viernes, 3 de octubre de 2014

Voces


Del corral de los muertos llegará la melodía de Gualichu. Será un sol cualquiera, el último, el que nadie olvidará. Llegará cuando las sombras huyen, cuando el cielo rojizo tiña de sangre toldos, pichis y mujeres. Lastimarán los gritos de las esposas, se arrancaran los pelos de furia y maldecirán al huinca y sus lanzas de fuego, la suciedad de sus barbas, la pólvora de sus ropas, la muerte en sus ojos.
Llegarán de donde sale el sol. La tierra y el cielo serán sangre, la sangre salpicará aire, pastos, animales, hombres. Del corral de los muertos llegará la melodía de Gualichu y los malos espíritus acamparán en los toldos. Los vivos serán menos vivos y muchos se irán con los espíritus. Algunos dando pelea, para entrar con la cabeza erguida en el corral de los muertos. Otros se rendirán y se apagarán como las últimas brasas, las que aguantan hasta el alba, cuando vuelve la luz y los espíritus huyen a sus moradas.
Cuentan los viejos que cuando un mal sueño ronda a los pobres indios, hay que sacrificar la mejor vaca y regar la tierra con su sangre para ahuyentar a Gualichu, que vuelva a su tierra entre la noche y el día, donde la mirada no llega y el campo se une con el cielo.
Pero si el mal sueño continúa, hay que tomar el mejor caballo y cabalgar por la llanura hasta dar con el gran árbol, y colgarle plumas de colores para que los sueños queden suspendidos de sus ramas y no perturben más a los pobres indios.

Las voces no se callan, Pincén las oye día y noche. No duerme bien desde que Villegas entró en Malal, se despierta sobresaltado, oliendo su propio sudor, su propio miedo. ¿Qué ha soñado?… ¿Caranchos otra vez?… ¿Revolotean sobre el toldo?… Nubes de polvo en la lejanía, el galope furioso sobre la tierra húmeda y el desbande de los suyos entre el miedo y la sorpresa, como si no pudiesen despertar de un mal sueño. Mal sueño de polvareda que el viento arrastra entre las penumbras. ¿Así será el fin?
El viejo cacique sale del toldo frotándose la rodilla. Todavía es de noche. El silencio de la llanura lo tranquiliza. Todo está en calma: la tribu duerme, los animales están quietos, la lechuza vigila desde lo alto y no hay nubes de polvo. Los ancianos recuerdan la primera de ellas, cuentan que la confundieron con una tropilla de caballos salvajes hasta que vieron a los hombres de azul chochando sus sables contra las monturas.
Así llegaron los huincas.
La historia se cuenta de noche en noche, cuando los mayores se sientan alrededor del fuego, los más pequeños descansan y Gualichu ronda tras las sombras. Se cuenta para no olvidar, para prevenir y desconfiar de los hombres barbados. También para alimentar las diferencias y no venderse al enemigo por aguardiente y tabaco.
Vuelve al toldo. Las mujeres duermen con los niños entre los pechos y los protegen de las preocupaciones, las miserias y el corral de los muertos.
“Del corral de los muertos vienen los malos sueños, los que arrancan gritos en mitad de la noche y asustan a las mujeres, los que se arrastran entre los guadales, las vacas muertas, el aliento apestoso de la curandera y su boca sin dientes”, repite Pincén, y recorre la tierra con su mirada.

(Fragmento capítulo 11, de “La tierra plana”, Irojo Editores, 2010)

“La tierra plana”, en la cátedra de Literatura Regional de la Universidad Nacional de La Pampa.

Gracias a Daniel Pellegrino por acercar a los autores regionales al ámbito universitario.

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