, en cierto enmudecimiento que también me acosa a la hora de escribir. Quizás la escritura sea ese silencio. O es solo pereza, no sé.

¿Quién dijo que todo está perdido?, yo vengo a ofrecer mi corazón, escucho. Y vaya que lo ofrece. Joven, de voz cálida y sin desafinar, ella rasga su guitarra ante un público invisible, como si se le fuera la vida en ello. El arte en la piel o sobrevivir por el arte; como sea, pero no perder de vista el faro de los sueños.

Otro ofrece una revista partidaria. En realidad la levanta en una suerte de bandera de tinta y papel. Con demasiada seriedad, creo. ¿Habrá leído a Fucik?

Desde las vías del ferrocarril una pareja se acerca a los besos. Traen bolsas de mandados. Pasan a mi lado, ella sonríe y mira el piso. Arrebatos de felicidad.

No será tan fácil, no sé qué pasa, no será tan simple como pensabas. Puede ser. Pienso en mi ronquera y mi voz agrietada. Quizás mi silencio sea parte de lo que viene, de esa trama que no termina de consolidarse, enredada entre mis dedos, con el presentimiento de un cauce que desbordará tarde o temprano.

Pensamientos como destellos, pelotazos a la tribuna cuando jugás con dos menos, en una mañana sabatina. Vibra el teléfono en mi bolsillo: estoy a una cuadra, leo. Sonrío. Lo que pueden las palabras. Miro mi flor recién comprada. Y sí. La originalidad no existe, pero ¿quién dijo que todo está perdido?.

1 comentario:

  1. La originalidad tiene que ser cada rito en sus instantes, siempre renovados. Un abrazo.

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